La evolución de la infancia
por Lloyd deMause
Traducción de “The evolution of childhood”
primer capítulo de History of childhood
The Psychohistory Press, NY, 1974
Oís llorar a los niños
Oh, hermanos míos...
The cry of the children
Elizabeth Barrett Browning
La historia de la
infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto
más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la puericultura y más
expuestos están los niños a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el
terror y los abusos sexuales. Nos proponemos aquí recuperar cuanto podamos de
la historia de la infancia a partir de los testimonios que han llegado hasta
nosotros.
Si los historiadores no han reparado hasta ahora en estos hechos es
porque durante mucho tiempo se ha considerado que la historia seria debía
estudiar los acontecimientos públicos, no privados. Los historiadores se han
centrado tanto en el ruidoso escenario de la historia, con sus fantásticos
castillos y sus grandes batallas, que por lo general no han prestado atención a
lo que sucedía en los hogares y en el patio de recreo. Y mientras los
historiadores suelen buscar en las batallas de ayer las causas de las de hoy,
nosotros en cambio nos preguntamos cómo crea cada generación de padres e hijos
los problemas que después se plantean en la vida pública.
A primera vista esta falta de interés por la vida de los niños resulta
extraña. Los historiadores se han dedicado tradicionalmente a explicar la
continuidad y el cambio en el transcurso del tiempo, y desde Platón se ha
sabido que la infancia es una de las claves para ello. No se puede decir que
fuese Freud quien descubrió la importancia de las relaciones padre-hijo para el
cambio social; la frase de san Agustín, “Dadme otras madres y os daré otro
mundo”, ha sido repetida por grandes pensadores durante quince siglos sin
influir en la historiografía. Por supuesto, a partir de Freud nuestra visión de
la infancia ha adquirido una nueva dimensión, y en los últimos cincuenta años
el estudio de la infancia ha sido habitual para el psicólogo, el sociólogo y el
antropólogo. Sólo está empezando a serlo para el historiador. Esta deliberada
evitación exige una explicación.
Los historiadores atribuyen a la escasez de fuentes la falta de estudios
serios sobre la infancia. Peter Laslett se pregunta por qué las “masas y masas
de niños pequeños están extrañamente ausentes de los testimonios escritos...
Hay algo misterioso en el silencio de esas multitudes de niños en brazos, de
niños que empiezan a andar y de adolescentes en los relatos que los hombres
escribían en la época sobre su propia experiencia... No podemos saber si los
padres ayudaban a cuidar a los niños... Nada se sabe aún de lo que los
psicólogos llaman control de esfínteres... En realidad, hay que hacer un
esfuerzo mental para recordar continuamente que los niños estaban siempre
presentes en gran número en el mundo tradicional; casi la mitad de la comunidad
viviendo en una situación de semisupresión”.[1] Como
señala James Bossard, sociólogo de la familia: “Por desgracia, la historia de
la infancia no se ha escrito nunca, y es dudoso que se pueda escribir algún
día, debido a la escasez de datos históricos acerca de la infancia”.[2]
Esta convicción es tan firme entre los historiadores que no es de
extrañar que el presente libro se iniciara no en la esfera de la historia, sino
en la del psicoanálisis aplicado. Hace cinco años yo estaba escribiendo un
libro sobre una teoría psicoanalítica del cambio histórico y, al examinar los
resultados de medio siglo de psicoanálisis aplicado, me pareció que éste no
había llegado a ser una ciencia sobre todo porque no había adquirido carácter
evolutivo. Dado que la repetición compulsiva, por definición, no puede explicar
el cambio histórico, todos los intentos realizados por Freud, Roheim, Kardiner
y otros autores para desarrollar una teoría del cambio acabaron en una estéril
polémica del huevo o la gallina sobre si la educación de los niños depende de
los rasgos culturales o a la inversa. Se demostró una y otra vez que las
prácticas de crianza de los niños son la base de la personalidad adulta; el
origen de las mismas sumió en la perplejidad a todos los psicoanalistas que se
plantearon la cuestión.[3]
En una comunicación presentada en 1968 a la Association for Applied Psychoanalysis (Asociación de Psicoanálisis
Aplicado) esbocé una teoría evolutiva del cambio histórico en las relaciones
paternofiliales y propuse que, puesto que los historiadores no habían abordado
todavía la tarea de escribir la historia de la infancia, la Asociación
patrocinara la labor de un grupo de historiadores que estudiara las fuentes
para descubrir las principales etapas de la crianza de los niños en Occidente
desde la Antigüedad. Este libro es el resultado de ese proyecto.
La “teoría psicogénica de la historia” esbozada en mi propuesta de
proyecto comenzaba con una teoría general del cambio histórico. Su postulado
era que la fuerza central del cambio histórico no es la tecnología ni la
economía, sino los cambios “psicogénicos” de la personalidad resultantes de
interacciones de padres e hijos en sucesivas generaciones. Esta teoría
entrañaba varias hipótesis, sujetas cada una de ellas a confirmación o
refutación con arreglo a los datos históricos empíricos:
1.
La evolución de las relaciones
paternofiliales constituye una causa independiente del cambio histórico. El
origen de esta evolución se halla en la capacidad de sucesivas generaciones de
padres para regresar a la edad psíquica de sus hijos y pasar por las ansiedades
de esa edad en mejores condiciones esta segunda vez que en su propia infancia.
Este proceso es similar al del psicoanálisis, que implica también un regreso y
una segunda oportunidad de afrontar las ansiedades de la infancia.
2.
Esta “presión generacional” a favor del
cambio psíquico no sólo es espontánea, originándose en la necesidad del adulto
de regresar y en el esfuerzo del niño por establecer relaciones, sino que
además se produce independientemente del cambio social y tecnológico. Por lo
tanto, puede darse incluso en periodos de estancamiento social y tecnológico.
3.
La historia de la infancia es una serie
de aproximaciones entre adulto y niño en la que cada acortamiento de la
distancia psíquica provoca nueva ansiedad. La reducción de esta ansiedad del
adulto es la fuente principal de las prácticas de crianza de los niños de cada
época.
4.
El complemento de la hipótesis de que la
historia supone una mejora general de la puericultura es que cuanto más se
retrocede en el tiempo menos eficacia muestran los padres en la satisfacción de
las necesidades de desarrollo del niño. Esto quiere decir por ejemplo, que si
en Estados Unidos hay actualmente menos de un millón de niños maltratados,[4] habría
un momento histórico en que la mayoría de los niños eran maltratados, según el
significado que hoy damos a este término.
5.
Dado que la estructura psíquica ha de
transmitirse siempre de generación en generación a través del estrecho conducto
de la infancia, las prácticas de crianza de los niños de una sociedad no son
simplemente uno entre otros rasgos culturales. Son la condición misma de la
transmisión y desarrollo de todos los demás elementos culturales e imponen
límites concretos a lo que se puede lograr en todas las demás esferas de la
historia. Para que se mantengan determinados rasgos culturales se han de dar
determinadas experiencias infantiles, y una vez que esa experiencia ya no se
dan, los rasgos desaparecen.
Ahora bien, es evidente que una teoría psicológica evolutiva tan
ambiciosa como ésta no puede someterse a prueba realmente en un solo libro, y
en éste nos hemos fijado el objetivo, más modesto, de reconstruir a partir de
los datos disponibles la situación de un hijo y de un padre en otras épocas. Los
testimonios que pueda haber de la existencia de pautas evolutivas reales de la
infancia en el pasado sólo aparecerán cuando expongamos la historia
fragmentaria y a menudo confusa que hemos descubierto de la vida de los niños
en Occidente durante los últimos 2,000 años.
Aunque yo creo que éste es el primer libro en que se
examina seriamente la historia de la infancia en Occidente, es innegable que
los historiadores vienen escribiendo desde hace algún tiempo sobre los niños en
épocas pasadas.[5] Pero,
aún así, pienso que el estudio de la historia de la infancia está en sus
comienzos, pues la mayor parte de esas obras dan una visión deformada de los
hechos de la infancia en los periodos que abarcan. Los biógrafos oficiales son
los peores enemigos; la infancia resulta generalmente idealizada y son muy
pocos los biógrafos que dan información útil acerca de los primeros años de la
vida del personaje de que se trate. Los sociólogos de la historia se las
arreglan para formular teorías explicativas de los cambios en la infancia sin
molestarse jamás en estudiar una sola familia, del pasado o del presente.[6] Los
historiadores de la literatura, tomando los libros por la vida, pintan un
cuadro novelesco de la infancia, como si se pudiera saber lo que realmente
ocurría en el hogar norteamericano leyendo Tom Sawyer.[7]
Pero es el historiador de la sociedad, cuya tarea consiste en
desentrañar la realidad de las condiciones sociales de otras épocas, el que más
enérgicamente se defiende contra los hechos que pone de manifiesto.[8] Cuando
un historiador de la sociedad comprueba la existencia del infanticidio
generalizado lo declara “admirable y humano”.[9] Cuando
otro habla de las madres que pegaban sistemáticamente con palos a sus hijos
cuando aún estaban en la cuna, comenta, sin prueba alguna, que “si su
disciplina era dura, también era regular y justa y estaba informada por la
bondad”.[10] Cuando
un tercero se tropieza con madres que metían a sus hijos en agua helada cada
mañana para “fortalecerlos”, práctica que ocasionaba la muerte de los niños,
dice que “su crueldad no era intencional” sino que simplemente “habían leído a
Rousseau y a Locke”.[11] Al
historiador de la sociedad todas las prácticas de otras épocas le parecen
buenas. Cuando Laslett comprueba que había padres que enviaban normalmente a
sus hijos, a la edad de siete años, a otras casas para servir en ellas como
criados, tomando a su vez otros sirvientes-niños, dice que en realidad lo que
les movía era el afecto, pues ello “indica que quizá los padres no quisieran
someter a sus propios hijos a la disciplina del trabajo en el hogar”.[12] Tras
reconocer que la costumbre de azotar a los niños con diversos instrumentos “en
la escuela y en el hogar parece haber sido tan común en el siglo XVII como lo
fue posteriormente” William Sloan se siente obligado a añadir que “los niños,
entonces como después, a veces merecen ser azotados”.[13] Cuando
Philippe Ariès acumulaba tantos testimonios de abusos sexuales manifiestos
cometidos con los niños que admite que “jugar con los genitales de los niños
formaba parte de una tradición generalizada”,[14] pasa a
describir una escena “tradicional”, en un tren, en la que un extraño se lanza
sobre un niño “hurgando brutalmente con la mano dentro de la bragueta del niño”
mientras el padre sonríe, y termina diciendo: “Se trataba únicamente de un
juego cuyo carácter escabroso debemos cuidar de no exagerar”.[15] Hay
masas de datos ocultos, deformados, suavizados u olvidados. Se resta
importancia a los primeros años del niño, se estudia interminablemente el
contenido formal de la educación y se elude el contenido emocional haciendo
hincapié en la legislación sobre los niños y dejando a un lado el hogar. Y si,
por naturaleza del libro, es imposible pasar por alto hechos desagradables que
aparecen por todas partes, se inventa la teoría de que “los padres buenos no
dejan huellas en los testimonios escritos”. Cuando, por ejemplo, Alan Valentine
examina 600 años de cartas de padres a hijos y entre 126 padres no puede hallar
uno solo que no sea insensible, moralista y absolutamente egocéntrico, llega a
la siguiente conclusión: “Sin duda, un número infinito de padres habrán escrito
a sus hijos cartas que nos alentarían y conmoverán si pudiéramos encontrarlas. Los
padres más felices no dejan historia, y son los hombres que no se comportan
demasiado bien con sus hijos los que suelen escribir las desconsoladoras cartas
que han llegado hasta nosotros”.[16] De igual
modo, Anna Burr, que ha estudiado 250 autobiografías, señala que no hay
recuerdos felices de la infancia, pero evita cuidadosamente extraer
conclusiones.[17]
De todos los libros sobre la infancia en otras épocas, el mejor conocido
es quizá el de Philippe Ariès, Centuries of Childbood (Siglos de
infancia). Un historiador ha señalado la frecuencia con que es “citado como las
Sagradas Escrituras”.[18] La tesis
central de Ariès es la opuesta a la mía: él sostiene que el niño tradicional
era feliz porque podía mezclarse libremente con personas de diversas clases y
edades y que en los comienzos de la época moderna se “inventó” un estado especial
llamado infancia que dio origen a una concepción tiránica de la familia que
destruyó la amistad y sociabilidad y privó a los niños de libertad,
imponiéndoles por vez primera la férula y la celda carcelaria.
Para demostrar esta tesis Ariès utiliza dos argumentos principales. Dice
primero que en la Alta Edad Media no existía el concepto de infancia. “El arte
medieval anterior al siglo XII desconocía la infancia o no intentaba
representarla” porque los artistas eran “incapaces de pintar un niño salvo como
hombre en menor escala”.[19] Esto
supone no sólo dejar en el limbo el arte de la Antigüedad sino hacer caso omiso
de abundantes pruebas de que los artistas medievales sabían ciertamente pintar
niños con realismo.[20] El
argumento etimológico que emplea Ariès para demostrar el desconocimiento del
concepto de infancia en cuanto tal es igualmente insostenible.[21] En todo
caso, la idea de la invención de la infancia es tan confusa que resulta extraño
que la hayan recogido últimamente tantos historiadores.[22] El
segundo argumento de Ariès a saber, que la familia moderna limita la libertad
del niño y aumenta la severidad de los castigos, está en contradicción con
todos los datos.
Mucho más fiables que el de Ariès son cuatro libros, de los cuales sólo
uno ha sido escrito por un historiador profesional: The Child in Human
Progress (El niño en el progreso de la humanidad) de George Payne, The
Angel Makers (Los creadores de ángeles) de G. Rattray Taylor, Parents
and Children in History (Padres e hijos en la historia) de David Hunt, y The
Emotionally Disturbed Child: Then and Now (El niño con problemas afectivos,
entonces y ahora) de Louise Despert. Payne, cuyo libro, publicado en 1916, fue
el primero que estudió la frecuencia del infanticidio y de la brutalidad con
respecto a los niños en la historia, en particular en la Antigüedad. El libro
de Taylor, muy documentado, es una interpretación psicoanalítica compleja del
tema de la infancia y la personalidad en la Inglaterra del siglo XVII. Hunt, al
igual que Ariès, se centró fundamentalmente en ese documento del siglo XVII,
único en su género, que es el diario de Héroard sobre la infancia de Luis XIII,
pero lo hace con gran sensibilidad psicológica y con conciencia de las
implicaciones psicohistóricas de sus conclusiones. Y Despert compara, desde el
punto de vista psiquiátrico, los malos tratos infligidos a los niños en el
pasado y en el presente, estudiando la gama de actitudes emocionales hacia los
niños desde la Antigüedad, y expresa su creciente horror a medida que va descubriendo
pruebas de una implacable “crueldad y dureza de corazón”.[23]
Sin embargo, pese a estos cuatro libros, la cuestiones fundamentales de
la historia comparada de la infancia no se han planteado todavía, y mucho menos
resuelto. En las dos secciones siguientes de este capítulo examinaré algunos de
los principios psicológicos que se aplicaban a las relaciones adulto-niño en el
pasado. Los ejemplos que utilizo, aunque no dejan de ser típicos de la vida del
niño en otros tiempos, no están tomados por igual de todas las épocas, sino
elegidos como manifestaciones más claras de los principios psicológicos
descritos. Será en las tres secciones ulteriores, en las que ofreceré una
visión general de la historia del infanticidio, el abandono, enviar niños a
amas de cría, la envoltura de bebés con fajas, las palizas y los abusos
sexuales, donde empezaré a examinar hasta qué punto estaban generalizadas tales
prácticas en cada periodo.
PRINCIPIOS PSICOLÓGICOS DE LA
HISTORIA DE LA INFANCIA: REACCIONES PROYECTIVAS Y DE INVERSIÓN
Al estudiar la infancia a través de muchas
generaciones, es de suma importancia centrarse en los momentos que más influyen
en la psique de la siguiente generación. Esto significa, ante todo, lo que
sucede cuando un adulto se halla ante un niño que necesita algo. El adulto
dispone, a mi juicio, de tres reacciones: (1) Puede utilizar al niño como
vehículo para la proyección de los contenidos de su propio inconsciente: reacción
proyectiva; (2) puede utilizar al niño como sustituto de una figura adulta
importante en su propia infancia: reacción de inversión; o (3) puede
experimentar empatía respecto a las necesidades del niño y actuar para
satisfacerlas: reacción empática.
La reacción proyectiva es bien conocida por los psicoanalistas, que le
aplican términos que van desde “proyección” a “identificación proyectiva”: una
forma más concreta e incisiva de descargar sentimientos en otros. El
psicoanalista, por ejemplo, está muy acostumbrado a que se le utilice como
“recipiente”[24] de las
proyecciones masivas del paciente. Este ser usados como vehículos de proyecciones
era lo que les solía ocurrir a los niños en otras épocas.
De igual modo, la reacción de inversión es conocida por quienes han
estudiado a los padres que pegan a sus hijos.[25] Los hijos
existen únicamente para satisfacer las necesidades de los padres, y es casi
siempre el hecho de que el niño-como-padre no demuestre cariño lo que provoca
la paliza. Con palabras de una madre que pegaba a sus hijos: “Nunca me he
sentido amada en toda mi vida. Cuando el niño nació pensé que me querría. Cuando
lloraba, su llanto indicaba que no me quería. Por eso le pegaba”.
La tercera expresión, reacción empática, se emplea aquí en un sentido
más restringido que el que tiene en el diccionario. Es la capacidad del adulto
para situarse en el nivel de la necesidad de un niño e identificarla
correctamente sin mezclar las proyecciones propias del adulto. Este ha de ser
capaz de mantenerse a distancia suficiente de la necesidad para poder
satisfacerla. Es una capacidad idéntica al uso del inconsciente del
psicoanalista llamado “atención flotante” o, como lo llama Theodor Reik, “el
tercer oído”.[26]
Las reacciones proyectiva y de inversión se daban a veces
simultáneamente en los padres, produciendo un efecto que yo denomino “doble
imagen”: se veía al niño como un ser lleno de los deseos, hostilidades y
pensamientos sexuales proyectados del adulto y al mismo tiempo como figura del
padre o de la madre, esto es, malo y bueno a la vez. Además cuanto más
se retrocede en la historia, más “concreción” o reificación se halla en estas
reacciones proyectivas y de inversión, lo que origina actitudes cada vez más
extrañas hacia los niños, semejantes a las de los padres contemporáneos de
niños apaleados y esquizofrénicos.
La primera expresión de estos conceptos estrechamente entrelazados que
vamos a examinar corresponde a una escena del pasado entre niño y adulto. La
escena se desarrolla en el año 1739 y el niño, Nicholas, tiene cuatro años. Se
trata de un incidente que él recuerda y que le ha sido confirmado por su madre.
Su abuelo, que le ha prestado mucha atención durante los últimos días, decide
que tiene que “probarlo” y le dice: “Nicholas, hijo mío, tienes muchos defectos
que afligen a tu madre. Ella es mi hija y siempre me ha complacido; obedéceme
tú también y corrígelos o te azotaré como se azota a un perro para que
aprenda”. Nicholas, furioso ante la traición de “una persona que ha sido tan
buena conmigo”, arroja sus juguetes al fuego. El abuelo parece contento.
“Nicholas... Lo
dije para probarte. ¿Crees de verdad que un abuelo, que ha sido tan bondadoso
contigo ayer y anteayer podría tratarte hoy como a un perro? Yo pensaba que tú
eras inteligente...” “No soy un animal como un perro.” “No, pero no eres tan
listo como yo creía; de lo contrario habrías comprendido que estaba bromeando. No
era más que una broma... Ven acá” Me eché en sus brazos. “Eso no es todo”,
continuó él, “quiero que hagas las paces con tu madre; está apenada,
profundamente apenada por tu culpa... Nicholas, tu padre te quiere, ¿le quieres
tú a él?” “¡Sí abuelo!” “Suponte que estuviera en peligro y que para salvarle
fuera necesario que pusieras la mano en el fuego, ¿lo harías? ¡La pondrías...
allí, si fuera necesario?” “¡Sí, abuelo!” “¿Y por mí?” “¿Por ti?... Sí, sí” “¿Y
por tu madre?” “¿Por mamá? ¡Las dos manos, las dos!” “¡Ya veremos si dices la
verdad, pues tu madre está muy necesitada de tu ayuda! Si la quieres, tienes
que demostrarlo.” Yo no dije nada, pero pensando en todo lo que se había dicho,
me dirigí a la chimenea y, mientras ellos se hacían señas, puse la mano derecha
en el fuego. El dolor me arrancó un quejido.[27]
Lo que hace que esta escena sea tan típica de la interacción adulto-niño
en otras épocas es la existencia de tantas actitudes contradictorias por parte
del adulto sin la menor resolución. El niño es amado y odiado, recompensado y
castigado, malo y bueno, todo al mismo tiempo. Huelga decir que esto pone al
niño en un “doble enlace” de señales contradictorias (que según Bateson y otros
autores son la base de la esquizofrenia).[28] Pero las
propias señales contradictorias provienen de los adultos que se esfuerzan en
demostrar que el niño es a la vez muy malo (reacción proyectiva) y muy bueno
(reacción de inversión). Es función del niño reducir las ansiedades apremiantes
del adulto; el niño actúa como defensa del adulto.
Son también las reacciones proyectivas y de inversión las que hacen
imposible la culpabilidad en los casos de fuertes palizas tan frecuentes en los
testimonios históricos. No es el niño real el objeto de los golpes. Es más bien
la proyección del adulto (“¡Mírala, qué ojos pone! ¡Así es como se gana a los
hombres, es una perfecta coqueta!, dice una madre de su hija de dos años
después de zurrarle). O un producto de la inversión (“Se crece el amo, todo el
tiempo tratando de imponerse. ¡Pero le he demostrado quién es el que manda
aquí!” dice un padre de su hijo de nueve meses al que le ha roto la cabeza).[29] Muchas
veces se puede captar en las fuentes históricas la fusión de golpeador y
golpeado, y por consiguiente la falta de sentimiento de culpabilidad. Un padre
norteamericano (1830) cuenta como dio azotes a su hijo de cuatro años porque no
supo leer algo. El niño es atado, desnudo, en el sótano:
Con él en ese
estado, y yo, mi querida esposa y señora de mi familia, todos acongojados y con
el corazón en un puño, empecé a dar azotes... Durante esta tarea sumamente
desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, mandando y
tratando de persuadir, silenciando excusas, respondiendo a objeciones... Sentía
toda la fuerza de la autoridad divina y orden expresa como no la he sentido en
ninguna circunstancia en toda mi vida... Pero bajo la poderosa influencia del
grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado no es
extraño que él pensara que “había de ganarme la partida”, débil y trémulo como
yo estaba, y sabiendo como sabía él que pegarle me hacía sufrir. En aquellos
momentos no podía compadecerse de mí ni de sí mismo”.[30]
Es este cuadro que refleja la fusión de padre e hijo, en la que el padre
se queja de que es él el que sufre y merece compasión, el que encontramos
cuando nos preguntamos cómo podían estar tan generalizadas las palizas en otros
tiempos. Cuando un pedagogo del Renacimiento dice que al pegar al niño hay que
decirle que “aplicáis el castigo en contra de vuestro sentir, por imperativos
de la conciencia, y requerirle que no os vuelva a causar tanto dolor y esfuerzo;
pues si lo hace debe compartir el dolor con vosotros y tener así experiencias y
prueba de que es doloroso para ambos”, no es fácil dejar de advertir la fusión
y considerar equivocadamente que se trata de hipocresía.[31]
En realidad, el padre ve al niño tan lleno de porciones de sí mismo que
incluso los accidentes reales que sufre el niño son considerados como daños
para el padre. La hija de Corton Mather, Nanny, cae en el fuego sufriendo
graves quemaduras, y el padre exclama: “¡Ay, por mis pecados el justo Dios
arroja a mi hija al fuego!”[32] Trata de
recordar las malas acciones que haya podido cometer últimamente, pero como cree
que es él el castigado no puede sentir culpabilidad con respecto a su hija (por
ejemplo, por dejarla sola) ni tomar medidas correctivas. Poco después otras dos
hijas sufren también graves quemaduras. Su reacción consiste en predicar un
sermón sobre “El uso que los padre deben hacer de los desastres que les ocurren
a sus hijos”.
Este asunto de los “accidentes” de los niños no debe tomarse a la ligera
pues encierra la clave de las deficiencias del comportamiento de los adultos
como padres. Dejando aparte los deseos de muerte, de los que hablaremos más
adelante, si ocurrían muchos accidentes era porque a los niños se les dejaba
solos muy a menudos. Nibby, la hija de Mather, habría muerto abrasada de no ser
por “una persona que pasaba en ese momento por delante de la ventana”, pues no
había allí nadie que pudiera oír sus gritos.[33] También
es típico este suceso acaecido en Boston en la época colonial:
Después de cenar,
la madre acostó a los dos niños en el cuarto donde ellos mismos dormían y
fueron a visitar a un vecino. Cuando regresaron... la madre se acercó a la
cama, viendo que su hija menor, una niña de unos cinco años, no estaba allí; y
después de mucho buscarla la encontró ahogada en un pozo en el sótano.[34]
El padre atribuye el accidente al hecho de que él había trabajado en un
día de fiesta. Lo importante no es únicamente que fuera común hasta el siglo XX
la costumbre de dejar solos a los niños. Más importante aún es que los padres
no puedan ocuparse de prevenir los accidentes al no haber sentimiento de culpa,
dado que consideran que el objeto del castigo son sus propias proyecciones de
adultos. Quienes así manejan sus proyecciones no inventan sistemas de seguridad
y en muchos casos ni siquiera se cuidan de que sus hijos reciban la más mínima
atención. Su proyección, por desgracia, asegura la repetición.
La utilización del niño como “recipiente” para las proyecciones del
adulto subyace a la idea del pecado original, y durante ochocientos años los
adultos estuvieron generalmente de acuerdo en que, como dice Richard Allestre
(1676): “el recién nacido está mancillado y corrompido por el pecado que hereda
de nuestros primeros padres a través de nuestra carne”.[35] El
bautismo solía incluir el exorcismo del demonio, y la creencia de que el niño
que lloraba al ser bautizado dejaba salir de sí al demonio persistió durante
mucho tiempo después de la supresión formal del exorcismo en la Reforma.[36] Incluso
cuando la religión formal no hacía hincapié en el demonio, estaba allí. He aquí
una escena del siglo XIX en la que un judío polaco imparte su enseñanza:
Los sufrimientos de la pequeña víctima que
temblaba y solía administrar los azotes fríamente, despacio, pausadamente...
ordenaba al muchacho que se desnudara y se echara en el banco... y empezaba a
manejar vigorosamente la correas de cuero... “En toda persona hay un espíritu
bueno y un espíritu malo. El espíritu bueno tiene su propia morada, que es la
cabeza. También la tiene el espíritu malo, y ahí es donde recibes los azotes”.[37]
El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a
ser considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias. Hay
una abundante literatura sobre el robo de niños y su sustitución por engendros.[38] Pero no
siempre se advierte que no sólo se mataba a los niños deformes considerados
suplantadores de los niños normales robados; sino también a los que, como dice
san Agustín, “están poseídos por un demonio... sometidos al poder del Diablo...
algunos niños mueren en esa situación”.[39] Algunos
Padres de la Iglesia declararon que si un niño pequeño simplemente lloraba
cometía un pecado.[40] Sprenger
y Krämer, en su biblia de la caza de brujas, Malleus Maleficarum (1487),
sostienen que esos engendros con que los espíritus sustituyen a los niños
robados se reconocen porque “siempre gritan en la forma más lastimera, y aunque
se pongan a amamantarlos cuatro o cinco mujeres nunca crecen”. Lutero está de
acuerdo: “Es cierto: es frecuente que tomen a los niños recién nacidos y se
pongan en su lugar, y son más aborrecibles que diez niños con sus excrementos,
su avidez y sus gritos”.[41] Guibert
de Nogent, autor del siglo XII, considera santa a su madre porque soporta el
llanto de un niño que ha adoptado:
El niño molestaba
tanto a mi padre y a todos sus sirvientes con la intensidad de su llanto y sus
gemidos durante la noche —aunque de día era muy bueno, jugando unos ratos y
otros durmiendo—, que cualquiera que durmiera en la misma habitación
difícilmente podía conciliar el sueño. He oído decir a la niñeras que tomaba mi
madre que, noche tras noche, no podían dejar de mover el sonajero del niño, tan
malo era, y no por su culpa, sino por el demonio que tenía en su interior y que
las artes de una mujer no lograron sacarle. La santa señora padecía fuertes
dolores, en medio de sus agudos chillidos, no había ningún remedio que aliviara
su dolor de cabeza... Sin embargo, nunca echó de su casa al niño.[42]
La creencia de que los niños estaban a punto de convertirse en seres
absolutamente malvados es una de las razones por las que se les ataba o se les
empañaba, bien apretados en fajas, por tanto tiempo. Se percibe la idea latente
en ese pasaje de Bartholomaeus Anglicus (alrededor de 1230): “Y por su blandura
las piernas del niño pueden fácilmente y muy pronto arquearse y curvarse y
tomar diversas formas. Y por ello los miembros y piernas de los niños se
sujetan con vendas y otras trabas adecuadas a fin de que no se tuerzan ni se
deformen”.[43] Se faja
al niño por estar lleno de las proyecciones peligrosas y perniciosas de los
padres. Las razones dadas para justificar la envoltura en vendas o fajas en
otras épocas son las mismas que dan hoy quienes la practican en Europa
oriental: Hay que sujetar al niño porque si no se arrancaría las orejas, se
sacaría los ojos, se rompería la piernas o se tocaría los genitales.[44] Como
veremos enseguida en la sección relativa al fajado y a las restricciones, esto
supone en muchos casos ponerle al niño toda clase de fajas y corsés, fijarle
tablas de sujeción y cuerda e incluso atarle a sillas para impedir que se
arrastre por el suelo “como un animal”.
Ahora bien, si los adultos proyectan todos sus sentimientos inadmisibles
en el niño, es evidente que se han de tomar medidas radicales para mantener
controlado a este peligroso “niño-recipiente” cuando la bandas y ataduras ya no
sirven. Más adelante examinaré diversos métodos de control utilizados por los
padres a lo largo de los siglos, pero quiero hablar aquí de uno de esos
procedimientos —asustar al niño con los espíritus o fantasmas— para analizar su
carácter proyectivo.
Las figuras fantasmales utilizadas
para asustar a los niños a lo largo de la historia son legión y los adultos
recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco. Los antiguos tenían a
Lamia y Striga, quienes, al igual que su prototipo hebreo Lilith, se comían a
los niños crudos y que, junto con Mormo, Canida, Poine, Sybaris, Acco, Empusa,
Gorgona y Efialtes, fueron “inventados en beneficio de un niño, para que fuera
menos imprudente e ingobernable” según Dión Crisóstomo.[45] La
mayoría de los antiguos estaban de acuerdo en que era muy conveniente mantener
siempre presentes las imágenes de estas brujas ante los niños para hacerles
sentir el terror de que por la noche acudieran los espíritus para raptarlos,
comérselos, hacerlos pedazos y chuparles la sangre o la médula de los huesos. En
la Edad Media, naturalmente pasaron a primer plano las brujas y los demonios,
y, de cuando en cuando, aparecía algún judío que cortaba el cuello a los niños,
junto con multitud de monstruos y fantasmas “como aquellos con que las niñeras
se complacen en aterrorizarlos”.[46] Después
de la Reforma, el propio Dios “que te sostiene sobre el abismo del infierno,
como se sostiene a una araña o a un insecto repulsivo sobre el fuego”,[47] fue la
principal figura utilizada como fantasma para asustar a los niños, y se
escribieron opúsculos en lenguaje infantil en los que se describían las
torturas que Dios les tenía en el infierno: “El niño está en ese horno al rojo.
Escucha cómo grita queriendo salir... Patalea con sus piececitos en el suelo”.[48]
Cuando la religión dejó de ser el foco de atracción de la campaña de
terror, se utilizaron figuras más próximas al hogar: el hombre lobo te tragará,
Barba Azul te hará picadillo, Boney (Bonaparte) te comerá, el coco o el
deshollinador te llevará por la noche.[49] Estas
prácticas no empezaron a cuestionarse hasta el siglo XIX. Un padre inglés decía
en 1810 que “la costumbre otrora frecuente de aterrorizar a los niños con cuentos
de fantasmas es hoy universalmente reprobada, a consecuencia del aumento del
buen sentido nacional. Pero para muchas personas que aún viven, el miedo a los
seres sobrenaturales o a la oscuridad figuran entre los verdaderos sufrimientos
de la infancia”.[50] No
obstante, incluso hoy, en muchas aldeas de Europa, los padres siguen amenazando
a sus hijos con el loup-garou (hombre lobo), el barbu (el
barbudo) o el ramoneur (el deshollinador), o les dicen que les llevarán
al sótano para que se los coman las ratas.[51]
Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que en
base al principio de “concreción” los adultos llegaban a confeccionar máscaras
para asustar a los niños. Un autor inglés, en 1748, explicando cómo el terror
tenía su origen en las niñeras que asustaban a los niños con cuentos de
“cabezas pelada y huesos ensangrentados”, decía así:
La niñera quiere
aquietar al irritante niño y con tal fin compone una figura extraña, la hace
entrar y rugir y chillarle al niño en un tono áspero y desagradable que hiere
los tiernos órganos del oído, dando la impresión al mismo tiempo, por sus
gestos y su proximidad de que fuera a tragárselo.[52]
Estas figuras alarmantes eran también las preferidas de las niñeras que
deseaban mantener a los niños en la cama mientras ellas salían de noche. Susan
Sibbald recordaba a los fantasmas como un elemento real de su infancia, en el
siglo XVIII:
Los fantasmas
haciendo su aparición eran un suceso muy frecuente... Recuerdo perfectamente
una noche en que las dos niñeras de Fowey querían salir... nos quedamos
callados al oír los más lúgubres quejidos y chirridos al otro lado del tabique,
junto a la escalera. La puerta se abrió de par en par y, ¡oh, horror!, entró un
personaje, alto y vestido de blanco, que parecía echar fuego por los ojos, la
nariz y la boca. Nosotros estuvimos a punto de sufrir un ataque y nos sentimos
mal durante varios días, pero no nos atrevíamos a contarlo.[53]
Los niños a los que se aterrorizaba no siempre eran tan mayores como
Susan y Betsey. En 1882, una madre norteamericana cuenta el caso de una niña de
dos años hija de una amiga suya, cuya niñera, queriendo divertirse por la tarde
con las demás sirvientas mientras los padres estaban fuera, tomó medida para no
ser molestada diciéndole a la niña que
Un horrible
fantasma estaba escondido en la habitación para cogerla en el momento en que se
levantara de la cama o hiciera el menor ruido... para estar doblemente segura
de no ser molestada durante la velada. Hizo un gran muñeco con aspecto de
fantasma, con unos ojos de mirada aterradora y una boca enorme y lo colocó a
los pies de la cama donde la inocente niña estaba profundamente dormida. Cuando
acabó la velada en el cuarto de los sirvientes, la niñera volvió a su puesto. Abriendo
la puerta silenciosamente vio a la niña sentada en la cama, los ojos clavados,
en el paroxismo del terror, en el espantoso monstruo que se hallaba ante ella,
y agarrándose con las manos crispadas sus rubios cabellos. ¡Estaba muerta![54]
Hay algunas pruebas de que el uso de esas máscaras para asustar a los
niños se remonta a la Antigüedad.[55] El tema
del miedo de los niños a las máscaras es uno de los preferidos de los artistas,
desde los frescos romanos hasta los grabados de Jacques Stella (1657). Pero,
dado que estos acontecimientos traumáticos en épocas remotas eran sometidos a
la más profunda represión, no he podido determinar sus formas antiguas precisas.
Dión Crisóstomo decía que “mediante imágenes aterradoras se disuade a los niños
cuando quieren comer o jugar o cualquier otra cosa inoportunamente”, y se
discutían las teorías sobre su uso más eficaz: “Yo creo que cada muchacho tiene
miedo de algún demonio o duende propio y suele asustarse cuando se le evoca;
por supuesto, los niños que son naturalmente medrosos gritan sea cual sea el
objeto utilizado para asustarlos”.[56]
Ahora bien, si se aterroriza a los niños con figuras enmascaradas cuando
simplemente lloran, quieren comer o quieren jugar, la magnitud de la proyección
y la necesidad de controlarla por parte del adulto ha alcanzado proporciones
enormes que sólo se encuentran hoy en los adultos claramente psicóticos. Todavía
no se puede determinar con exactitud la frecuencia del empleo de estas figuras
concretas en otros tiempos, aunque se hablaba de ellas como de algo común. Se
puede demostrar que muchas formas eran habituales. Por ejemplo, en Alemania
hasta hace poco aparecían en las tiendas en vísperas de Navidad mazos de ramas
de retama, atados en el centro, formando una escobilla rígida en ambos extremos.
Estos mazos se utilizaban para azotar a los niños. Durante la primera semana de
diciembre los adultos se ponían disfraces pavorosos y pretendían ser un
mensajero de Cristo, llamado Pelz-nickel, que castigaba a los niños y
les decía si iban a recibir regalos de Navidad o no.[57]
Sólo cuando se ve la lucha en que se debaten los padres para abandonar
esta costumbre de concretar imágenes terroríficas se pone de manifiesto la
fuerza de la necesidad de hacerlo así. Uno de los primeros defensores de la
infancia en la Alemania del siglo XIX fue Jean Paul Richter. En su libro
titulado levanna, que gozó de gran popularidad, censuró a los padres que
dominaban a sus hijos mediante “imágenes de terror”, sosteniendo que la
medicina aportaba pruebas de que “con frecuencia eran víctimas de la locura”. Sin
embargo, el impulso de repetir los traumas de su propia infancia era tan fuerte
que se vio obligado a inventar versiones más moderadas para su propio hijo:
Como a una
persona sólo se la puede atemorizar una vez con la misma cosa, yo creo que es
posible dispensar a los niños de la realidad mediante representaciones fingidas
de circunstancias alarmantes. Por ejemplo: voy a pasear con mi pequeño Paul, de
nueve años de edad, por el corazón del bosque. De repente aparecen y caen sobre
nosotros tres bandidos teñidos de negro y armados, a los que yo he contratado
el día antes para la aventura mediante una recompensa. Nosotros dos sólo
llevamos bastones, pero la banda de ladrones lleva espadas y una pistola
descargada... Yo desvío la pistola para que no pueda alcanzarme y le quito el
puñal de la mano a uno de los bandidos con mi bastón... Pero (añado en esta
segunda edición) todos estos juegos son de dudosa utilidad... aunque puñales y
disfraces similares... podrían emplearse provechosamente por la noche con el
fin de sacar a la luz de la vida cotidiana las fantasías inspiradas por la
creencia en los espíritus.[58]
Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los
niños que implica el uso de cadáveres. Son conocidas de muchos las escenas de
la novela de la Sra. Sherwood, History of the fairchild Family,[59] en las
que se lleva a los niños a visitar el lugar donde se exponía a los ajusticiados
para inspeccionar los cadáveres de los ahorcados que se pudrían allí mientras se
les contaban relatos moralizantes. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que
esas escenas estaban tomadas de la vida real y constituían una importante parte
de la infancia en la época. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para
llevarlos a presenciar ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales
espectáculos azotándolos después al regresar a casa para que recordaran lo que
habían visto.[60] Incluso
un educador humanista como Mafio Vegio, que escribió libros para protestar
contra la práctica de apalear a los niños, hubo de admitir que “dejarles que
presencien una ejecución pública, en ocasiones no es ni mucho menos una mala
cosa”.[61]
El efecto que esta continua contemplación de cadáveres tenía sobre los
niños era, naturalmente, muy grave. Una niña, a la que su madre le había
mostrado como ejemplo el cadáver de un amiguito suyo de nueve años que acababa
de morir, iba de un sitio a otro diciendo: “Pondrán a la hija en el agujero, y
¿qué hará mamá?”[62] Otro
niño se despertaba por la noche gritando después de haber visto ejecuciones en
la horca y “practicó ahorcando a su gato”.[63] Harriet
Spencer, de once años, escribió en su diario que veía cadáveres por todas
partes, en la picota y descoyuntados en el potro. Su padre le había llevado a
ver centenares de cadáveres que habían sido desenterrados para hacer sitio para
otros.
Papá dice que es
estúpido y supersticioso tener miedo de ver cadáveres, así que bajé detrás de
él por una escalera oscura, estrecha y empinada que daba vueltas y más vueltas,
hasta que abrieron una puerta que daba a una gran caverna. Estaba iluminada por
una lámpara que colgaba del centro, y el fraile llevaba una antorcha en la mano.
Al principio no veía nada y cuando pude ver apenas me atrevía a mirar, pues por
todos lados había espantosas figuras negras, unas haciendo muecas, otras
señalándonos a nosotros, o con gesto de dolor, en todas las posturas y tan
horribles que o estaba a punto de gritar y creía que todas se movían. Cuando
papá vio lo incómoda que me sentía no se enfadó, sino que estuvo muy cariñoso y
dijo que debía dominarme y acercarme a tocar a uno de ellos, lo cual fue muy
desagradable. Tenía la piel de color marrón oscuro y muy seca sobre los huesos,
y dura al tacto, como de mármol.[64]
Esta escena del cariñoso padre ayudando a su hija a vencer el miedo a
los cadáveres es un ejemplo de lo que llamo “atención proyectiva”, para
distinguirla de la verdadera atención empática que es el resultado de la
reacción empática. La atención proyectiva requiere siempre como primer paso la
proyección del inconsciente del adulto en el niño, y puede distinguirse de la
atención empática porque es inadecuada o insuficiente en relación con las
necesidades reales del niño. La madre que responde a toda manifestación de
incomodidad del niño amamantándolo; la que se ocupa mucho de las ropas de su
hijo cuando se lo confía a una amas de cría fuera del hogar; así como la que
dedica una hora completa a envolver a su hijo en fajas, son todas ejemplos de
atención proyectiva.
No obstante, la atención proyectiva es suficiente para educar a los
niños. En realidad es lo que los antropólogos que estudian la infancia en los
pueblos primitivos suelen llamar “buena puericultura”, y hasta que un
antropólogo con formación psicoanalítica vuelve a estudiar la misma tribu no se
advierte que lo que se mide es la proyección y no la verdadera empatía. Por
ejemplo, los estudios sobre los indios apaches[65] les dan
siempre los rangos más altos de la escala de “satisfacción oral”, tan
importante para el desarrollo de sentimientos de seguridad. Los apaches, al
igual que muchas tribus primitivas, alimentan a los niños cuando estos lo piden
durante dos años, y en eso es en lo que se basaba la clasificación. Pero cuando
el antropólogo psicoanalítico I. Bryce Boyer los visitó se puso de manifiesto
la verdadera base proyectiva de este hecho:
La actitud de las
madres apaches respecto de sus hijos es hoy asombrosamente inconsecuente.
Suelen ser muy cariñosas y atentas en las relaciones físicas con sus hijos
pequeños. Hay mucho contacto corporal. La hora de la alimentación viene
determinada generalmente por el llanto del niño, y a toda señal de malestar se
responde ante todo con el pecho o el biberón. Al mismo tiempo, la madres tienen
muy poco sentido de la responsabilidad en lo que concierne al cuidado de los
niños, y se tiene la impresión de que la ternura de la madre para con su hijo
se basa en que le dispensa el trato que ella desea para sí como adulto. Hay
muchas madres que abandonan o ceden a sus hijos, a niños pequeños a los que una
semana antes amamantaban amorosamente. A esta práctica los apaches le dan
acertadamente el nombre de “echar al niño”. No sólo se sienten muy poco
culpables conscientemente de este comportamiento, sino que a veces están
francamente encantadas de haber podido liberarse de la carga. En algunos casos,
madres que han cedido a sus hijos “olvidan” que los han tenido. La madre apache
típica cree que lo único que un niño requiere es el cuidado físico. No tiene
escrúpulos, o si los tiene son muy leves en dejar a su hijo con cualquiera
mientras ella impulsivamente sale para charlar, hacer compras, jugar o beber y
tontear. Idealmente, la madre confía su hijo a una hermana o alguna parienta de
más edad. Antiguamente casi siempre se disponía de este recurso.[66]
Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que
sufrían golpes era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos
educadores que antes de la época moderna aconsejaban que no se pegara a los
niños, generalmente se valían del argumento de que ello tendría malas
consecuencias, no que haría daño al niño. Sin embargo, sin este elemento de
empatía, el consejo no surtía efecto alguno y los niños continuaban recibiendo
golpes como antes. Las madres que confiaban sus hijos a amas de cría durante
tres años se sentían verdaderamente afligidas cuando los niños no querían
regresar a casa, y sin embargo no podían comprender por qué. Cien generaciones
impasibles envolvieron a sus hijos en apretadas fajas y les vieron impasibles
protestar a gritos porque carecían del mecanismo psíquico necesario para sentir
empatía por ellos. Sólo cuando en el lento proceso histórico de la evolución
padres-hijos se adquirió por fin esta facultad, a través de la interacción de
sucesivas generaciones de padres e hijos, se advirtió que la envoltura en fajas
era totalmente innecesaria. Richar Steele, en The Tatler, describe, en
1706, lo que a su modo de ver sentía un niño después de nacer:
Estoy echado muy
quieto; pero la bruja, sin la menor razón ni provocación me coge y me envuelve
la cabeza apretando cuanto puede; después me ata las dos piernas y me hace
tragar una horrible pócima. Considero que es una desagradable manera de llegar
a la vida comenzando por tomar una purga. Una vez vestido así me llevaron junto
a un lecho donde se hallaba una hermosa joven (mi madre) que hubiera querido
estrecharme hasta sofocarme... y me echó en brazos de una niña que habían
traído para que me cuidara. La niña estaba muy orgullosa de ocupar el puesto de
nodriza propio de una mujer, y se empeñó en desnudarme y vestirme de nuevo, al
hacer yo un ruido, para ver qué era lo que me molestaba; lo hizo clavando
alfileres en todas y cada una de las articulaciones. Yo seguía llorando y
entonces me puso en su regazo boca abajo y, para calmarme, empezó a fijar todos
los alfileres, dándome golpecitos en la espalda y cantando a gritos una canción
de cuna...[67]
No he encontrado una descripción con tal grado de empatía en ninguna
época anterior al siglo XVIII. Poco después se puso fin a dos mil años de envoltura
en fajas.
Es de suponer que habrá multitud de fuentes de todo tipo donde se pueda
hallar esta facultad empática infrecuente en otros tiempos. Por supuesto, la
primera que se puede consultar es la Biblia: en ella se ha de hallar
ciertamente empatía respecto de las necesidades de los niños, pues ¿no se
representa siempre a Jesús rodeado de niños? Sin embargo, cuando se leen las
más de dos mil referencias a los niños enumeradas en Complete Concordance to
the Bible, esas apacibles imágenes no aparecen. Hay muchas sobre el
sacrificio de niños, sobre la lapidación de niños, sobre la administración de
azotes a los niños, sobre su obediencia estricta, sobre su amor a sus padres y
sobre su papel como portadores del nombre de la familia, pero ni una sola que
revele empatía alguna respecto de sus necesidades. Incluso la conocida frase:
“Dejad que los niños se acerquen a mí” resulta ser la práctica habitual en el
Oriente Medio de exorcizar por imposición de las manos, práctica que aplicaban
muchos santones con el fin de erradicar el mal inherente a los niños: “Entonces
le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase... Y
habiéndoles impuesto las manos, se fue de allí” (Mt. 19: 13).
Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus
hijos, pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos
son sádicos. Los quieren, en ocasiones y
a su manera; y a veces son capaces de manifestar ternura, sobre todo cuando los
niños no exigen demasiado de ellos. Lo mismo puede decirse de los padres de
otras épocas; las manifestaciones de ternura con los hijos se dan con mayor
frecuencia cuando el niño no pide nada, en especial cuando está dormido o
muerto. La frase de Homero: “como una madre espanta una mosca para que no
moleste a su hijo sumido en un dulce sueño”, corre parejas con el epitafio de
Marcial:
Cubra sus tiernos huesos leve césped,
Y tú, tierra; no peses sobre ella
Que tan ligera ha sido para ti [68]
Es en el momento de la muerte cuando el padre, antes incapaz de empatía, se lamente, con Morell (1400): “Le amabas, pero nunca usaste de tu amor para hacerle feliz; le tratabas como a un extraño más que como a un hijo. Jamás le diste una hora de descanso... Jamás le besaste cuando él lo deseaba; le hacías soportar la escuela y muchos y duros golpes”.