El paciente
necesita estar rodeado de personas que se pongan sin reservas a favor
del niño. Yo no encontraba en ninguna parte a esas personas, ni
siquiera en los terapeutas primarios.
Quería
saber lo que había sucedido en mi primera infancia, pero me faltaban
los instrumentos necesarios. Con mis herramientas de sicoanalista
no iba a ninguna parte.
Viendo
cómo muchos terapeutas siguen negando la verdad acerca de los malos
tratos en la infancia, no me cuesta nada imaginarme que ahí se halla
una parte importante de la respuesta a mi pregunta.
Al
principio casi no podía concebir que mis ideas fuesen correctas a pesar
de ser yo la única que las sustentaba. Si todos estaban de
acuerdo, pensaba, en que sólo se pueden superar los síntomas si se
perdona a los padres, ¿cómo puedo estar segura de no engañarme? Al
fin y al cabo todos los demás, en conjunto, tienen que poseer mucho más
experiencia que yo. Sólo una cosa me dio la respuesta: los recuerdos,
recientemente evocados, del terror destructivo de mi
madre. Comprendí que ese acuerdo general entre todos los
terapeutas no es fruto de sus experiencias, sino de su educación.
En
las numerosas discusiones en grupo en las que abordé el tema, apenas si
había terapeutas que pudieran desprenderse de la creencia de que para
librarse de los síntomas hay que perdonar a los padres... No se daban
cuenta que de tal manera ejercían una manipulación pedagógica, y ello
para alcanzar un objetivo al servicio de la moral tradicional. Al
aliarse con dicha moral, los terapeutas recogen la herencia de los
educadores que siempre se ponen de lado de los adultos y en contra del
niño.
El
sustrato moral de esas terapias era la ineludible exigencia educativa
de perdonar a los padres una vez pasados los accesos de ira
temporalmente permitidos. Tuve noticia de una persona que, al
final de una terapia semejante "se lo perdonó todo" por fin a su padre
—un sádico—, y al cabo de dos años mató, sin motivo aparente, a un
hombre que no tenía culpa de nada. Esa información confirmó mis
suposiciones.
Como
ya ha perdonado a sus padres durante la terapia, el sujeto no podrá
dejar paso a sus nuevos sentimientos de ira, y correrá el riesgo de
proyectarlos sobre otras personas. Dado que entiendo por terapia el
descubrimiento sensorial, emocional y mental de la verdad reprimida en
el pasado, veo en la exigencia moral de reconciliación con los padres
un bloqueo y una paralización insoslayables del proceso terapéutico.
[En las cartas a Miller se hallan a menudo afirmaciones de sicoanalistas:]
°
"Eso sin duda fue un mal trago para usted, pero hace ya tanto tiempo. ¿No va siendo hora de olvidarlo?"
°
"El odio no le hace a usted ningún bien, le envenena la vida y prolonga
su dependencia de sus padres. Hasta que no se reconcilie con sus
padres, no se verá libre de ellos".
°
"Intente ver también el lado positivo. ¿Verdad que sus padres a los que
usted califica de malvados le pagaron sus estudios? ¿No le parece
que usted es injusta?"
°
"No quiero forzarla a perdonar, pero no tendrá usted paz si sigue siendo tan intransigente, si no perdona".
°
"Nadie se cura echándole la culpa a otros. No hay que olvidar que el niño también tiene una responsabilidad".
°
"Los padres también son personas y pueden equivocarse".
[En su libro Miller les responde a los analistas:]
Todas
estas afirmaciones tienen algo en común: son desorientadoras y falsas,
pero pasan generalmente por verdaderas, pues las conocemos desde
siempre.
El odio reprimido e inconsciente tiene efectos destructores, pero el odio vivido no
es veneno, sino uno de los caminos por los que se sale de la trampa,
del disimulo, la hipocresía o la franca destructividad. Y uno en
verdad se cura cuando, libre de sentimientos de culpabilidad, deja de
exonerar a los auténticos culpables; cuando uno se atreve a ver y
sentir por fin lo que éstos hicieron.
Cuanto
más claro veía que muchos de los actuales terapeutas se dedicaban a
proteger el sistema educativo de sus padres a costa de los pacientes,
mayor se volvía mi desconfianza hacia las terapias.
Intercambio traducido del (ahora finado) foro de Daniel Mackler,
septiembre de 2006
—¿Has leído
el cuento original de Pinocho de
Carlo Collodi? Es lectura obligatoria, creedme.
—No, no lo
he leído. ¿Es similar a la vieja historia de Pinocho?
“¡Oh papá!, ¡querido papá! ¡Si estuvieras aquí!” Esas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida se quedó tieso como muerto.
El
original de Le avventure di Pinocchio
es la peor clase de pedagogía negra [término de Miller]. Los padres y el sistema escolar son idealizados
a costa del yo interno del niño. Gran bestseller,
fue usado para manipular y socializar niños a principios del siglo XX —ejemplo
perfecto de lo que Lloyd deMause llama “la forma
socializante de parentela”.

Esta página aparece en la sección 19, #0183 de este sitio web,
donde pueden verse el resto de las ilustraciones de 1911
de Attilio Mussino sobre el cuento de Collodi