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Parte  II

 

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Un Gulag químico

 

 

 

 

 

El asesino [en serie], como no puede soportar su dolor, mata a gente inocente en lugar de sentir el dolor de su niñez.

 

Alice Miller [1]

 

 

 

 

 

 

 

 

Una victimariología

 

Aunque no se cumplió, la profecía “autocumplida” de Amara que denuncio al final de la Carta me causó un enorme daño moral.  El siquiatra-analista de quien nunca quise ser paciente y que profetizó mi derrumbe definitivo me calumnió ante la familia con un diagnóstico insultante y me trató con la droga más temida por los disidentes rusos.  La sociedad atacó así a un niño debido a un fraude profesionalmente organizado, elaborado en las universidades y pagado por mis padres.  Todo con tal de cegarse, más cegarse y tres veces cegarse a la realidad del martirio que muchos padres infligen a sus hijos.

Como los siquiatras diagnostican a la gente que en realidad son víctimas del medio, su postulado fundamental es negar que lo son.  En el DSM prácticamente toda expresión que pudiera transmitir la idea “víctima del medio” ha sido eliminada.  El biorreduccionismo, un positivismo radical, no es otra cosa que buscar el origen del achaque emocional en el reino objetivo, de lo somático; jamás en el universo interno del individuo.  Es el absurdo cognitivo de reducir una persona a su cuerpo.  De esa manera es metodológicamente imposible que la profesión culpe a los padres incluso en casos de flagrante maltrato físico, abuso sexual, o violencia emocional hacia los hijos.  La siquiatría cumple una importante función: exonerar a la familia, el cemento de la civilización, del desastre manifiesto en los hijos.

La sociedad civil vive en idéntica negación.  No ha querido ver que dentro de su más sagrada institución existen martirios enloquecedores hacia sus miembros más vulnerables.  Tanto las profesiones universitarias como la sociedad civil son tan ignorantes y supersticiosas de esta situación como la Edad Media lo fue sobre los hombres y mujeres calumniados de herejes y brujas.

Voltaire vio a los letrados inquisidores como lo que eran en lugar de diagnosticar como herejes a las personas que la Inquisición torturaba y asesinaba.  De ahí su llamado Écrasez l’infâme! contra la iglesia con el que apostillaba sus cartas libertadoras.  Este llamado no puede ser más pertinente al referirnos a una profesión que asesina almas de niños y adolescentes a través de cachiporras semánticas como la palabra esquizoide, retraumatizaciones psicológicas en la consulta y psicofármacos minusvalidantes.

La victimario-logía es una Umwertung aller Werte de la siquiatría: una nueva ciencia que en vez de martillar a últimos eslabones estudia a los victimarios o agresores.  En esta transvaloración de los valores siquiátricos y sociales habrá que reorientar la ciencia hacia el estudio de padres enloquecedores (confiérase Miller), siquiatras revictimadores (cf. Modrow), charlatanes que se autonombran analistas (cf. Masson) y la lucha civil para abolir al Estado Terapéutico (cf. Szasz). 

Además de estas líneas de investigación y lucha mi sueño es que la victimariología incluya un nuevo tipo de literatura: el estudio del alma humana por los nuevos autobiógrafos.  

Otro de mis sueños es que en el futuro la sicología universitaria incluya en su currículo el estudio de aquellos hombres y mujeres que tuvieron vidas desgraciadas.  Cómo quisiera, por ejemplo, que los jóvenes que ingresan a las facultades de sicología estudiaran las vidas de Nietzsche, van Gogh o Mary Baker Eddy de manera respetuosa y sin la nefanda palabra “esquizofrénicos”.  Pocas cosas me ofenden más que ver en las liberarías a un tratado de siquiatría de mil páginas, el de Jaspers, con un autorretrato del pintor en la portada.[2]  Van Gogh ha sido una de las figuras más difamadas por los siquiatras.  Sed de vivir, la novela de Irving Stone, retrata infinitamente mejor la tragedia de alguien como el hermano Vincent que el fárrago de una nuevahabla que Jaspers mismo contribuyó a desarrollar.

Respecto a la “nueva” autobiografía un paradigma es la vida de John Modrow, quien contribuyó a resolver el misterio de por qué algunos adolescentes enloquecen ante la crueldad parental.  Alice Miller, otro faro guía en psicología intuitiva a quien le dedicaré un lugar especial en mi siguiente libro ha dicho que no son los sicólogos académicos, sino los autobiógrafos contemporáneos que hablan de sus padres, quienes se han anticipado a una época.  Si este nuevo tipo de autobiografía vindicativa no se desarrolla en tiempos venideros, el estudio del alma humana seguirá los derroteros bobos de la sicología académica.  El poeta lituano Czeslaw Milosz, Premio Nobel en literatura, ha dicho que sucesos como las guerras napoleónicas, la guerra civil norteamericana e incluso la guerra de trincheras no se rememoraron literariamente por testigos de manera satisfactoria, independientemente del hecho que los historiadores hayan escrito bibliotecas enteras sobre esos sucesos.[3]

Lo mismo debe decirse de las ausentes autobiografías de las víctimas de los padres y su sociedad.  Cientos de miles de Doras no remembraron literariamente sus testimonios.  Políticos como Kraepelin, Bleuler, Freud y sus epígonos les arrebataron la palabra y hablaron en sus nombres.  Hersilie Rouy, Modrow y unos cuantos más somos las excepciones.

 

 

 

 

“Los pacientes sólo son gentuza” —Freud

Muchos sobrevivientes de la siquiatría han escrito manuscritos acerca de sus experiencias, pero rara vez tienen éxito en publicar sus libros.

Al  Siebert [4]

 

“Permanecer callado es signo de cómo hemos sido oprimidos e ignorados”, nos dice otro sobreviviente.  “Las fuerzas que nos mantienen callados e invisibles son muy vulnerables a que hablemos”. [5]

La nueva autobiografía es el camino real hacia el inconsciente torturado, hacia aquel continente apenas explorado; no el sicoanálisis.  Pero para ser justo con Freud debo reconocer que nos legó algunas contribuciones importantes en el conocimiento de la mente.

En la Carta misma, por ejemplo, usé un concepto freudiano: la idea de abba (papá Dios) en el Jesús histórico.  Aunque sólo en un par de líneas, en la epístola también usé la palabra superyó que Freud explicó en El yo y el ello: un concepto que ha pasado a nuestra cultura y lo usamos en conversaciones.  Freud también popularizó la noción del inconsciente e intuyó que los sueños nos querían decir algo, aunque esto no significa que su libidinosa interpretación sea atinada.  De mayor relevancia es algo vinculado a una de las tesis centrales de este libro.  En la alternativa al modelo médico de los trastornos mentales que he presentado me guié indirectamente por un concepto freudiano.  El modelo Sullivan-Modrow sobre el pánico y el quiebre psicótico fue inspirado en un clásico mecanismo de defensa que cualquier analista podría entender.

Freud y su hija Anna descubrieron los diversos mecanismos de defensa del yo, que Harry Sullivan denominaba “operaciones de seguridad” del ego.  Al igual que Modrow, creo que el descubrimiento fundamental de Freud y su hija fue que el ser humano distorsiona continuamente la realidad para auxiliar su autovalía.  Este autoengaño es completamente involuntario y prácticamente ineludible porque la autovalía de una persona es el principio básico de la “psíquica”, así como la gravedad es el principio básico de la física.  En el modelo Sullivan-Modrow de la locura, de aquí se deduce que lo más peligroso para la cordura de un individuo es un continuo asalto a su autoimagen, algo que los torturadores psicológicos de Stalin sabían muy bien.  En su autobiografía Modrow ilustra el asalto al ego de un púber.  El amor de nuestros padres le da al ego cohesión interna —“gravedad”— y salud mental.  El humillar continuamente al niño conduce a la desintegración del ego, al pánico y a la locura.  Ahora bien, del principio de mantener la autovalía a toda costa, es decir, del principio del autoengaño, surgen toda suerte de ilusiones: ilusiones religiosas, ilusiones políticas, ilusiones nacionalistas e incluso ilusiones amorosas.  El fin siempre es darle cohesión al ego aunque sea de manera falsa y artificial: algo en lo que profundizaré en otros escritos.

Reconozco la aportación del modelo Modrow inspirado en descubrimientos freudianos.  Pero Freud también creó una profesión lucrativa en base al sufrimiento humano, y eso fue precisamente un autoengaño de Freud mismo.

Sándor Ferenczi, uno de sus más allegados discípulos, tan allegado que fue el único miembro del círculo de analistas que solía irse de vacaciones con Freud, se percató del engaño.  Me limitaré a citar únicamente tres líneas del diario íntimo que escribió Ferenczi; diario que consagró a las serias dudas que tenía de su profesión: el sicoanálisis.  Durante una conversación privada con Ferenczi, Freud —:

dijo que los pacientes sólo eran gentuza (Die Patienten sind ein Gesindel).  Que para lo único que servían es para ayudar al analista a ganarse la vida y proporcionar material para la teoría.  Está claro que no podemos ayudarles.[6]

Así que el mismo fundador del sicoanálisis, Freud, se percató que no era posible ayudar a sus clientes en los problemas de la vida.

Ferenczi se percató, además, que el rechazo de Freud a su propia teoría de la seducción había sido un error.  Trató de confrontar a su maestro sobre el tema pero se desilusionó por la agria disputa que surgió entre él y Freud y sus colegas, quienes cerraron filas contra Ferenczi.  Debido a su naturaleza compasiva Ferenczi se percató de la veracidad de los relatos de incesto que le contaban sus pacientes mujeres.  Freud, desde su frío Olimpo intelectual, permaneció escéptico.  Al final del último encuentro que tuvo con Freud Ferenczi le tendió la mano para mostrar que, independientemente de sus diferencias, le seguía mostrando afecto a su mentor.  Freud se dio media vuelta y salió de la habitación.

Ferenczi era un individuo muy impresionable.  Hay quienes piensan que el cruel rechazo de su maestro tuvo que ver con su súbita enfermedad y muerte a los cincuenta y nueve años.  Michael Balint, uno de los discípulos de Ferenczi, creía que “el estado emocional de Ferenczi sufrió un tremendo golpe durante el último encuentro con Freud, y no es posible saber si la posterior enfermedad fue una coincidencia o una consecuencia”[7]  Lo más triste es que Ernest Jones, uno de los acólitos más ortodoxos de Freud, difamó a Ferenczi con una catarata de diagnósticos siquiátricos a raíz de que Ferenczi osara cuestionar el dogma del maestro.  Azuzado por Freud, Jones continuó con la difamación siquiátrica incluso después de que Ferenczi muriera.  Según Jeffrey Masson, la disidencia intelectual de Jung no atentaba contra los cimientos del sicoanálisis.  Pero la de Ferenczi sí: él había visto algo que tocaba los cimientos.[8]  Jung se limitó a canjear la metanarrativa pansexualista de Freud por la suya mítico-religiosa, pero el análisis junguiano, como el freudiano, se presume capaz de ayudar a la gente a entenderse y resolver los problemas de la vida.  Ferenczi, en cambio, sabía que estos problemas no pueden resolverse con “sicoanálisis”.  Freud también lo sabía (“Está claro que no podemos ayudarles”) y pudo haberlo confesado al mundo externo. 

No lo hizo: eso habría abortado el nacimiento de una lucrativa profesión.

Además de las limitaciones morales de su fundador, esta faceta del sicoanálisis también debe ponerse al descubierto.  Mi visión es que tanto la siquiatría como el sicoanálisis son una suerte de retórica maquiavélica, algo que en mis soliloquios he llamado el arte de culpar a la víctima.  Una seudociencia inquisitorial, la siquiatría, culpa al cuerpo de quien fue agredido por sus padres.  El sicoanálisis culpa a la mente.  Piénsese en la “histeria”, la “perversión” y la “manía” que, según Lacan y sus epígonos, supuestamente padecemos todos los humanos.  En realidad, estas seudociencias son dos distintos aspectos del mismo movimiento de control social.  Surgieron de las mismas fuentes, sólo que Freud tenía poderes intelectuales y dotes literarias.  Pero tenía poco corazón ante el sufrimiento, como se ve en su conducta ante las guerras mundiales y la cacería de brujas.

Al igual que Freud, lejos de ayudar a sus clientes los sicoterapeutas lucran en base a su sufrimiento.  Existen más de doscientas sicoterapias en Estados Unidos y millones de individuos que ahí consultan a sicoterapeutas.  Las sicoterapias son un negocio multimillonario y su popularidad continúa en España, Italia y Latinoamérica.  Freud fue el padre de la mistificación de ver a los problemas de la vida como “neurosis”.  En realidad son problemas familiares, conyugales, laborales, económicos, sociales, políticos y existenciales.  El sicoterapeuta contemporáneo también redefine estos problemas como “problemas mentales” de “pacientes”.  De otra manera no podría justificar su profesión e ingresos.  La gran verdad es que cualquier sujeto que diga vender soluciones individuales y mentales para los problemas económicos y sociales ha entrado, conscientemente o no, al reino del fraude.  A menos que alguien apadrine económicamente a la persona nadie es capaz de hacer algo por sus problemas.  Pero ningún terapeuta apadrina a sus clientes: en esa profesión el dinero fluye en un sólo sentido. 

Para una víctima de un holocausto personal una terapia puede ser algo intrínsecamente insultante.  Imaginemos a un judío que escapa del guetto de Varsovia y que a sus padres y hermanas se los llevan los nazis a un campo de exterminio.  Después de la guerra este sobreviviente busca consuelo en un analista que no estuvo en lo más mínimo interesado ni en la causa judía, ni en el movimiento de resistencia durante la ocupación alemana.  Lo único que hace el profesional es escucharlo, darle algunos consejos no solicitados que cualquier conocido podría darle, y cobrar su cuota semanal.

Este es el tipo de experiencia absurda que muchos hemos tenido con sicoterapeutas.  El ejemplo de arriba podría haberle sucedido a un Yakoff Skurnik, pero en la vida real la gente que pide ayuda se parece más a un David Helfgott.  Y respecto a los innumerables Helfgotts del mundo, en la profesión llamada sicoterapia nadie, que yo conozca, ha luchado por legislar la protección hacia hijos de padres como el de David.  En medicina los problemas cardíacos son la causa número uno de enfermedad mortal en el hombre occidental.  En psicología los padres abusivos son la causa número uno de trastorno psíquico en nuestra especie.  Pero la siquiatría, el sicoanálisis y la sicología clínica traicionan a su materia de estudio al ignorar la realidad.  Estas seudociencias se enfocan en la víctima, en el “último eslabón” a fin de no tocar a los padres y realizar hitos legislativos como en los países nórdicos.  Lo que los profesionales de salud mental ignoran es que los problemas con los que tratan en su consulta no debieran estar bajo su cuidado, sino bajo la jurisdicción del Ministerio Público.  Alice Miller le ha pegado al clavo al proponer que, dado que las perturbaciones psíquicas se deben al maltrato parental, una sociedad justa compelería al padre agresor a salirse del hogar.  Esta medida no sólo salvaría al hijo de un ulterior daño sino que ubicaría el problema donde está: en el agresor.  En el caso de la víctima que fue traumatizada de niño y ya ha crecido, los agresores debieran indemnizar a su hijo.  Pero como no hay leyes que obliguen a los padres a salirse del hogar del niño o a indemnizar al adulto traumado, la sicoterapia se enfoca única y exclusivamente en la víctima.  Eso fue lo que hizo Amara.

Desde este ángulo, la profesión es similar al siguiente escenario.  Imaginemos que después de una serie de denuncias por violaciones en serie de una pandilla, la policía dejara libres a los agresores y se enfocara única y exclusivamente en llevar a las víctimas con terapeutas y trabajadores sociales.  La policía procedería así de oficio mientras la pandilla continúa secuestrando y violando a otras mujeres.  Esta es otra de mis ilustraciones sobre lo que llamo Lógica Wonderland.  Es más que significativo que, en Suiza, antes de la legislación que prohíbe a los padres pegarles a sus hijos, los sicoterapeutas se opusieron a tal legislación a pesar que a diario atienden a pacientes adultos con las llagas psíquicas de los maltratos aún abiertas.  Esto no debe sorprendernos si recordamos cómo Freud traicionó sus descubrimientos iniciales sobre el incesto a fin de ajustarse a los cánones de su época.

La sicoterapia es una profesión que no hace justicia porque no ve víctimas ni victimarios.  Es un órgano ultraconservador de la sociedad que fundamenta y promueve el status quo familiar.  La actitud cómplice de los terapeutas de salud mental con la sociedad es parte del problema de las perturbaciones mentales, no de su solución.  Por consiguiente, buscar ayuda en un extraño que nos limpia el bolsillo y que nada hace por el cambio social es más que un error: es una estupidez.

Como el curandero es aquél que gana dinero haciendo de médico sin ejercer la medicina real, Vladimir Nabokov le llamó a Freud “el curandero de Viena”.  El vienés Karl Kraus, contemporáneo de Freud, fue más lejos.  Kraus escribió que el sicoanálisis “reinaba sobre todas las demás sectas y cultos” y lo definió como “la enfermedad que se presenta como la cura”.  Yo añadiría que el legado de Freud tiene cierta analogía con el legado de Marx.  Ambos propusieron metanarrativas totalizantes que embaucaron a buena parte de la intelligentsia occidental, uno sobre economía política, otro sobre la política de la psique.  Actualmente, después de la caída del muro de Berlín el marxismo agoniza.  Pero el sicoanálisis vive.  Es mi esperanza que el siglo XXI vea florecer a más críticos y apóstatas del sicoanálisis como Kraus, Miller y Masson.  Aunque reconozco las luces que Freud nos mostró —Marx también nos mostró algunas— hay que exponer el curanderismo de su legado.

Los epígonos de Freud son una clase parasitaria de la que la sociedad debe librarse.[9]

 

 

 

 

Genes: el comodín del siquiatra

 

El curanderismo es la comercialización de productos o procedimientos de salud no probados, sin valor terapéutico alguno y aun dañinos.  Si los sicoanalistas usan procedimientos sin valor terapéutico, los siquiatras usan productos dañinos: los psicofármacos.  La confusión de problemas existenciales con entidades médicas a tratar es común aun en casos de los siquiatras más respetados.  Un paradigma es David Rosenthal, el editor de The Genain quadruplets (Las cuadrúpletos Genain), un erudito tratado sobre cuatro mujeres, gemelas idénticas, y la dinámica familiar. 

El padre de la familia Genain era un alcohólico que les pegaba a su mujer y a las niñas, a quienes restringía el contacto con el mundo externo.  Según su esposa “siempre estaba enojado, era infame y mezquino” y en una ocasión la amenazó de muerte cuando quiso huir del hogar.  El padre jugaba sexualmente con una de sus hijas, pero cuando se percató que las chicas se masturbaban las envió con un cirujano sin escrúpulos que mutiló sus genitales.  La madre también abusaba de las hijas.  En una ocasión agarró las cabezas de dos de sus hijas y las golpeó una con la otra para que dejaran de llorar.  Cuando el esposo quiso prevenir la masturbación de las adolescentes la madre participó en el uso de ácido en sus genitales.  Eso ocurrió antes de que aprobara la iniciativa de su marido de operarlas.

Las cuatro hijas enloquecieron.

The Genain quadruplets es un tratado para académicos saturado de referencias doctas.  Se esperaría que, ante tal historia, los siquiatras que contribuyeron con sus artículos expusieran el caso como prueba que algunos padres enloquecen a sus hijos.

Hicieron lo opuesto.  Rosenthal ostenta el caso Genain como prueba de una etiología genética de la locura de las hijas.  El libro es un estudio sobre los factores hereditarios y ambientales de la familia, pero Rosenthal, apologista del modelo de la causa física de las perturbaciones mentales, puso énfasis en el aspecto hereditario.  Los genes resultaron responsables de la enfermedad mental de estas pobres mujeres.  El mismo apellido “Genain” es un seudónimo que inventó Rosenthal cuyas raíces griegas vienen de “gen espantoso”.

Peter Breggin leyó The Genain quadruplets y descubrió que, a lo largo del libro, aunque oculto entre el irrelevante material escolástico, existía información sobre los sucesos en esa familia.  Según Breggin —:

El libro presenta una de las más trágicas crónicas de abuso y maltrato a niñas que ha sido registrado.  No obstante, en ningún momento se discute el maltrato como tal.  En ningún lugar del libro se resume el maltrato.  Esta información se encuentra esparcida a lo largo de seiscientas páginas en los reportes de los diversos profesionales.  Gran parte de la información se encuentra en las notas a pie de página.  La sinopsis que aquí he hecho fue acopiada por estas observaciones dispersas.[10]

Breggin concluye que omitir hablar de lo que ocurría en esa familia constituye una complicidad intelectual de Rosenthal y los demás autores con los agresores.  Si renombrados siquiatras genetistas ignoran este nivel de abuso parental e invierten la historia, culpando a los genes de las víctimas, ¿cómo sorprenderse que los siquiatras comunes y corrientes ignoren el testimonio de sus pacientes en casos relativamente menores de maltrato?  Los genes son el comodín del siquiatra para exonerar a los padres de la devastación manifiesta en los hijos.  ¡Cómo recuerdo esa ocasión que vi a Amara declarar con certeza profesional en la televisión que el suicidio tenía una causa genética ante su sorprendido interlocutor!

Jay Joseph ha dicho que no se ha descubierto gen relacionado con ningún trastorno mental y no se descubrirá porque, según sus palabras, el emperador no tiene genes.  Joseph dedicó dos libro a rebatir las mentiras de siquiatras como Amara: The gene illusion: genetic research in psychiatry and psychology under the microscope (La ilusión del gen: la investigación genética en psiquiatría y psicología bajo el microscopio) y The missing gene: Psychiatry, Heredity, and the Fruitless Search for Genes (El gen ausente: psiquiatría, herencia y la inútil búsqueda de genes), este último publicado en 2006.[11]  Los genes no producen trastornos.  Lo más que pueden producir es cierta predisposición en el carácter.  Pero para entender nuestras conductas las circunstancias familiares no pueden soslayarse.  Es absurdo afirmar que nuestras acciones se deducen matemáticamente a partir de nuestros genes.  La biología de un individuo no es su destino.  Ira Schwartz, un líder de opinión en asuntos públicos sobre la juventud estadounidense, ha sido muy crítico sobre lo que la siquiatría le hace a sus jóvenes.  Schwartz retrata la mentira de culpar a la herencia que Amara le dijo a mis padres según mi hermano Germán:

Una gran cantidad de estos chicos y sus padres están en guerra unos con los otros.  Es endemoniadamente más fácil para un padre que le digan: “Mira, este no es tu problema. Juanito anda deprimido y rebelde porque tiene en realidad un problema de salud mental. No es tu problema, y sabemos cómo componerlo. Mándanos a Juanito”.[12]

La costumbre de echarle toda la culpa a la herencia tiene sus raíces en el movimiento social llamado eugenesia.  Actualmente se sabe que las bases de la eugenesia eran seudocientíficas, pero en los primeros decenios del siglo XX esta seudociencia fue responsable de crímenes lesa humanidad en Estados Unidos y en Europa; especialmente en la Alemania nazi.  Por poner sólo un ejemplo: en Estados Unidos se creía que los emigrantes italianos y otros europeos tenían una herencia genética “que los hacía propensos a los crímenes de latrocinio, secuestro, asalto, asesinato, violación e inmoralidad sexual”.  Aunque el enfoque represivo fue muy distinto en las naciones democráticas, tanto el racismo en la Alemania nazi como la agresiva siquiatría norteamericana fueron propulsadas, en parte, por un afán eugenecista.[13]

 

 

 

El huérfano internado

No vejéis al extranjero, al huérfano y a la viuda, no los maltratéis y no derraméis en este lugar sangre inocente.

Jeremías [14]

 

Algunos lectores se habrán quedado bajo la impresión que exageré con mi hipotética Dora —no la Dora real de Freud— al afirmar que los siquiatras son el martillo de las víctimas.  Para despejarla citaré completo y sin interrupción el testimonio de John Bell: un niño a quien se le murieron sus padres y, como mi Dora, fue martillado por siquiatras.  El testimonio de este huérfano complementa lo que he querido decir sobre por qué debemos abandonar el vocabulario de los siquiatras, y por qué jamás debemos insultar a un hermano con un diagnóstico siquiátrico independientemente del grado de devastación emocional que esté sufriendo.

El testimonio de John Bell fue publicado en Speaking our minds, una antología tanto de gente perturbada por las tragedias de la vida como de sobrevivientes de la siquiatría.

Etiqueta  removida,  pero  la  huella  permanece

Hay un dicho que dice “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero los insultos nunca me herirán”.  La verdad es que hay un insulto que me causó más dolor y pena de lo que se pueda imaginar, y no sólo la palabra, sino todo lo que va con ella.  El insulto en cuestión es “esquizofrénico”.

Tres días antes de la Navidad de 1968, mi padre murió de cáncer.  Cinco semanas más tarde mi madre le seguía.  En tan corto tiempo había dejado de ser un niño de escuela feliz y despreocupado para convertirme en un huérfano.  Apenas había cumplido catorce años en ese tiempo.  Fui a quedarme con mi tío hasta que se hicieran los arreglos para que alguien me adoptara o se me enviara a un orfanato.

Desgraciadamente nunca llegué a ese nivel.  Un día al regresar de la escuela un coche me tumbó de la bicicleta.  Como resultado fui admitido al hospital con una severa contusión.  Salí después de una semana pero comencé a tener ataques de ansiedad, algo que me han dicho es muy común después de una contusión.

Mi médico no lo vio de ese modo y me mandó con un siquiatra, quien dijo que estaría mejor en un hospital.  Cuando me dijo qué hospital rehusé categóricamente: era el lugar que mi madre había llamado “Asilo Lunático Cotford” donde metían a los locos.  Su nombre era Hospital Mental del Valle Tone.  Pero el siquiatra de todos modos me recetó unas drogas que, según él, me ayudarían.

Hicieron lo opuesto.  Los efectos de las drogas fueron terribles y como resultado terminé en otro hospital donde me hicieron pruebas, incluyendo una punción lumbar.  En septiembre de 1969 me llevaron al Hospital del Valle Tone y la única razón que me dieron es que querían darme de alta del otro hospital y no tenía a donde ir.  La verdad es que el siquiatra le había dicho a mi tío que sospechaba que tenía esquizofrenia y que estaría mejor en ese hospital.

Este fue el inicio de una serie de eventos que destruyó mi vida.

En el Hospital del Valle Tone había una unidad especial llamada Merryfield donde, debido a mi edad, me correspondía haber ido.  En lugar de eso me llevaron al hospital principal, que resultó en una experiencia pavorosa.  Yo sabía que nada malo había conmigo, que no necesitaba estar en un hospital mental, pero desafortunadamente era el único que veía las cosas de esa manera.

Los siguientes siete meses fueron el infierno.  No tenía sentido tratar de hablar con los enfermeros ya que todo lo que hacían era burlarse de mí.  Mi tío se tomó la molestia de visitarme entonces y después, pero siempre sabían cuándo iba a venir y subían la dosis de Largactil [un neuroléptico] a un nivel que me impedía levantarme.

Más de una ocasión los enfermeros me dieron una paliza.  Les gustaba hacerlo y me dijeron que nadie me creería.  Tenían razón.  Como me dijo el enfermero encargado: “¿Quién va a creerle a alguien en un hospital mental? Nosotros te clasificamos que estás enfermo. Diles a otros lo que quieras pero no te harán caso”.  Una vez traté de decirle a mi tío lo que me hacían pero no creyó una palabra.  Como resultado, me inyectaron Paraldehido.

La peor cosa que padecí en los primeros siete meses es algo que he tratado de ocultar todos estos años.  Una noche fui objeto de abuso sexual por otro paciente.  Cuando terminó me tiró al suelo y me enfurecí sobremanera.  Lo único que hizo el enfermero es quedarse parado y reírse.

Tuve una tregua cuando el médico superintendente principal salió de vacaciones.  La doctora que ocupó su lugar me llamó un día a su oficina, y me dijo que un hospital mental no era lugar para un muchacho de mi edad, que no veía nada malo en mí, y me dio de alta.

Lo que creí que era el fin fue sólo una tregua.  Se le llamó a un trabajador social para que regresara a casa de mi tío, pero cuando llegué mi tío se horrorizó.  Dijo que no podía tener a un esquizofrénico en casa y todos compartieron su punto de vista.  No había una sola persona que quisiera saber de mí.

Mi alma no podía más: robé una motocicleta y me estrellé adrede en un muro de ladrillo.  Quería morir, no tenía ya nada por qué vivir; estaba solo en un mundo inmenso y desalmado y con la amenaza de regresar al hospital.  Cómo fue que sobreviví es un milagro.  Pero quedé muy mal.  ¡Ojalá y no hubiera sobrevivido: me habría salvado de lo que se venía!

Me regresaron al Hospital del Valle Tone bajo el artículo 25 de la Ley de Salud Mental de 1959.  Antes que terminaran los veintiocho días [estipulados por la ley] me dieron un papel diciendo que se me detenía bajo el artículo 26 y que el diagnóstico oficial era “esquizofrenia”.  Entonces me llevaron a la parte trasera del hospital, a unos pabellones cerrados.  El enfermero encargado de este pabellón me dijo que la única manera de salir de allí sería cuando me transfirieran al pabellón geriátrico de abajo, o en un ataúd.

Había setenta pacientes en ese pabellón y era imposible hablar con ellos.  Sus mentes habían sido destruidas.  Vi que a algunos de estos pobres tipos les daban electroshocks sin ningún doctor presente.  Yo fui víctima de eso un par de veces.  Apenas pasaba un día sin que fuera golpeado por un enfermero.  Ni eran enfermeros, más bien custodios.  Algunas cosas que sucedieron fueron verdaderamente increíbles.

Un día me llevaron a la oficina del médico superintendente principal, quien me dijo que mi condición estaba empeorando y que estaban considerando hacerme una pequeña operación que me aseguró me haría sentir mucho mejor.  De regreso al pabellón fui escoltado por dos enfermeros que se deleitaron en mostrarme el cuarto de las operaciones donde “compondrían” mi cerebro.

Creo sinceramente que la perrera municipal trata mejor a los perros callejeros que como fui tratado en el pabellón Hood.  Después de dos años me dieron de alta.  Me llevaría mucho decir cómo, pero puedo decir que fue casi un milagro.  No obstante, el hecho que me hayan etiquetado de esquizofrénico destruyó mi vida desde entonces.  Todo lo que he querido hacer ha sido estropeado por esa sola palabra y por el hecho que, de chico, estuve en un hospital mental.  Para conseguir empleo, por ejemplo, la gente es renuente a trabajar con uno cuando averigua que estuvo internado.  Se sienten amenazados.

Lo que me pasó hace años me hizo un gran daño, un daño que jamás podrá repararse o revertirse.  Me lo quitaron todo: mi juventud, mis derechos como ser humano, mi dignidad, mi respeto.  Pero logré asirme de mi mente, por lo que en los últimos dieciocho años he tratado de luchar para probar que fui agraviado.  Luché tan duro que al final no pude más y caí enfermo, tan enfermo que en junio de 1990 me admitieron una vez más al Hospital del Valle Tone: ¡el lugar del que había jurado jamás volver!  “Otra vez a la escena del crimen” dijo un enfermero.

Pero valió la pena regresar.  ¿Por qué?  Porque las respuestas que había estado buscando por tanto, tanto tiempo las obtuve en el lugar que menos me imaginaría: el lugar responsable de todo lo ocurrido.

Me asombró cuánto había cambiado en dieciocho años.  El edificio era el mismo, pero los métodos de enfermería habían cambiado y para bien me alegra decir.

El pabellón donde estuve hace años estaba cerrado y tapiado.  Lo que me sorprendió es que se tomaron la molestia de abrirlo por un breve tiempo para que pudiera dejar descansar algunos fantasmas de mi pasado.  El lugar llegó a mis emociones y me llenó de enojo pensar cuántas vidas fueron arruinadas en ese pabellón.

Mi otra gran sorpresa fue que durante una junta con mi siquiatra, el doctor Hunt, éste me dijo que no podía hallar evidencia que haya sido un esquizofrénico, que el diagnóstico de esquizofrenia fue erróneo y que me daría una carta para ese efecto.  Todos los empleados se asombraron y me dijeron que de ninguna manera el doctor Hunt lo haría.  Pero lo hizo.  Muchas personas me han dicho que en la profesión médica es la primera vez que esto sucede.  Significa mucho para mí porque ya no tengo que probar que jamás sufrí de esquizofrenia.  Pero no justifica lo que sucedió y cómo arruinó mi vida desde entonces.  Nadie puede regresarme lo que perdí.

Cuando estuve en el Hospital del Valle Tone el último año me sugirieron que escribiera un libro, y lo estoy haciendo.  Necesito escribirlo no sólo por mí, sino por todos los demás que no pueden contar su historia: cómo fueron destruidos y cómo jamás tuvieron la más leve oportunidad.  Lograr que se publique es mi único problema.  No sé cómo hacerlo.  También quiero luchar para mejorar las condiciones de aquellos diagnosticados de “enfermos mentales”.  Como me dijo el enfermero de llaves, Chris Parker, “La siquiatría ha cambiado mucho desde que dejaste el hospital en 1972, pero aún tiene un largo camino por recorrer”.[15]

Este caso es sólo uno entre miles de personas revictimadas por la siquiatría institucional.  Es obvio que si sus padres no hubieran muerto John Bell jamás habría sido diagnosticado ni internado.  El caso ilustra perfectamente que sus perturbaciones emocionales se debieron a la tragedia de la muerte de sus padres, no a una anormalidad biológica que requiriera de encarcelamiento médico.  Diagnosticar y encarcelar fue a todas luces revictimar a una víctima: algo que ni el doctor Hunt pudo indemnizar.

El caso Bell muestra una vez más que los siquiatras se alían incondicionalmente con los padres o tutores.  El hecho que un tío egoísta haya querido desembarazarse de la tutela de su sobrino de catorce años fue suficiente para que un siquiatra lo etiquetara como paso previo a internarlo a un lugar donde otras víctimas eran sistemáticamente retraumatizadas hasta ser enloquecidas.  Cierto que en algunos aspectos las condiciones siquiátricas han mejorado en Inglaterra, pero como se verá en las próximas páginas los siquiatras han cambiado la tradición de encarcelar a los huérfanos, maltratados y desposeídos por la moda actual de controlarlos con químicos.

Bell tuvo la increíble suerte de toparse con un médico compasivo que le dijo que nunca había sido un enfermo.  En realidad, nadie es un enfermo mental en sentido biológico, por lo que no puedo estar de acuerdo con Chris Parker en que la siquiatría “aún tiene un largo camino por recorrer”.  Szasz diría simplemente que hay abolir al tipo de institución que penitenció a un Bell.  Asimismo, la Inquisición no requería de reforma alguna: sólo de abolición.  Lo que los nuevos inquisidores le hicieron a Bell fue posible debido a los artículos 25 y 26 de la Ley de Salud Mental de 1959, la base del poder siquiátrico de Inglaterra en ese tiempo.  En la actualidad está en vigencia la equivalente ley de 1983. 

Quienes creemos en los derechos humanos debemos luchar para derogar la ley inglesa del 83 y las leyes equivalentes en las demás naciones.

 

 

 

 

 

 

Del Gran Encierro de Foucault a un Gulag químico

 

Aristóteles decía que para obtener un conocimiento verdaderamente profundo sobre algo es necesario conocer su historia.  Para entender lo que le sucedió al huérfano John Bell es necesario saber cómo fue que surgió la profesión que lo revictimó.  Las siguientes ideas sobre cómo surgió la profesión siquiátrica provienen de Historia de la locura de Michel Foucault, a quien seguiré de cerca en muchas de sus frases.

En Inglaterra, trescientos años antes de que naciera John Bell apareció el folleto Grievous groan of the poor (Atroces gemidos de los pobres), en el que se proponía que a los indigentes “se les destierre y traslade a las tierras recientemente descubiertas de las Indias orientales”.  Esto me recuerda que antes de idear la solución final del Holocausto Hitler lucubraba con desterrar a los judíos a la isla de Madagascar.  Desde el siglo XIII existía el famoso Bedlam para lunáticos en Londres, pero en el siglo XVI sólo albergaba a veinte recluidos.  En el siglo XVII, cuando apareció el folleto para desterrar a los pobres, ya había más de cien prisioneros en el Bedlam.  En 1630 el rey Charles I convocó a una comisión para enfrentar el problema de la pobreza y la comisión decretó la persecución policíaca de vagabundos, mendigos “y de todos aquellos que vivan en la ociosidad y que no deseen trabajar por salarios razonables”.[16]  En el siglo XVIII muchos pobres e indigentes fueron llevados a correccionales y a casas de confinamiento en las ciudades donde la industrialización había marginado a parte de la población.

También se fundaron cárceles para los pobres en la Europa continental.  El espíritu del siglo XVII era poner orden en el mundo y, al erradicarse la lepra, las leproserías medievales que habían quedado vacías fueron llenadas con los nuevos leprosos: los indigentes.  Foucault le llama a este período “El Gran Encierro” y hace hincapié en el hecho de que el concepto de enfermedad mental aún no existía. 

El aislar al leproso, un verdadero enfermo, había tenido un objetivo higiénico en el medievo.  Pero aislar a los indigentes no tenía tal objetivo: era un fenómeno nuevo.  1656 fue un año axial en esta política de limpieza de la basura humana en las calles.  El 27 de abril Luis XIV mandó a construir el Hospital General, un lugar que de hospital sólo tenía el nombre: ningún médico lo presidía.  El artículo 11 del edicto del rey especificaba a quiénes se encarcelaría: “De todos los sexos, lugares y edades, de cualquier ciudad y nacimiento y en cualquier estado en que se encuentren, válidos o inválidos, enfermos o convalecientes, curables o incurables”.[17]  Se nombraron a directores vitalicios para dirigir el Hospital General.  Su poder absolutista era una calca en miniatura del poder del rey sol, como se lee en los artículos 12 y 13 del edicto:

Tienen todo poder de autoridad, de dirección, de administración, de comercio, de policía, de jurisdicción, de corrección y de sanción sobre todos los pobres de París, tanto dentro como fuera del Hôpital Général.

Para ese efecto los directores tendrían estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y lugares que de él dependan, como ellos lo juzguen conveniente, sin que se puedan apelar las ordenanzas que serán redactadas por los directores para el interior de dicho hospital.[18]

El objetivo de estas medidas draconianas era suprimir a la mendicidad por decreto.  A pocos años de su fundación el Hospital General albergaba al uno por ciento de la población de París.  Había miles de mujeres y niños en la Salpêtrière, en la Bicêtre y en los demás edificios de un “Hospital” que no era hospital sino una entidad administrativa que, paralelamente a los poderes reales y de la policía, reprimía y custodiaba a los marginados.

El 16 de junio de 1676 otro edicto real establece la fundación de hospitales generales en cada ciudad del reino.  Por toda Francia se abren este tipo de prisiones y, cien años después, en las vísperas de la Revolución, existían en treinta y dos ciudades provincianas.  El archipiélago de cárceles para los pobres cubrió a Europa.  En los Hôpitaux Généraux de Francia, las Workhouses de Inglaterra y las Zuchthaüsern de Alemania se encarcelaba a muchachos jóvenes que tenían conflictos con sus padres; a vagabundos, borrachos, impúdicos y a los “insensatos”.  Estas cárceles no se distinguían de las cárceles comunes.  En el siglo XVIII un inglés se extrañaba de una de las prisiones comunes “en que se encierra a los idiotas y los insensatos porque no se sabe dónde confinarlos aparte”.[19]  Los llamados alienados se confundían con los indigentes y a veces era imposible distinguir uno del otro. 

En la Edad Media el pecado capital fue la soberbia.  Al florecer la banca durante el Renacimiento se decía que la avaricia era el mayor pecado.  Pero en el siglo XVII, cuando se impone la ética del trabajo no sólo en los países protestantes sino en los católicos, la pereza —en realidad: el desempleo— fue el más notorio de los pecados.  Una ciudad donde se proyectaba que cada individuo fuera un engranaje de la máquina social era el gran sueño burgués.  Dentro de este sueño los grupos que no se integraran a la maquinaria estaban destinados a cargar un estigma.