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Este es el excurso final del libro
Cómo asesinar el alma de tu hijo,
segundo tomo de la serie Hojas
Susurrantes
Por
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Sumario
La siquiatría nunca ha sido una ciencia. La manera en que
los siquiatras presentan sus hipótesis —enfermedades biológicas “de etiologías
desconocidas”— las convierte en hipótesis no contrastables o irrefutables.
"Así que una hipótesis irrefutable es una señal segura de que estamos ante una seudociencia"
— Terence Hines
[1]
De acuerdo a Ron Leifer, ha habido cuatro críticas paralelas a la
siquiatría: (1) La crítica conceptual y lógica de Thomas Szasz sobre la idea de
enfermedad mental; (2) La propia crítica de Leifer de control social a través
de la siquiatría; (3) La evaluación de Peter Breggin sobre los asaltos al
cerebro con drogas, electroshocks y lobotomías; y (4) la queja de aquellos que
han sido dañados por ello.[2] Otra manera de cuestionar la validez de la
siquiatría es examinar la base científica de la siquiatría biológica. Esta
quinta crítica paralela, que yo llamaría (5) la evaluación del estatus
científico de la siquiatría, pone en tela de juicio a la siquiatría desde su base
teórica. Los exponentes de esta estrategia se han enfocado en los diversos
alegatos biorreduccionistas y falacias lógicas en siquiatría;[3] en la dudosa ciencia detrás de la psicofarmacología,[4] y en análisis estadísticos que muestran que a los
países pobres con pocos psicofármacos llamados neurolépticos (“antipsicóticos”)
les va mucho mejor en el tratamiento de la gente en crisis psicóticas que a los
países ricos.[5] En este apéndice presentaré una manera
aparentemente novedosa de cuestionar el estatus científico de la siquiatría
biológica.
Por más extraño que pueda parecer, la biosiquiatría no
ha sido atacada desde el criterio más clásico para detectar seudociencias: la
prueba de Karl Popper que distingue entre ciencia real y falsa ciencia, y el precepto
conocido como principio de economía o navaja de Occam. Ambos principios han
sido muy útiles para desenmascarar los alegatos de lo paranormal, así como a
seudociencias biológicas tales como la frenología o a la eugenesia nazi.[6] Argüiré que es en este último marco de
seudociencias biológicas dentro del cual la siquiatría puede reconocerse y
entenderse.
El argumento de Bunge
Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, mantiene que
todas las seudociencias son estériles. A pesar del subsidio multimillonario de
las compañías farmacéuticas, la siquiatría biológica ha sido y continúa siendo
una profesión estéril hoy día.[7]
A pesar de su larga historia de teorías biológicas
desde 1884, cuando Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica moderna, creía
que la causa de la locura eran “venenos fermentados en el cuerpo” hasta la
teoría actual de la dopamina sobre la esquizofrenia, los siquiatras han sido
incapaces de encontrar la causa biológica de los principales trastornos
listados en DSM.[8] Esta falta de
progreso era de esperar. Si el postulado biologicista del que parte la
siquiatría está equivocado, esto es si la causa de las enfermedades mentales no
es somatogénica sino psicogénica, real progreso jamás podrá ocurrir en
biosiquiatría: y el asunto de los trastornos mentales no debiera pertenecer a
la ciencia médica sino a la psicología.
Como vimos en el capítulo sobre del diagnóstico da Amara,
Nancy Andreasen, la editora de American Journal of Psychiatry, la revista siquiátrica más
influyente del mundo, reconoce en un libro publicado en 2001 que no se ha
encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos
mentales; ni se han encontrado desequilibrios químicos en la gente
diagnosticada con una enfermedad mental; ni se han encontrado genes responsables
de alguna enfermedad mental; ni existe prueba de laboratorio que determine
quién está enfermo mentalmente y quién no lo está. Mejor prueba sobre la
esterilidad de la biosiquiatría es difícil de hallar. Vale la pena mencionar
que el libro de Andreasen ha sido considerado por un reseñador como “el libro
de siquiatría más importante en los últimos veinte años.” [9]
Los hechos arriba mencionados nos muestran por qué, desde
sus orígenes, la siquiatría y la neurología están separadas. Si bien la
neurología trata con auténtica biología cerebral, podemos suponer que la
siquiatría busca un espejismo biológico.
La “prueba de tornasol” de Popper
En Lógica de la
investigación científica el filósofo de la ciencia Karl Popper nos dice que
la diferencia entre ciencia y seudociencia estriba en el poder de refutabilidad
de una hipótesis.[10] A pesar de su
respaldo académico, gubernamental e impresionante financiamiento en el sector
privado, la siquiatría no descansa en un cuerpo de descubrimientos
experimentalmente contrastables o refutables. De hecho, la entidad central en
siquiatría, el concepto de enfermedad mental —digamos, la esquizofrenia—, no
puede presentarse como una hipótesis contrastable o refutable.
Consideremos el alegato que los siquiatras usan
neurolépticos para restablecer el equilibrio químico cerebral de un
esquizofrénico. Un popperiano haría inmediatamente las preguntas: (1)
Exactamente ¿qué es un desequilibrio químico cerebral? (2) ¿Cómo se reconoce
esta condición neurológica en quienes ustedes llaman esquizofrénicos y con qué
pruebas de laboratorio la diagnostican? (3) ¿Qué evidencia pueden presentarme
que el desequilibrio bioquímico del llamado esquizofrénico ha sido equilibrado
—o no lo ha sido— por la ingestión
del neuroléptico?
Ante este tipo de preguntas el siquiatra contesta de
tal manera que, aquél que no está versado en la lógica de la investigación
científica, tendrá graves dificultades en detectar una trampa. Por ejemplo,
Andreasen reconoció que no se han encontrado desequilibrios bioquímicos en la
gente diagnosticada con una enfermedad mental y que no existe prueba de
laboratorio que determine quién está mentalmente enfermo y quién no lo está. Es
decir, reconoce que su profesión es incapaz de responder las preguntas segunda
y tercera de arriba. ¿Cómo, entonces, Andreasen y sus colegas se han convencido
que los neurolépticos restauran el equilibrio a los cerebros “químicamente
desequilibrados” de los esquizofrénicos? Lo que es más, ¿por qué Andreasen
afirma tan confiadamente en su libro Brave New Brain que la
esquizofrenia “no es una enfermedad que los padres causen”?
Hablando en términos popperianos la respuesta es:
ideando una hipótesis no contrastable o refutable. A diferencia de los
neurólogos que pueden demostrar la fisiopatología, la histopatología o la
presencia de microorganismos patógenos, Andreasen y sus colegas reconocen que
no pueden demostrar ni estos marcadores biológicos (genes aberrantes o
desequilibrios bioquímicos) que postulan en los principales trastornos
clasificados en la edición en boga del DSM. Si pudieran hacerlo, la siquiatría
como especialidad habría desaparecido y su cuerpo de conocimientos habría
quedado fusionado con la ciencia neurológica. Lo que los siquiatras hacen es
declarar que, después de casi un siglo de investigar, por ejemplo, la
esquizofrenia, la etiología médica de la “enfermedad” continúa siendo
“desconocida”: y lo mismo alegan de las conductas más conocidas del DSM. Dicho
de otra manera, en la ciencia médica real los médicos observan primero las
alteraciones patológicas en los órganos, tejidos y células, así como las
invasiones microbianas, y el nombrar a la enfermedad viene después. La
siquiatría invierte esta secuencia. Primero bautiza una supuesta enfermedad,
sea la esquizofrenia o cualquier otra, y la existencia de un marcador biológico
nunca se descubre aunque, eso sí, se postula dogmáticamente. Un postulado es
una proposición que se admite sin pruebas. Sólo postulando que estos trastornos
son básicamente biológicos y que el medio ambiente juega sólo un papel
“detonante” o “desencadenante” pueden los siquiatras justificar tratarlos por
medios físicos. En cambio, si las perturbaciones mentales se originan en malos
tratos parentales, tratarlos con drogas o electroshock sería revictimar
brutalmente al hijo.
Tomemos como ejemplo un artículo de julio de 2002 de
la revista Time. El articulista tomó
el caso de Rodney Yoder, maltratado de niño y hospitalizado de adulto en
Chester, Illinois. Desde el siquiátrico Yoder ha emprendido una campaña en
internet para su liberación. Haciéndose eco de las frases favoritas de los
siquiatras, el articulista de Time nos
dice: “A los científicos les hacen falta
decenios [mis cursivas] para poder hacer uso del escaneo cerebral al
diagnosticar algo como los alegados trastornos de personalidad de Yoder”.[11] En esa misma
línea, Rodrigo Muñoz, quien fuera presidente de la Asociación Psiquiátrica
Americana en los noventa, declaró en una entrevista: “Gradualmente estamos
avanzando hacia el punto en que seremos
capaces [cursivas añadidas] de señalar cambios funcionales y estructurales
en el cerebro que están relacionados con la esquizofrenia”.[12] Es decir, los
siquiatras reconocen que no pueden medir la perturbación mental por medios
puramente físicos, aunque tienen una enorme fe de que lo harán en el futuro
próximo. Esto nos hace comprender lo que otro siquiatra le dijo al Washington Post: “Los diagnósticos
siquiátricos son descriptivos; en realidad, no entendemos los trastornos
siquiátricos a nivel biológico”.[13] Los siquiatras
se basan únicamente en la conducta, no en el cuerpo del sujeto, al decir que
hay una enfermedad. Luis Méndez Cárdenas, el director del único siquiátrico
público en México que se especializa en hospitalizar niños, me dijo en una
entrevista: “Como no se conoce la causa de ningún trastorno, el diagnóstico es
clínico”.
Yendo más al punto, cuando en 2002 discutí con el
mencionado Gerard Heinze, director del Instituto Nacional de Psiquiatría, sobre
la carencia de marcadores biológicos en su profesión, Heinze me respondió
enumerando dos o tres enfermedades que, como el reumatismo, la ciencia médica
no ha llegado a comprender del todo. El distinguido siquiatra quiso decirme que
los trastornos mentales se encuentran en esta categoría de enfermedades
incomprensibles. La respuesta de Heinze no habría estresado mi credulidad hasta
el punto de ruptura si la mayoría de los 374 diagnósticos del DSM-IV fueran enfermedades biomédicas probadas
con sólo un puñado de enfermedades residuales misteriosas. Pero se nos quiere
hacer creer que la inmensa mayoría de los trastornos del DSM son enfermedades “de etiología
desconocida”.
Un último ejemplo relacionado con una huelga de hambre
en 2003 de sobrevivientes de siquiatría en Pasadena, California, que demandaban
pruebas científicas de la enfermedad mental como una genuina condición biomédica,
ilustrará esta actitud.
La demanda de los huelguistas se dirigió a la Asociación
Psiquiátrica Americana y a las oficinas del Inspector General de Sanidad. El
siquiatra Ron Sterling desechó la demanda de los huelguistas sobre una prueba
científica positiva describiendo el campo de salud mental de la siguiente
manera: “El campo está como la cardiología estaba antes de que los cardiólogos
pudieran tener acceso a procedimientos como electrocardiogramas, cirugía de
corazón, angiografías y ultrasonido [...]. Como la estructura y fisiología del
cerebro son tan complejas, la comprensión de su biología y de sus circuitos se
encuentran en la infancia”.[14] La oficina del
Inspector General de Sanidad ni siquiera se molestó en responder. No obstante, en
una declaración de septiembre de 2003 la APA concedió:
La ciencia del cerebro no ha avanzado al nivel en que
los científicos o clínicos puedan señalar ya las lesiones patológicas o las
anormalidades genéticas que en sí mismas sirvan como biomarcadores confiables
de una enfermedad mental dada o un grupo de trastornos mentales [...]. Probablemente se demostrará [mis
cursivas] que los trastornos mentales representan trastornos en la comunicación
intracelular o un sistema de circuitos neuronales desorganizado”. [15]
El truco a notar en todas estas declaraciones al
público es que los siquiatras, médicos a fin de cuentas, están declarando que
aunque la etiología de las perturbaciones mentales es desconocida tal etiología
es, por definición, biológica, y que
es sólo cosa de tiempo para que esto probablemente se demuestre. Tal es el
significado oculto de la frase “de etiología desconocida”. Al hacer esto los siquiatras, apriorísticamente y en bloque, invalidan
el trabajo de todos los investigadores que han postulado un origen psicógeno de
las perturbaciones mentales.[16] A pesar
que para el sentido común es más natural pensar en una causa psicológica para
una perturbación mental, con su
postulado somatógeno la siquiatría ignora la hipótesis alternativa, el modelo
del trauma. Así, incursionar en la infancia de un Yoder por ejemplo es
descartado axiomáticamente por esta ciencia que se aferra a una sola hipótesis.
En otras palabras, al hablar de etiologías desconocidas que se descubrirán en el
futuro por la ciencia médica —jamás por los psicólogos—, estos médicos nos han
presentado una hipótesis biológica
sobre las perturbaciones mentales de forma tal que, ni siquiera estando errada,
puede ser refutada.
Si los siquiatras fueran verdaderos científicos
presentarían su idolatrada hipótesis biológica bajo del protocolo de
refutabilidad que Popper observó en las ciencias exactas. Consideremos la
hipótesis: “A nivel del mar, el agua hierve a los 30º C”. Esta es una hipótesis
científica independientemente del hecho de que la proposición sea falsa (el
agua no hierve a los 30º sino a los 100º C). Es científica porque está
presentada de forma tal que basta ponerla a prueba en nuestra cocina con un
termómetro para ver si es o no cierta: si el agua no hierve a los 30º C, la
hipótesis es falsa. En otras palabras, según Popper lo científico de una
hipótesis no estriba en que sea verdadera sino en que, por más paradójico que
pueda parecer, la hipótesis pueda refutarse suponiendo
que sea falsa. Así, la hipótesis que en el presente el agua hierve a los
30º C puede ser refutada: es una hipótesis científica. En cambio, la hipótesis
que la esquizofrenia y las demás perturbaciones mentales son biológicas y que
esto “probablemente se demostrará”, por usar las citadas palabras de la
Asociación Psiquiátrica Americana, no puede ser refutada: no es una hipótesis
científica. Contra esta hipótesis no existe evidencia posible en el presente,
esto es, no hay ningún tipo de evidencia empírica que pueda mostrar que la
hipótesis sea falsa.
Esta es la señal inequívoca de una seudociencia.
Conclusión
Los verdaderos científicos, digamos: los geólogos o
los biólogos, nunca postulan sus hipótesis centrales, las placas tectónicas y
el principio de la selección natural, como hipótesis no contrastables que “probablemente
se demostrarán”. Es la postura futurista de los siquiatras lo que le da el
mentís al alegato que su sistema de creencias sea científico.
Una seudociencia es un sistema de creencias que
pretende ser científico. La siquiatría no es la única seudociencia biológica,
pero exhibe el mismo signo inequívoco de seudociencia presente en todo sistema
que pretende ser científico. Otros seudocientíficos biologicistas como los
frenólogos, los eugenecistas nazis o los genetistas anti-Mendel de Stalin,
tampoco cumplieron el requisito popperiano de presentar sus conjeturas de forma
contrastable o refutable. No entraré en detalle sobre la seudociencia nazi y la
comunista. Baste decir que todas las seudociencias, sean biologicistas o paranormalistas,
tienen cuatro cosas en común.
Al igual que sus hermanas biologicistas (la
frenología, la eugenesia nazi) y sus primas paranormalistas (por ejemplo, la
parasicología y la ovnilatría), la siquiatría es una “ciencia” que (1) presenta
su hipótesis central de manera irrefutable; (2) idolatra a perpetuidad esa sola
hipótesis; (3) viola el principio de la economía ignorando la más parsimoniosa
hipótesis alternativa, y (4) es completamente estéril. Después de decenios de
investigación ni los frenólogos ni los eugenecistas ni los siquiatras ni los
parasicólogos ni los ovnilatras han demostrado la existencia del (supuesto)
fenómeno que estudian.
Dicho de otra manera, los siquiatras no tienen
evidencia médica o científica que respalde sus afirmaciones. El reconocimiento
de los siquiatras que no pueden decirnos nada respecto a la pregunta formulada
arriba —¿con qué pruebas de laboratorio diagnostican esta llamada condición
neurológica?— demuestra que su hipótesis de la esquizofrenia no es científica. Lo
mismo puede decirse del autismo, la depresión severa, la “enfermedad” bipolar y
las demás categorías del DSM.
En pocas palabras, la siquiatría no es una ciencia. Desde
mediados de los años 1950 la falta de una ciencia de salud mental ha sido
compensada en la profesión médica por el marketing invasivo y la venta agresiva
de las corporaciones farmacéuticas. [17]
Apéndice:
Por qué la siquiatría es una falsa ciencia
[1] Terence Hines: Pseudoscience and the paranormal: a critical examination of the
evidence (Prometheus Books, 1988), pág. 2.
[2] Ron
Leifer: “A critique of medical coercive psychiatry, and an invitation to
dialogue” en EHSS, 2001, 3 (3), págs. 161-173.
[3] Ross y Pam:
Pseudoscience in biological psychiatry.
[4]
Valenstein: Blaming the brain.
[5] Un
estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome
neuroléptico maligno. Es tan iatrogénica la profesión que estudios publicados
en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más
devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría. A lo
largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países
donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos.
La OMS descubrió que en estos países pobres el índice de mejoría de quienes
sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos,
la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón.
¿Cómo fue eso posible? La respuesta es simple: en Colombia, India y Nigeria no
se consumen tantos neurolépticos. Al no ser capaces de importar en grandes
cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran
ventaja sobre los ricos. En el estudio de la OMS resultó muy revelador que
donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el
país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de
neurolépticos. Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente
en crisis, los métodos de las potencias sean contraproducentes comparados con
los de los países en desarrollo. La información de esta nota la obtuve de
Whitaker: Mad in America.
[6] Un repaso
crítico del movimiento de la eugenesia aparece en ibídem. El CSICOP o Committee
for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (Comité de
investigación científica sobre alegatos de lo paranormal), que publica el
bimensual Skeptical Inquirer y cuyos miembros incluían celebridades como
Martin Gardner, Isaac Asimov y Carl Sagan, ha sido la organización más conocida
en el desenmascaramiento de seudociencias desde 1976.
[7] Hay toda una revista especializada en que un
grupo de profesionales en salud mental demuestran la esterilidad de la
investigación siquiátrica, Ethical Human Psychology and Psychiatry.
[8] Para una revisión
crítica de la teoría de la dopamina en la esquizofrenia véase, por ejemplo,
Valenstein, Blaming the brain, págs. 82-89; Ross y Pam, Pseudoscience,
págs. 106-109.
[9] Ty Colbert, reseña en Ethical
Human Sciences and Services, 2001, 3 (3), pág. 213.
[10] Especialmente los capítulos 4 y 6 del libro
de Popper.
[11] Cloud: Time
(15 julio 2002).
[12] Rodrigo Muñoz, citado en Jeanette De Wyze:
“Still crazy after all these years” en San
Diego Weekly Reader (9 enero 2003).
[13] Thomas Laughren, citado en Shankar Vedantam:
“Against depression, a sugar pill is hard to beat: placebos improve mood,
change biochemistry in majority of trials of antidepressants” en The Washington Post (6 mayo 2002).
[14] Ron Sterling: “Hoeller does a disservice to
professionals” (op-ed rebuttal) en The
Seattle Post-Intelligencer (6 septiembre 2003)
[15] Citado en David Davis: “Losing the mind” en Los Angeles Times Magazine (26 octubre 2003).
Leí estos pasajes del comunicado de la APA en el cibersitio de Mind Freedom, la organización
antisiquiátrica que organizó la huelga.
[16] Además de Theodore Lidz, a quien cité en mi
anterior libro, podría mencionar a los siguientes autores: Silvano Arieti: Interpretación
de la esquizofrenia (Editorial
Labor 1965); Ronald Laing: The divided self: Selected works of R.D.
Laing, 1 (Routledge, 1999);
Alice Miller: Breaking down the wall of silence: the liberating experience
of facing painful truth (Dutton, 1987); Modrow, How to become a
schizophrenic
(op. cit.); Colin Ross, Schizophrenia:
an innovative approach to diagnosis and treatment (Haworth Press, 2004);
John Read, Loren Mosher y Richard Bentall, Modelos de locura: aproximaciones psicológicas, sociales y biológicas a
la esquizofrenia (Barcelona:
Herder 2006).