Nota: este capítulo aparecía en la primera parte del libro

antes del capítulo sobre Freud

 

 

 

Por qué jamás debemos llamarle a nadiE "esquizofrénico"

 

Aquél que desee avanzar, incluso con el más pequeño de los pasos, deberá primero liberarse a sí mismo de la palabra, de las supersticiones de los nombres y de la tiranía del lenguaje.

 

Fritz Mauthner  [i]

 

En una entrevista de 1971 Theodore Lidz declaró: “Personalmente, como puede que sepa, no considero la esquizofrenia como una afección o una enfermedad, sino más bien como un determinado tipo de reacción ante una organización enferma, como un trastorno de la personalidad [...]. Si bien yo utilizo la palabra esquizofrenia, por ejemplo, creo que nunca diría que un paciente tiene esquizofrenia. Nosotros decimos que un paciente es esquizofrénico”. [ii]

A lo largo de su larga carrera —yo llegué a hablar por teléfono con él casi al final de su vida—, Lidz rechazó que la “esquizofrenia” fuera biológica. Pero esa palabra es la palabra equivalente a “bruja” en tiempos de la Inquisición. De haber vivido Lidz en esa época ¿le habría gustado que un inquisidor dijera que su madre era una bruja (como le dijeron a Johannes Kepler)?  Hugh Trevor-Roper, quien estudió ese capítulo negro de la historia, ha dicho que la cacería de brujas sólo cesó hasta que occidente cuestionó la idea de Satán: es decir, hasta los albores de la Ilustración. Lo mismo puede decirse de la siquiatría, que ya lleva trescientos años de existencia, el tiempo que duró la Inquisición.

Ronald Laing, otro siquiatra no biologicista, seguía la misma política semántica que su colega Lidz. Laing escribió: “Quizá aún podamos retener el ahora viejo término y leerlo en su significado etimológico, esqui, roto; frenos, alma o corazón. El esquizofrénico en este sentido es alguien con el corazón roto, pero aquellos con corazones rotos pueden curarse si se lo permitimos”. [iii]

Esta postura se solidariza con la víctima. Pero Laing no pareció advertir que en la praxis el término que retuvo se usa como cachiporra semántica para revictimar a esa víctima. Aunque Laing fue considerado el antisiquiatra por excelencia falló en hacer una crítica al lenguaje, la más básica de todas las críticas. No abandonó las palabras “esquizofrenia” y “esquizoidismo” a pesar de los casos en que los siquiatras las usan como estigma en la cara de adolescentes cuerdos.

Se me podrá objetar que el diagnóstico de esquizofrenia o esquizoidismo sólo es inapropiado cuando se usa con fines de doblegar la voluntad del miembro cuerdo, aunque rebelde, de una familia. A esto respondo que, dado que la palabra no tiene la acepción de “corazón roto” como hubiera querido Laing sino una acepción enteramente distinta, el individuo con principios debe rechazar todo diagnóstico de esquizofrenia, incluyendo el diagnóstico a los individuos auténticamente trastornados.

Para ilustrar este punto quisiera referirme a Juan Vidal, un joven conocido por mi familia desde hace muchos años. Vidal ha sufrido varias crisis que podrían calificarse de quebrantos psicóticos; ha estado internado en varios siquiátricos mexicanos, y no tiene proyecto de vida. Cuando visité a la familia dependía del cuidado de su madre, la hija de Victor Serge: el célebre intelectual y militante ruso que vivió su vida en el exilio y que escribió una treintena de libros. He hablado con el nieto de Serge personalmente y me confesó algo que demuestra mi punto a la perfección. Juan Vidal se siente extremadamente ultrajado cada vez que uno de sus hermanos le dice “esquizofrénico”. Sus emociones al confesarme esto fueron patentes.

Vidal quedó relativamente perturbado por los horrores familiares que presenció de niño, horrores que le rompieron el corazón y que aquí me refrenaré de contar. Pero a lo que quiero llegar es que, si lo que trastornó a Juan fue la dinámica familiar, lo peor que se le puede hacer es precisamente agredir aún más a su ya lesionada autoestima con insultos. Y en nuestra sociedad “esquizofrénico” es el mayor insulto que uno puede imaginar, especialmente si el insulto proviene de una institución respetada como la institución médica y se esgrime como diagnóstico absoluto de lo que la persona es (el verbo que usó Lidz) . Juan Vidal mismo, por más perturbado que esté, está consciente de esto y me lo confesó cuando lo visité.

John Modrow, quien sufrió un quiebre psicótico temporal, también ha entendido el impacto iatrogénico de la palabra. Su autobiografía es un testimonio que muestra por qué ni a quienes sufren de quebrantos psicóticos debemos nombrarlos con una palabra cuya eufonía agrede al ego de la manera más hiriente posible. Decir “Oye John: tu perturbación temporal se debió al maltrato de tus padres” no es una injuria. Pero decir “Eres un enfermo: un esquizofrénico, Juan” lo es. A pesar de haber escrito El yo dividido, un brillante ensayo sobre el mundo interior de quienes sufren crisis psicóticas, o que están cerca de sufrirlas, Laing no vio algo tan elemental. De hecho, es muy común que el epíteto insultante sea la puntilla en una serie de malos tratos que rompen el límite de resiliencia de un alma en pena: justo lo que quiso decir Modrow con su vívida ilustración de cómo el pánico resultante de la maldición de un brujo del vudú puede matar a un crédulo.

Hasta aquí mi respuesta a Laing. Defendiéndose ante Szasz y otros críticos de la palabra esquizofrenia, Silvano Arieti arguyó:

Creo que cuando los psiquiatras examinan casos típicos de, por ejemplo, un paciente que dice ser Jesucristo porque tomó leche Carnation y por consiguiente reencarnó, o que usa neologismos peculiares o distorsiones metonímicas o una mezcla incongruente de palabras, o que ve agentes del FBI por doquier espiándolo, o que alucina todo el tiempo, o que se encuentra en posturas catatónicas, o que se repliega completamente en sí mismo, los psiquiatras están confrontados con una constelación o Gestalt inconfundible. Ciertamente, no se le debe dar una connotación peyorativa a una disfunción del ser humano. Pero si los seres humanos están inclinados a hacerlo no se refrenarán de darle tal connotación al término que reemplaza al viejo. [iv]

A Arieti le diría lo mismo que a Lidz y a Laing. Quienes no creemos en el cristianismo jamás usaríamos la palabra pagano al hablar, digamos, de un helenista contemporáneo, o hereje al hablar de un mormón —independientemente que ante ellos los cristianos fundamentalistas estén confrontados con un Gestalt inconfundible. Asimismo, los que no creemos en la siquiatría involuntaria no usamos la palabra esquizofrenia al hablar de adolescentes rebeldes o incluso de los verdaderamente trastornados aún si con ello queremos decir que son víctimas de vapuleo familiar. De usar el epíteto el efecto psicológico sobre ellos sería iatrogénico, como lo fue para nuestro amigo Vidal y para Modrow.

Colin Ross, quien por cierto buscó afanosamente una copia del DSM para señalarme algo durante la entrevista que tuve con él en Dallas, fue aún más lejos que Arieti. Ross escribió: “El sistema DSM-IV es uno de los logros verdaderamente importantes de la psiquiatría del siglo XX, y vale mucho más que la aportación biologicista. Soy un firme creyente en la necesidad de criterios diagnósticos operacionales”. [v]

Anti-Freud, el estudio de Szasz sobre un purista del lenguaje, me convenció que este es un gran error. Lo primero que debe hacer el disidente de una ideología es abandonar su nuevahabla, y más aún sus epítetos insultantes. Lo que el buen doctor Ross no denuncia es que, como vimos con el folleto inglés, en la praxis real la palabra esquizofrenia designa la infinita gama de conducta indeseable entre adolescentes. Esta conducta puede ir desde los jóvenes auténticamente trastornados hasta los perfectamente cuerdos, aunque rebeldes y distantes de sus padres, pasando por aquellos que actúan de manera excéntrica, tonta, ermitaña o que presentan conductas inaceptables para la sociedad dominante.

La misma crítica puede hacérsele al pasaje de Arieti. Szasz había dicho que el término esquizofrenia es un pancreston (del griego, palabra buena para todo: ese cajón de sastre que es la esquizofrenia). En el contexto de la cita de Arieti, pancreston es una palabra que se limita a bautizar con un nombre una gran constelación de trastornos distintos cuando tal nombre sólo mistifica y oscurece lo que la palabra popular, locura, expresa mejor. Los siquiatras bautizan la locura con un nombre técnico para hacerle creer a la gente que saben exactamente con qué están tratando, pero la verdad es que de su etiología no saben nada en lo absoluto. Incluso un editorial de 1997 en la American Journal of Psychiatry concedió que “hasta la fecha no hemos identificado agentes etiológicos en los principales trastornos siquiátricos”. [vi]  Por eso el diagnosticar a un ser humano con esta palabra es algo tan subjetivo que, se dice, cada año más de cien mil norteamericanos son erróneamente diagnosticados de esquizofrénicos.

De los diagnósticos siquiátricos del DSM, los únicos que son resultado de factores bioquímicos son las psicosis inducidas por drogas lícitas e ilícitas. Algunos siquiatras reconocen únicamente a dos perturbaciones mentales —el “trastorno de estrés postraumático” y el “trastorno de disociación de identidad” (PTSD y DDI en las siglas del DSM en inglés)— como causadas por traumas en la vida. La mayoría son considerados trastornos de presumible causa biológica. Arieti acierta al señalar que el viejo epíteto loco es peyorativo. Pero omitió decir que el nuevo epíteto, esquizofrénico, conlleva además acciones políticas como la drogadicción y/o hospitalización involuntaria. Aprecio que, a diferencia de los siquiatras biologicistas, Arieti mantuviera la etiología parental de este trastorno mental. John Modrow, he dicho, por un tiempo creyó ser Juan Bautista a fin de compensar un ego terriblemente humillado por sus padres. Si esto es así, poca utilidad puede tener una sofisticada nosología diagnóstica como el DSM si los siquiatras omiten decir que la gente perturbada cruzó por algo tan grave como la experiencia de un campo de concentración. Ninguna persona razonable diagnosticaría de esquizofrénica o depresiva severa a una Dora acabada de violar omitiendo además decir lo que le acaba de pasar.

Esta comparación es clave para contestarle tanto a Colin Ross como a su antagonista, el citado August Piper. Según el testimonio de Yakoff Skurnik, el trato de los nazis hacia los judíos en los campos de concentración provocó una severa depresión en un tal Martin Klein que lo llevó a un estado de inconfundible autismo. Además, provocó conductas suicidas en algunos prisioneros e incluso catatonias en otros, y el trabajo forzado de construir chimeneas en Auschwitz también provocó un episodio de psicosis maníaca en un joven llamado Lulek. [vii]   Que la psicosis tiene una etiología psicogénica puede verse en el hecho que dos terceras partes de los sobrevivientes del Holocausto llenaban los siquiátricos en Israel. Por qué no todos enloquecieron tiene que ver con el estado de robustez psíquica de los prisioneros al entrar al campo de concentración; esto es, cómo habían sido tratados en sus infancias (Yakoff por ejemplo fue tratado bien por su padre incluso en Auschwitz, como puede leerse en el libro de Gene Church).

El trastorno mental puede inducirse en cualquier ser humano si es lo suficientemente brutalizado. Los siquiatras se autoengañan al hablar de achaques “endógenos” que provienen del cuerpo de las personas que los padecen. Médicos con puestos universitarios alegan que tienen evidencia del carácter endógeno de, por ejemplo, la depresión severa. La verdad es que su trabajo es tan seudocientífico como lo sería decir que la causa de la depresión de Martin Klein en Auschwitz fue una exigua actividad en la transmisión de serotonina de su cerebro, y escribir artículos técnicos y eruditos sobre el tema. Esta infinitamente necia búsqueda de las causas de nuestras penas en el cuerpo no es otra cosa que no querer ver la realidad psicológica de los desventurados. Quienes presentan estos síntomas en nuestras sociedades fueron víctimas de algo tan horrendo como lo que le ocurrió a Klein y a los otros prisioneros de Auschwitz, como traté de ilustrar con el caso de Helfgott. Esto es tan cierto que ha sido reconocido por algunos de los sicoanalistas más distinguidos. Kurt Eissler, quien fuera director de los Archivos Freud, alegó apasionadamente en un artículo de 1963 que cuando el trauma es lo suficientemente grande, y habló de los campos de concentración nazis, no es posible distinguir entre un individuo normal y uno que ha enloquecido.[viii]

Así que aunque las palabras “depresión severa”, “autismo”, “manía” o “catatonia” representan conductas reales como se infiere del testimonio de Yakoff, mientras no se usen para señalar que quienes las padecen cruzaron por un infierno, es mejor no usarlas. Eso sería como diagnosticar a Klein, Lulek, a los suicidas y a los catatónicos de los que habla Yakoff omitiendo decir que cruzaron por Auschwitz. En otras palabras, si toda la gente usara las categorías siquiátricas para señalar que quienes padecen esos trastornos son víctimas de holocaustos personales, no me molestarían las categorías. Pero la hipótesis de trabajo de los siquiatras es que la locura es endógena, que proviene del cuerpo del trastornado.

En última instancia todo tiene que ver con la manera como vemos al mundo. Como agentes del sistema, los siquiatras y algunos sicólogos clínicos ubican el problema en el individuo. Los disidentes del sistema lo ubicamos en el medio, especialmente en la institución familiar.

Además, analizada a fondo la clasificación de los diagnósticos siquiátricos del DSM-IV es artificial. En su clínica siquiátrica Colin Ross mismo me confesó que es muy común que los siquiatras se confundan y que diagnostiquen a quienes padecen personalidad múltiple de esquizofrénicos y viceversa. [ix]  Lo mismo sucede con aquellos que son diagnosticados de esquizofrenia y que, como los neurolépticos no les hacen efecto, a fin de probar el litio el siquiatra cambia el diagnóstico de esquizofrenia a trastorno bipolar. Esto muestra que la afirmación “El maniaco necesita del litio como el diabético de la insulina”, uno de los eslóganes favoritos del siquiatra, es un pronunciamiento seudocientífico. ¡Ya me imagino a un endocrinólogo cambiando el diagnóstico de “diabetes” a “hipotiroidismo” sólo porque la insulina no le hiciera efecto a uno de sus pacientes y quisiera probar un medicamento en base al sodio!

A pesar que en teoría es posible distinguir entre la manía del prisionero Lulek —“trastorno unipolar” le llaman ahora los siquiatras— y la depresión autista de Martin Klein, ambos prisioneros en Auschwitz, un sistema formal de categorías como el DSM sale sobrando. Quienes luchamos por los derechos humanos no estamos obligados a hacer estas sutiles distinciones. Sutiles, porque incluso alguien como Franco Basaglia declaró: “Yo, en el momento en que ingresé al manicomio, no pude absolutamente distinguir entre esta gente: vi únicamente personas oprimidas o personas atadas, personas destruidas, personas que pedían poder salir, irse a su casa”. [x]   Basaglia también comparó al siquiátrico que dirigió en Italia con el campo de concentración nazi en el que había estado prisionero. En lugar de enfocarnos en un Klein o en un Lulek para hacer las distinciones que hacen los siquiatras nosotros nos enfocamos en los perpetradores, sean nazis enloquecedores o padres enloquecedores, a fin de rescatar a la víctima de los agresores. Hacer la distinción ubica el problema en el individuo, no en el medio. De hecho, hacer la distinción encubre retóricamente la existencia de un medio insultante.

Por lo mismo, prefiero englobar toda psicosis con la palabra vernácula “locura”. Así lo hice en el capítulo de Helfgott y Skurnik al interpolar entre corchetes el término textual de Piper MPD (siglas en inglés del “trastorno de personalidad múltiple”) y el término esquizofrenia de Arieti. A pesar de haber colaborado estrechamente con Laing, David Cooper, otro escritor de la contracultura de los 1960, habría aprobado mis cambios textuales. Cooper afirmó: “La esquizofrenia no existe. La locura sí que existe. En el lenguaje médico secreto y esotérico de la medicina la etiqueta de esquizofrenia se aplica a la amplia mayoría de personas que son consideradas socialmente como locas”. [xi]  Las palabras de John Modrow explican espléndidamente qué quiero decir:

Como no pueden establecerse diferencias claras y precisas entre esquizofrenia y un sinnúmero de otros síntomas siquiátricos, etiquetas como esquizofrenia, paranoia, enfermedad maníaco depresiva y demás son meras abstracciones artificiales que oscurecen la naturaleza unitaria de la locura. Yo iría más lejos y diría que la dicotomía entre salud mental y locura también es una convención artificial que oscurece la unidad fundamental de la mente humana. [xii]

Como he dicho, el mayor mal de los diagnósticos siquiátricos es que frecuentemente estigmatizan conductas perfectamente normales. En la vida real algunos siquiatras diagnostican de esquizofrenia no sólo casos como la bizarra constelación de la cita de Arieti, sino el proceso normal de individuación de los adolescentes. Es decir, usan el viejo truco de dar una impresión de culpabilidad por medio de la asociación de los rebeldes con los trastornados. Ese es precisamente el carácter pancrestoniano (“buenas para todo”) de las palabras esquizofrenia y esquizoidismo.

Además del carácter de comodín de la palabra esquizofrenia, debemos pensar en el aspecto eufónico de la misma. Fritz Mauthner habló de la logocracia, el poder de las palabras. Según Mauthner, las palabras son tan poderosas que pueden inducir humores, sentimientos e incluso movernos a actuar en cierta dirección. [xiii]   Es imposible no pensar acá en palabras como “patria”, “nación” o “raza” que Hitler usó tan elocuentemente. En siquiatría, el término hiperactivo inadvertidamente nos mueve a cierta dirección: hacia la terapia de los enfermitos. Más deletéreo es el poder siquiátrico de estigmatizar a alguien con la palabra que Lidz, Laing, Arieti y Ross mantuvieron: el diagnóstico de esquizofrenia equivale a una quemadura-marca en la cara hecha por un herrero. Decir “Juan es un esquizofrénico” suena a “Juan es un engendro”. Por eso la palabra se usa precisamente para maldecir a una persona ante la sociedad. Me apena reiterarlo: pero así lo hace un hermano intolerante de nuestro amigo Juan Vidal. A pesar que lo violaron en uno de los siquiátricos, su familia no vacila en continuar internándolo. Todo se le permite a la familia con un “esquizofrénico” en casa.

El punto crucial es que todas estas no son palabras descriptivas sino dispositivas. El objetivo es legitimar, a instancias de los padres, un empleo punitivo de drogas en los cerebros sanos de niños y adolescentes. “A gente completamente normal se les tiene en esos centros de tratamiento, adolescentes completamente normales; nadie estaba loco, ni siquiera una persona” —palabras citadas de la niña Rachel. Es en este sentido que digo que jamás debemos usar palabras como esquizoide mientras exista la Institución Psiquiátrica así como en el pasado la gente con principios no usaba la palabra hereje mientras existía la Inquisición. En tiempos del Tribunal del Santo Oficio esta era una palabra dispositiva. Decir “Juan es una hereje” significaba, en realidad, “Queremos que Juan termine en la hoguera”. Pongamos un ejemplo más concreto. “Cristiano anabaptista” era una expresión descriptiva y por lo tanto correcta desde el punto de vista ético. “Hereje anabaptista”, en cambio, era una expresión dispositiva y su fin era la persecución.

Las palabras dispositivas están tanto en el aire como en el papel. Esto se demuestra al pasar revista a los diccionarios de nuestras sociedades. Según el Webster’s third new international dictionary nuevahabla (newspeak) es “lenguaje propagandístico caracterizado por el eufemismo, el circunloquio y la inversión de los significados acostumbrados”. Sin embargo, en esa misma página los editores del célebre diccionario usaron lenguaje propagandístico: definieron al neuroléptico como “cualquiera de los tranquilizantes poderosos, como las fenotiazinas o butirofenonas, usados especialmente para tratar a las psicosis”. [xiv]   Esta definición omite decir que es común que los siquiatras usen la expresión “tratar a las psicosis” para doblegar a adolescentes como Rachel y sus amigos, quienes supuestamente necesitaban ser drogados, más bien que estamos ante una droga de control social.

Esta complicidad de los diccionarios con el sistema aparece también en definiciones sobre otros grupos de minorías estigmatizadas. Por más increíble que pueda parecer, en el diccionario que he usado para escribir este libro, el Pequeño Larousse ilustrado, continúa una complicidad histórica de los editores con la intolerancia religiosa de antaño. En mi diccionario la definición de anabaptista inicia con las palabras: “Secta nacida del protestantismo...”  Y termina con las frases: “Tuvieron que sufrir crueles persecuciones. Existen aún sus sectarios en Inglaterra y en los Estados Unidos”. La manera de frasear la definición sugiere que las persecuciones emprendidas contra este grupo minoritario fueron necesarias. ¡Mi Pequeño Larousse ilustrado es un diccionario editado no en el siglo XVI, sino a finales del XX!  El hecho que los redactores de diccionarios no purguen sus definiciones de aspectos propagandísticos en palabras como “anabaptista”, “esquizoide”, “neuroléptico” o “hiperactivo” es signo de complacencia social ante la intolerancia.

A diferencia de los siquiatras, antisiquiatras y redactores de diccionarios, mi esperanza es que algún día el lenguaje propagandístico como “esquizoide” sea considerado tan supersticioso y político como los epítetos racistas en la actualidad. Estos profesionales y lingüistas no vieron lo grave que es usar la nuevahabla siquiátrica porque ninguno fue víctima de un diagnóstico insultante. No está de sobra citar lo citado, las palabras de Modrow: “Y en este respecto nunca me recobré totalmente de lo que la siquiatría y mis padres me hicieron hasta que finalmente comprendí que en realidad nunca había estado enfermo”.



 

 

Notas

 

[i]  Fritz Mauthner, citado en Szasz: Anti-Freud, pág. 50.

[ii]  Theodore Lidz, en Robert Orrill y Robert Boyers: “Entrevista con Theodore Lidz” en Laing y la antipsiquiatría (Alianza Editorial, 1978), págs. 147s.

[iii]  R.D. Laing: The politics of experience (Ballantine Books, 1968), pág. 130.

[iv]  Arieti: Interpretation of schizophrenia, pág. 693.

[v]  Ross: Pseudoscience in biological psychiatry, pág. 122.

[vi]   Las palabras del editorial de G.J. Tucker: “Putting DSM-IV in perspectiveaparecen en AJP, 155, pág. 159.

[vii]  Church: 80629. El caso Lulek aparece en la página 149; el de Martin Klein en las páginas 177-180. En el libro se cuentan varios casos de suicidios en Birkenau y Auschwitz, por ejemplo en las páginas 42, 48, 94s y 100s.

[viii]  Masson: Juicio a la sicoterapia, págs. 261s. El artículo de Kurt Eissler apareció originalmente en Psyche (17, págs. 241-301).

[ix]  En las versiones más recientes del DSM al “trastorno de personalidad múltiple” se le cambió de nombre por “trastorno de disociación de identidad”.

[x]  Franco Basaglia, Marie Langer, Thomas Szasz, Igor Caruso, Eliseo Verón, Armando Suárez y Guillermo Barrientos: Razón locura y sociedad (Siglo XXI, 1982), pág. 18.

[xi]  David Cooper: El lenguaje de la locura (Seix y Barral, 1979), pág. 174.

[xii]  Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 238.

[xiii]  Szasz: Anti-Freud, págs. 48s.

[xiv]  Webster’s third new international dictionary unabridged with seven language dictionary, vol. I (Encyclopaedia Britannica, 1993), pág. 96a (addenda).