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Parte  III

 

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Hasta que tu nombre se te olvide

 

 

 

 

 

Cada cabeza es un mundo.  Cada persona es el centro del universo.  Un universo traicionado y revictimado sufre un pánico demoledor como la niña que presenció que su hermanita fuera martilleada de la manera más bestial por un matador como el de Kovno.  Luego vio al siquiatra tocar la armónica sobre el cadáver y el charco de sangre.  Sobre esta sobreviviente se ha dejado caer todo el manicomio de una sociedad disfuncional.

 

El autor  [1]

 

 

 

 

Un gentleman en los medios

 

Desde los años ochenta el doctor Giuseppe Amara aparece constantemente en televisión, además de tener varios libros publicados.  El domingo 6 de marzo de 2005 Amara habló de las bondades de la siquiatría en la llamada Hora Nacional del radio, y sus comentarios se escucharon en todos los canales mexicanos.  Uno de sus colegas me comentó que en un programa Amara se dedicaba a dar consejos por la radio.  Nunca lo había escuchado con atención, y si lo hice fue sólo para averiguar si lo que decía en la radio era relevante para este libro.

Lo es.  Y de qué forma.  En un programa escuché el caso de un sujeto en España que asesinó a su hijo con dos hachazos en la cabeza, y Amara se condolió no de la víctima, sino de los padres que no pueden soportar este tipo de hijos.  A diferencia de mis capítulos sobre el diagnóstico de Amara, que pueden despertar sospechas de si fui fiel a sus palabras, en este caso lo grabé.  Eso significa que ahora puedo citarlo verbatim.

Desde finales del siglo XX hasta principios del nuevo siglo la voz de Amara se escucha de lunes a viernes en el programa Parejas disparejas y la familia que dirige la doctora María Elena Micher.  Parejas disparejas sale al aire en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.  En el programa del 11 de octubre de 2000 Micher leyó un desplegado sobre el padre que mató: “de dos hachazos en la cabeza a su hijo, enfermo psíquico, mientas dormía. La víctima, J.C.D. de treinta y tres años frecuentemente maltrataba tanto verbal como físicamente a sus padres según el alcalde de la población”.  Micher no nos dice si los padres habían maltratado verbal y físicamente a su hijo cuando era un niño.  Pero añadió que el filicidio: “se produjo en el domicilio familiar y el agresor, J.C.N. de setenta y tres años, se entregó a la policía sin oponer resistencia. La familia había denunciado por malos tratos al enfermo que tras ser internado en un centro psiquiátrico volvió a la casa”.

Durante el comercial dejé de grabar.  Cuando accioné la grabadora de nuevo perdí el inicio de la siguiente frase de la conductora.  Pero registré la parte crucial de su charla con Amara:

Micher:  [...] después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?, o de ser víctimas de este enfermo [énfasis en la voz de Micher].  Pero obviamente este enfermo psíquico —y lo hemos hablado en muchas ocasiones aquí Giuseppe: ¿qué hacer [pausa retórica en la frase de Micher]—

Amara:  Así es.

Micher:  —con estos familiares que tenemos enfermos que no controlan sus impulsos, que ya ni las medicinas los controlan y que los regresan y les dan de alta? [entonación de súplica y casi de angustia en la voz de Micher].

Amara:  Por eso—

Micher:  Tú has hecho mucha insistencia en eso—

Amara:  Por eso sigo haciendo insistencia porque no es un caso aislado. 

Micher:  ¡Ay!

Amara:  Por eso leemos notas tan tristes, tan desagradables, de ataques de los propios padres a los pacientes psiquiátricos.  O al revés: muchas veces son los pacientes quienes atacan a los padres, o los mantienen en un nivel de vida casi intolerable, insoportable.

¿Cuántas madres, cuántos padres no tienen algún hijo con un problema psiquiátrico grave [pausa y énfasis en la voz de Amara] que no pueden atenderlo, no pueden desde luego ayudarlo?  Sabemos que se resisten a tomar medicamentos.  Sabemos...

Micher (interrumpiendo):  Aquí tuvimos un caso.  ¿Recuerdas que vino la hija y la mamá estaba en la cárcel precisamente porque había matado a su hijo esquizofrénico?

Amara:  Sí.  En fin.  Hay un sin fin de casos así donde, eh, los recursos que tienen los padres son por ejemplo emplear enfermeros para que con la fuerza [énfasis en la voz de Amara] lo lleven a algún hospital, o incluso a veces a la policía.  Y esto implica golpes, maltratos, faltas de comprensión.  Tienen que darles medicinas en forma encubierta, cuando pueden.  No siempre se puede hacer. 

Más de dos decenios después de lo que le aconsejó a mi madre, Amara continúa creyendo que drogar a los hijos “en forma encubierta” es algo bueno y necesario según sus propias palabras.  Prosigamos con su discurso:

Son peligrosos para sí mismos y para los otros.  Causan disturbios sociales.  Y esta es la crisis de la psiquiatría llamada institucionalizada.  En los años sesenta, hasta los años sesenta había sistemas de hospitales psiquiátricos, había la idea de tener hospitales psiquiátricos, había la idea de tener recintos, casas de medio camino, en fin.  Con las reformas de la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos y enviar a los pacientes psiquiátricos a las calles por decirlo así; a las familias.  Esto no se ha resuelto completamente y sigue siendo un drama, un dilema tanto en Europa como aquí.  No podemos, no podemos responsabilizar a los padres de mantener a raya, de contener y de medicar a los hijos que sean trastornados psiquiátricos, porque los trastornos son tan severos que es casi imposible: la familia se desquicia y además no hay, no hay capacidad alguna de contención.  De manera que sigue siendo un dilema.

Lo hemos planteado muchas veces.  Hemos pedido ayuda a algunos asesores de la Cámara de Diputados que ayuden a ver qué hacer en el futuro con estos numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos graves [énfasis en la voz de Amara] que los familiares no pueden atender.

Esto me recuerda la iniciativa de NAMI de acudir al Congreso de Estados Unidos para que el siquiatra tenga aún más poder sobre los niños y adolescentes.

Lo que llama la atención de esta conversación grabada es que, como lo hizo Freud con los inquisidores que martillaban a mujeres indefensas, Amara y Micher dialogaron implicando que el enfermo no fue el padre que le abrió la cabeza a su hijo, sino el joven asesinado.  El indefenso que dormía resultó ser el culpable.

¿Se ve por qué no exagero al decir que después de que un padre martillea a su hijo hasta la muerte —literalmente— el siquiatra toca la armónica sobre el cadáver y charco de sangre?  Para siquiatras como Amara los padres son siempre las víctimas aun si cometen filicidio; los hijos, los trastornados.  La etiqueta se la lleva el hijo independientemente del nivel del crimen del padre, quien libra la etiqueta.  Para Amara, una vez estampada la etiqueta a un chico es imposible pensar que la falta pudo provenir del padre.  En lugar de aprovechar la ocasión para abordar el tema de los padres asesinos, Amara prefirió tocar su armónica.  Pero lo más wonderlandesco que se desprende de las palabras de Micher es que el crimen no se le imputó al padre, sino al hijo (“después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?”  “Así es” —Amara).  Y en esta Lógica Wonderland donde todo está invertido Amara habló de las verdaderas víctimas, como el que inocentemente dormía durante el atentado, como “peligrosos para sí mismos y para los otros”.

Debo decir que este “peligrosos para sí mismos y para los otros” es la fórmula siquiátrica estándar que los siquiatras usan para encarcelar a un civil que no ha roto la ley.  La trampa de la fórmula estriba en que es imposible predecir la conducta futura de un individuo, y por esa razón las sociedades libres prohíben el llamado arresto preventivo.  Pero es un hecho indiscutible que este tipo de arrestos continúan, y de manera masiva en nuestras sociedades, aunque disfrazados de ejercicio médico.  De hecho, con la fórmula “peligrosos para sí mismos y para los otros” en alguna parte del mundo los siquiatras están arrestando ahora mismo a algún ciudadano que ni siquiera tiene antecedentes penales.  Se podría decir que la sociedad le ha concedido a los siquiatras el derecho de jugar el rol de precogs o individuos dotados con cognición previa de los crímenes, como en la película de Spielberg Minority report: sentencia previa.  Pero en el mundo real los siquiatras no son dotados de película de ciencia-ficción.  El diagnóstico de “esquizofrenia” no tiene validez predictiva, y si nadie puede adivinar el futuro el arresto preventivo debiera ser abolido en nuestras sociedades.  No obstante, como indicó Amara, el siquiatra que se cree precog no duda en arrestar “a la fuerza” al joven a pesar que eso implique “golpes y maltratos” según sus palabras.

Para quienes jamás han escuchado a Amara es importante notar que en los medios habla con tal serenidad, elegancia y dominio del idioma que despoja a su discurso de toda sospecha inquisitorial.  Confieso que fue sólo al capturar sus palabras exactas de mi grabadora al papel que, al leerlo ya en frío y sin su cautivante voz, me horroricé al descubrir que, como en los años setenta, Amara continúa siendo un inquisidor en el nuevo siglo.  Pero Amara encubre su rol detrás de su aparentemente inofensiva profesión de sicoanalista con la que se presenta en los medios.  Su cautivante voz y la manera de presentarse al público me recuerda el llamado teflón de los evangelistas de televisión.  Desde la pantalla éstos ya no amenazan con el infierno a los fieles, pero algunos no han abandonado la doctrina medieval del fuego eterno.  La modernidad se les resbala a los televangelistas a lo largo del teflón fundamentalista.  Análogamente, Amara no amenaza con la lobotomía o el electroshock a sus radioescuchas, pero no ha abandonado “la idea [su énfasis] de tener hospitales psiquiátricos” como aquél donde John Bell fue encarcelado por años. 

La retórica del teflón explica que casi nadie se haya percatado de las barbaridades que dice en su programa.  Con Amara como estrella principal, Parejas disparejas y la familia ha salido al aire en la Ciudad de México por años, y hasta la fecha nadie lo ha denunciado.  Este dato me lo reveló el productor del programa el mismo día en que se transmitió el caso del asesinato del joven y le hablé por teléfono.

 

 

“La adolescencia es la edad de las enfermedades mentales”

Amara pronunció estas palabras en el programa del día anterior del caso de los hachazos.  Thomas Szasz ha dicho que cada vez que un siquiatra dice: “Fulano de tal es un enfermo mental” hay que interpretarlo como: “Este médico quiere internar a Fulano de tal”.  Así que yo interpreto las palabras de Amara de la siguiente manera.  La adolescencia es la edad de internar a los adolescentes si surgen conflictos con sus padres —la misma consigna de hace ya trescientos años con que se encarcelaba a los adolescentes en las horrorosas Bicêtre, Salpêtrière y más tarde en la Bastilla de París: lugar tan odiado que fue lo primero que tomaron en la Revolución.  Si se descifra lo que significan los eslóganes del siquiatra se verá que la siquiatría no ha cambiado desde sus orígenes.

Como vimos al hablar de las convenciones internacionales de derechos humanos, declarar que alguien es un enfermo equivale a desnudarlo de sus derechos civiles.  Así que cuando en base a que “la adolescencia es la edad de las enfermedades mentales” el siquiatra identifica a un adolescente específico, como aquél que identificó a John Bell cuando murieron sus padres, significa que su confinamiento “a la fuerza y por medio de golpes y maltratos” ya no está lejos del horizonte.  Esto es lo que hace Amara en el programa de conflictos familiares que sale al aire en las ciudades más grandes de México.  Cada vez que sugiere internar a un adolescente primero lo diagnostica como trastornado desde el punto de vista siquiátrico, o bien, usa tal diagnóstico para desviar la atención del padre abusivo y enfocarlo en el “enfermo”. 

Como buen siquiatra, Amara no puede concebir que la adolescencia de los hijos sea la edad cuando algunos padres no toleran independencia en su progenie; que estos padres caen en actitudes devoradoras y que estas actitudes ocasionan reacciones.  Amara no tiene excusa de ignorar los estudios que se han hecho sobre este tipo de padres enloquecedores.  Además de haber leído mi larga epístola a la madre, los libros donde se habla de estos padres han sido traducidos al español y se han encontrado disponibles en México desde hace muchos años.  (Ernesto Lammoglia, su colega que habla en otra estación mexicana sobre problemas familiares, sí menciona a estos padres tóxicos.)

Nostálgico de las instituciones de antaño, Amara dijo que debido a las reformas de “la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos”, y que “numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos” son tan intolerables que los familiares no los pueden atender.  Aquí Amara representa los intereses de tutores como el tío de John Bell que, horrorizado cuando regresaron al huérfano del hospital, lo calumnió diciendo que no podía tener a un esquizofrénico en casa.  En realidad, la llamada desinstitucionalización no fue un movimiento altruista o antisiquiátrico como dijo Amara.  Antisiquiatras auténticos como Ronald Laing o David Cooper jamás tuvieron el más mínimo poder en la sociedad; y Szasz, reprimido en su universidad, no tuvo la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de jóvenes siquiatras.  En Estados Unidos el haber vaciado algunos de los enormes edificios siquiátricos en los años cincuenta y sesenta no tuvo que ver con “las reformas de la llamada antipsiquiatría”.  Fue el resultado de unas reformas fiscales que les permitieron a los estados transferir la carga económica de los asilos estatales a la comunidad.  Los pagadores de impuestos solían pagar enormes sumas para tener encerrados a algunos de sus conciudadanos en los asilos tradicionales (en los años cuarenta el estado de Nueva York tenía que pagar un tercio de su presupuesto para mantener a estas instituciones).[2]  Pero eso no significa que en la actualidad los hospitales siquiátricos se hayan extinguido.  En los ochenta se construyeron varias clínicas en Norteamérica, particularmente para encerrar temporalmente a niños y adolescentes, como el hospital donde estuvo la citada niña Rachel.  De hecho, en 1984 había 220 siquiátricos privados en Estados Unidos pero cuatro años después ya había 466.[3]

A grandes rasgos, la agenda política de Amara en el programa de radio es la siguiente.  Ante problemas familiares como los que mencionaba Rachel —abandono de hogar, violencia física o verbal, relaciones sexuales de menores que escandalizan a los padres— el siquiatra ofrece soluciones médicas.  Esto es lo que caracteriza al agente de un Estado Terapéutico.  Algunas de las declaraciones de Amara que escuché en la radio fueron increíbles.  En uno de los programas afirmó: “Esa fobia hay que tratarla medicamentosamente”.  En un caso de celos amorosos Amara sugirió que había que tratarlo con “medicación antidelirante” (¿neurolépticos?).  Un solo sueño bastó para que Amara le diagnosticara “depresión” a una señora y aconsejara terapia, todo en menos de un minuto.  (Mucha gente habla por teléfono al programa pidiendo ayuda y a veces lo único que relatan es un sueño para que el afamado sicoanalista lo analice.)  Otra mujer que no quería tener relaciones sexuales con su esposo resultó tener un “trastorno de personalidad”.  El aguerrido general Patton resultó un “psicópata” y no podía faltar la palabra “esquizoide” en otro caso y el mantra siquiátrico que “la dopamina interviene en la esquizofrenia”.

El sesgo biologicista en estos programas para medicalizar los problemas familiares es tal que Amara ha llegado a enfrentarse a sus colegas no médicos.  Me refiero a los sicoterapeutas que jamás recetan drogas siquiátricas.  A diferencia de muchos analistas, los sicólogos no son siquiatras; y algunas de las críticas que hago en este libro no están dirigidas a esos profesionales.

Loana Téllez, una sicóloga graduada en la Universidad Autónoma Metropolitana que tiene su consulta en Médica Sur, me confesó a principios de 2003 que trataba a una niña cuando la madre escuchó el programa de Micher y Amara.  La madre de su pacientita fue a visitar a Amara a su consultorio, y éste le dijo que quería ver un reporte clínico del trabajo de la terapeuta sobre la niña.  Naturalmente, Loana resintió la intrusión en su consulta privada.  Pero la madre, cautivada por el elocuente profesional —como muchas señoras en México que escuchan su programa— retiró a la niña del tratamiento con Loana para mandársela a Amara.  Loana me comentó que Amara, según las palabras que inmediatamente anoté: “¡Me cuestionó mi trabajo! ¡Me voló el paciente!”

Sin pruebas físicas de laboratorio, y al igual que hiciera conmigo un cuarto de siglo antes, Amara diagnosticó un problema biológico y terminó drogando a la niña.

 

 

 

 

 

La “hiperactividad” infantil

 

La manera de vender drogas es vender la enfermedad psiquiátrica.

Carl Elliot  [4]

 

En septiembre de 1970 en una audiencia denominada Federal Involvement in the Use of Behavior Modification Drugs on Grammar School Children el doctor Ronald Lipman de la agencia gubernamental Administración de Alimentos y Medicinas estadounidense (FDA por sus siglas en inglés) testificó: “La hiperquinesia es algo que hace que el niño entre en conflicto con sus padres, compañeros y profesores [...].”  Aunque en teoría la FDA debiera regular los intereses de la Big Pharma, en la práctica no cumple su papel.  La audiencia de 1970 fue el primer paso en lo que podría llamarse el diseño empresarial de enfermedades.  Diecisiete años después, en 1987, los siquiatras votaron para que el “Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad” (TDAH), el nuevo nombre para la hiperquinesia y literalmente una lista de conductas, fuera considerado existente y lo incluyeron en el DSM -IV.  Como resultado, al año siguiente medio millón de niños alrededor del mundo ya habían sido diagnosticados con el “trastorno”.

Una de las mayores inmoralidades de Amara me pareció su frecuente diagnóstico del “déficit de atención” a los niños que no pueden concentrarse en el sistema pedagógico medieval que subsiste en México.  En los programas Amara diagnosticó a varios niños y expresó que algunos iban “a necesitar medicación”.  Es muy sospechoso que, a lo largo de una de las semanas que grabé el programa, María Elena Micher, la interlocutora, anunciara una conferencia de Amara en la sala de conferencias de Laboratorios Novartis.[5]  Novartis es la firma que manufactura Ritalín, llamado Rubifen en España y manufacturado por Laboratorios Rubió en ese país.  Ritalín/Rubifen es la droga que se les da a los niños “hiperactivos”.  Ahora bien, Amara es uno entre varios siquiatras que hace la propaganda al “trastorno”.  Por lo mismo, la conexión con Novartis no puede pasarse por alto: ese “trastorno” generalmente va acompañado de medicar al niño con Ritalín.  Irónicamente, en los años ochenta Amara inscribió a su hijo no a una aburrida escuela pública como las de sus radioescuchas, sino al Instituto Freire, una de las menos represivas en México.  Ahí su hijo logró poner atención.  Por eso dije que es inmoral el hecho que Amara diagnostique de atención deficiente a los niños de las madres de bajo estrato sociocultural que hablan al programa.  Estas señoras jamás tuvieron los recursos para que sus hijos se educaran en escuelas progresistas.

En octubre de 2005 escuché a un alto funcionario mexicano de salud mental, el doctor Enrique Camarena Robles, decir que en el país “están afectados seis millones de niños” con problemas de salud mental.  En la ponencia el funcionario dejó claro su deseo de “diagnósticos tempranos” y reiteradamente habló de “detección temprana de trastornos” siquiátricos en los chicos.  A Camarena Robles le molesta que en Quintana Roo sólo haya siete siquiatras familiares (en la capital hay 600 siquiatras familiares y en Guadalajara 400).

La campaña para convencer a la sociedad civil de la realidad de la epidemia no sólo la hacen los funcionarios públicos.  También la hacen las ONGs que tienen nexos con la industria farmacéutica.  Por ejemplo, en noviembre de 2004 la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, conjuntamente con la Fundación Federico Hoth, presentó un simposio sobre la llamada hiperactividad.  Las declaraciones que escuché de estos profesionales y siquiatras fueron increíbles.  Todos los ponentes estuvieron de acuerdo en administrarle anfetaminas y estimulantes al niño para controlarlo.

El primer ponente, el doctor Alfredo Suárez Reynaga, declaró que en México hay 1, 600,000 niños que padecen TDAH y se quejó de que muy pocos de éstos estén medicados; y la última ponente se quejó de que en México sólo exista un hospital siquiátrico para niños.  La maestra María Elena Frade Rubio, la segunda ponente, invirtió causa-efecto al declarar que el niño que no pone atención “produce violencia intrafamiliar”.  La declaración de Frade Rubio fue un pronunciamiento psicótico.  Lo más natural es pensar que son los padres que violentan al niño quienes ocasionan las conductas desagradables del niño en casa.  ¡No viceversa!  Exactamente la misma psicosis padeció la doctora Carmen Armengol al decir: “los padres son más punitivos” con los niños.  En la Lógica Wonderland de estas doctoras quienes tienen el poder en una familia —los padres— son las víctimas desamparadas del niño, y estos grandullones no tienen más remedio que recurrir a “acciones punitivas” con el pequeño que se distrae en la escuela.  Armengol añadió que “el diagnóstico no estigmatiza” omitiendo decir que incontables niños se han quejado de que lesionó su autoestima.  Tanto esta doctora como el doctor Luis Barragán Díaz presentaron el rosario de hipótesis biologicistas sobre la hiperactividad —sobrecargo de dopamina, defectos en el patrón migrante de neuronas, metabolismo ineficaz, estudios genéticos— no como meras hipótesis.  Las presentaron a los diputados y al resto del público como hechos comprobados.  El doctor Barragán Díaz incluso comparó a la hiperactividad con la diabetes.  A mí se me revolvían los hígados a lo largo de las varias horas que duró el simposio en la Cámara de Diputados.  Al final el diputado José Ángel Córdoba Villalobos, quien presidió el simposio, declaró que la evidencia científica que presentaron los médicos era contundente.  Solicité el micrófono y con suma indignación rebatí, desde el público, los alegatos biologicistas.  Armengol también había dicho que lo biológico del trastorno era evidente al notar que la población con hiperactividad tenía “menos materia cerebral”.  Una vez más: la siquiatra invirtió causa-efecto.  No es la llamada “hiperactividad” lo que encoge los cerebros, sino la administración a largo plazo de anfetaminas al niño.  ¡No por nada se les llaman shrinks —encogedores— a los siquiatras!

 

 

Quisiera llamar la atención sobre un truco particularmente efectivo con el que los siquiatras nos han estado engañando por mucho tiempo.

En el programa del 10 de julio de 2001 Amara dijo que después de una larga búsqueda ¡por fin se había encontrado la causa biológica del TDAH en los niños!  Que hasta muy recientemente se desconocía la causa, pero que se acababa de detectar algo relacionado con la carencia de cierta proteína.  La carencia se debía presumiblemente a un mal genético: la etiología de ese trastorno infantil.

Imaginémonos que vamos manejando en el coche una mañana y que escuchamos el programa de radio.  ¿Qué efecto tendrían las palabras del médico en nuestros oídos, especialmente si van acompañadas de términos técnicos sobre la fisiología cerebral de los niños, referencias médicas e instituciones respetadas?  Hace años, cuando oía a un profesional hablar así en la televisión, me tragaba lo que decía el profesional.  ¿Cómo podía imaginar que muchos médicos y profesores son gente autoengañada?  ¿Qué individuo común puede sospechar que en las universidades del mundo se enseña una ciencia charlatana?  Sólo para mostrar dónde radica la falacia de Amara sobre la carencia de la proteína x que causa el TDAH mencionaré cómo, con esa misma retórica, los siquiatras nos han engañado con otra de sus putativas enfermedades: la esquizofrenia.

Desde sus orígenes la empresa siquiátrica inició de manera poco creíble.  En la ciencia médica real y en las ciencias exactas en general, el trabajo de aquellos científicos a quienes no les concierne el proceso causativo se considera de escasa importancia.  Ya desde tiempos de Demócrito se decía “Preferiría descubrir una causa antes de poseer el reino de los persas”.  En medicina, los diagnósticos científicos son etiológicos.  Los diagnósticos sindromáticos no son tan relevantes.  Por eso es notable que en un libro publicado en 1985 Jerrold Maxmen, profesor de siquiatría en la Universidad de Columbia, escribiera: “Generalmente no es reconocido el hecho que los psiquiatras son los únicos especialistas médicos que tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curas conocidas” (cursivas de Maxmen).[6]  Por lo mismo desde el siglo XIX los siquiatras han estado diciendo que estaban a un tris de encontrar la causa biológica de la locura.

En 1884 Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica moderna, creía que la causa de la locura eran “unos venenos que se fermentaban en el cuerpo”.  Algún tiempo después el alegato de Thudichum fue descartado por sus colegas.  Posteriormente, a lo largo del siglo XX las más diversas y mutuamente exclusivas aseveraciones fueron propuestas como el supuesto descubrimiento que causaba la esquizofrenia: desde toda vitamina, hormona y enzima imaginable en las décadas anteriores a los 1950, hasta sustancias exóticas y neurotrasmisores como serotonina, taraxeina, ceruloplasmina, adrenalina-adrenocroma y endorfina posteriormente.  El neurotrasmisor que actualmente se encuentra de moda como “el descubrimiento científico” que causa la esquizofrenia es la dopamina.[7]

La verdad es que cada nueva generación de médicos y siquiatras se ha desilusionado con los “descubrimientos” de sus predecesores porque el paso del tiempo mostró que las sustancias y neurotrasmisores arriba mencionados no causaban la locura.  Esto es algo sobre lo que muchos siquiatras se encuentran perfectamente conscientes.  No obstante, jamás se les ocurre pensar que toda esa búsqueda médica que tiene más de cien años sea una vana búsqueda porque los sacaría del mercado.  No olvidemos lo dicho por Mosher y Breggin: la Asociación Psiquiátrica Americana no podría subsistir sin el apoyo de las multinacionales farmacéuticas.  Lo que es más, la siquiatría es la única profesión que utiliza sus fracasos para justificar más subsidios millonarios, y hasta la fecha se ha salido con la suya.  A menos que los científicos despierten y expulsen a los seudos de las universidades la investigación siquiátrica continuará indefinidamente.  Pero como en los últimos decenios los siquiatras anunciaron cada “descubrimiento” con gran fanfarria en los medios de comunicación, la gente ha sido implantada con la idea que se está descubriendo que las perturbaciones mentales son de naturaleza biológica.  No importa que cada una de las teorías biológicas de la esquizofrenia citadas arriba haya sido abandonada: el daño en la mentalidad pública está hecho.  ¿Quién recuerda haber escuchado en los medios que, después de largas investigaciones sobre el ceruloplasmina, “resultó que no es la sustancia que causa la esquizofrenia, como se creía”?  Lo que la Big Pharma airea a los cuatro vientos es únicamente lo que promueve la fe biologicista.

Mi diagnóstico es que los siquiatras, neurólogos, pediatras y médicos generales que hacen su modus vivendi recetando psicofármacos son gente que se ha autoengañado para lucrar.  Sólo en Estados Unidos la industria farmacéutica invierte más de 12 mil millones de dólares al año en publicidad (más del veinte por ciento de los 55 mil millones de ventas totales de fármacos).  ¿Cómo estos profesionales pueden estar libres de engaño si esta industria invierte en ese país cinco mil dólares de propaganda por año por cada médico a fin de influir en los medicamentos que receta?  El engaño es patente al señalar que ni siquiera la experiencia de fracasos a lo largo de todo un siglo, el siglo XX, en una quijotesca búsqueda de la locura en el reino de lo biológico, ha desengañado a estos profesionales.

Si los siquiatras fueran científicos el rosario de fracasos los habría hecho descartar toda hipótesis biológica de la llamada esquizofrenia.  Como dijo el filósofo Jerry Fodor: “Cuando le sigues haciendo preguntas a la Naturaleza y la Naturaleza te responde ‘no’, es razonable suponer que en algún lugar de las cosas que crees hay algo que no es verdad”.  Pero los siquiatras han hecho lo opuesto: idearon otra hipótesis que está hoy día en boga: que los sistemas dopaminérgicos cerebrales del esquizofrénico están sobreactivados.  No hay evidencia científica que respalde esta hipótesis.[8]  Tampoco hay evidencia que los niños que se distraen en las escuelas tradicionales estén, biológicamente hablando, enfermos de hiperactividad.  Al igual que en la “esquizofrenia” los niños así diagnosticados no presentan anormalidades en sus cuerpos y su “enfermedad” no puede detectarse con análisis de sangre, rayos X, tomografía cerebral o biopsia.  Asimismo, al igual que en la “esquizofrenia” la ausencia de una causa orgánica identificable es la mejor prueba contra la hipótesis biológica de los niños hiperactivos.  Esto lo reconoce la misma compañía Novartis.  En el Diccionario de especialidades farmacéuticas puede leerse: “Se desconoce la etiología de este síndrome y no existe un examen único para diagnosticarlo. El diagnóstico adecuado requiere el uso de procedimientos médicos, psicológicos, educativos y sociales”.[9]

Los autores del artículo de Novartis ni siquiera se atreven llamarle enfermedad al hecho que los niños no quieran poner atención en la escuela tradicional.  Lo llaman “síndrome”, y su misteriosa etiología sugiere más un problema educativo y social que uno médico.  En medicina, síndrome designa un conglomerado de síntomas que, al no haber marcador biológico, no pueden considerarse aún una enfermedad.  Todas las categorías del DSM, por ejemplo, son clasificadas a través de sus síntomas en lugar de a través de sus causas como en el resto de las especialidades médicas.  La misma Asociación Psiquiátrica Americana ha admitido que “no se han establecido pruebas de laboratorio” que identifiquen el TDAH.  Por eso de cuando en cuando siquiatras como Amara lanzan al público el formidable dato desinformativo que el misterio acaba de resolverse con un gran descubrimiento —mismo que después de algún tiempo se ve que era un espejismo más de aquellos con los que los siquiatras del siglo XX se engañaron: la taraxeina, el ceruloplasmina, la adrenalina-adrenocroma, la serotonina, la endorfina...

Como he dicho, los alegatos de reduccionismo biológico como la proteína de la que hablaba Amara no aparecen en revistas financiadas por científicos independientes, sino en revistas financiadas por las mismas compañías de drogas.  Esto lo ha señalado mucho Fred Baughman, un neurólogo veterano con más treinta y cinco años de experiencia clínica que ha investigado qué hay detrás de la propaganda que se nos vende como el “TDAH” del niño.  Baughman es uno de los pocos neurólogos que se ha atrevido a decir públicamente que la única epidemia que existe no se encuentra en la cabeza de los niños, sino en la del adulto: cómo a través de la publicidad las compañías nos han infectado para hacernos creer en una enfermedad espuria.

El químico comercialmente conocido como Ritalín fue sintetizado desde los años cincuenta.  Pero la epidemia de la hiperactividad ha crecido de 150,000 niños en 1970 a cinco millones en 1997, y en Estados Unidos la producción de Ritalín subió el setecientos por ciento entre 1990 y 1997.  Se estima que a principios del siglo siete millones de niños toman Ritalín y otros estimulantes en Norteamérica.[10]  Un estudio reveló que en diez países el consumo de psicoestimulantes incrementó 12 por ciento al año de 1994 a 2000.  Australia y Nueva Zelanda fueron ranqueados en tercer lugar en el uso de estas drogas para niños después de Estados Unidos y Canadá.  Una comparación internacional de 2002 mostró que el consumo en Europa es relativamente bajo, aunque ese año se encontraba subiendo.[11]  De quince a veinte millones niños se les prescribe algún psicotrópico en todo el mundo (además de los estimulantes están los antidepresivos, los estabilizadores de ánimo, los ansiolíticos e incluso los neurolépticos).  El mercado global de psicofármacos para niños es de aproximadamente 1.7 mil millones según Gloria Tsuen, analista de First Investors Corp. en Nueva York.  Los escrúpulos de los médicos que le hacen publicidad a la epidemia pueden evaluarse con el dato que los padres de doscientos mil infantes de dos a cuatro años de edad están drogando a estos infantes con Ritalín.[12]  Desde 2005 otro laboratorio comenzó a vender la misma droga con otro nombre: Tradea.

En México, el consumo de estimulantes y psicotrópicos a niños ha aumentado dramáticamente.  En 1993 las ventas anuales del país fueron de $1,300,000 y para 1996 $5,000,000 según datos del doctor Roberto Kreshmer de Epidemiología IMSS Centro Médico Nacional.  Para 2001 las ventas escalaron dramáticamente a $21, 000,000 según el doctor Alfonso Moguel de la misma empresa Novartis.

La sustancia activa del Ritalín/Tradea/Rubifen es la metanfetamina llamada metilfenidato.  El resto del capítulo usaré el nombre genérico, metilfenidato, en vez de los nombres comerciales.  Es sabido que el metilfenidato afecta a la glándula pituitaria que controla el crecimiento.  La misma Drug Enforcement Administration (DEA) ha informado que el efecto entre la cocaína, las anfetaminas y el metilfenidato es indistinguible en los animales y humanos a quienes se les administra.  “En suma, producen efectos que son casi idénticos”.[13]  La Ley General de Salud mexicana concuerda con la DEA.  El artículo 234 clasifica al metilfenidato como “estupefaciente” en la misma categoría que la morfina, cocaína, mariguana, heroína y opio.  Pero en el programa del 13 de octubre de 2000 Amara le mintió al pueblo de México declarando que el metilfenidato y estimulantes afines “son inocuos, son benignos”.  La realidad es que hay peligros en darle metilfenidato al niño.  La DEA ha reportado que en ocasiones el fármaco conlleva “consecuencias médicas severas, incluyendo la muerte”.[14]  Mencionaré sólo cuatro casos de muertes infantiles en Estados Unidos: Shaina Dunkle (1991-2001), Samuel Grossman (1973-1986), Matthew Smith (1986-2000) y Stephanie Hall (1984-1996).[15]

La gallina de los huevos de oro que ha resultado el TDAH es explotada por Novartis y otras multinacionales farmacéuticas.  Por años Baughman se ha comunicado con diversos médicos para preguntarles en qué revista se encuentran publicados los artículos que contienen evidencia de que la hiperactividad es una enfermedad que cumple el criterio de una enfermedad auténtica.  Hasta la fecha nadie le ha respondido, y la razón es simple.  Como vimos, los mismos médicos reconocen que la causa biológica de que los niños no presten atención en las escuelas tradicionales es un misterio (el sólo hecho de parafrasear así lo que dice el DSM  sugiere que la siquiatría es una ideología psicótica).  El móvil de la búsqueda de Baughman ha sido comprobar si sus colegas estaban drogando a millones de niños e infantes sanos con metilfenidato u otro psicofármaco.  A principios del nuevo siglo la compañía Janssen comenzó a distribuir Concerta.  Concerta es el nombre comercial de un tipo de metilfenidato de acción retardada: una pastilla basta para tener dopado al niño por 24 horas.  En la propaganda sobre Concerta he visto fotografías de niños aplicados haciendo sus tareas con el beneplácito de sus padres.  Y en 2004 Eli Lilly sacó al mercado Strattera: una nueva droga para los niños cuya publicidad ya he visto en los periódicos.

La conclusión de Baughman sobre este escándalo es que los padres, los maestros de escuela y los médicos deben—:

detener toda mención de los niños como “enfermos”, “anormales” o como “pacientes”.  Esto no es otra cosa que una industria multimillonaria y fraudulenta [...].

Por más increíble que pueda parecer, lo que tenemos es ni más ni menos una enfermedad y una epidemia inventadas para hacer dinero, quizá la más exitosa de todos los tiempos en términos monetarios.

El Código de Nuremberg no permite el “tratamiento” de niños normales sin enfermedades con drogas adictivas del Tipo II con el fin de lucrar [...].  Esto es criminal.  Esto es abusar del niño.  Nada de esto es una práctica legítima de la medicina y debe denunciarse.  Aquellos responsables de este timo deben ser identificados públicamente, acusados legalmente y enjuiciados.[16]

El motor que mueve el megafraude es la codicia.  La industria siquiátrica es movida por las necesidades del mercado; no por necesidades médicas.  La pura economía explica el interés que en las últimas décadas la profesión ha cobrado por los niños.  No sólo la DEA ha reconocido la similitud entre anfetaminas y la cocaína, o que el metilfenidato pertenece a las drogas del tipo II.  El mismo DSM -IIIR reconoció en 1983 que “estudios controlados han mostrado que los usuarios experimentados son incapaces de distinguir entre la anfetamina y la cocaína. Una de las pocas diferencias entre las dos clases de sustancias es que los efectos psicoactivos de la anfetamina duran más, y sus [...] efectos pueden ser más potentes”.  La edición en boga del DSM  censuró este pasaje.

Algunas organizaciones internacionales han tomado cartas en el asunto.  Por ejemplo, según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE): “La Junta reitera su petición a todos los Gobiernos de que hagan todo lo posible para evitar el diagnóstico excesivo del ADD [Attention-deficit disorder] entre los niños y el tratamiento a base de metilfenidato que no esté justificado por razones médicas válidas”.[17]  Aunque en años posteriores la JIFE ha continuado expresando serias dudas sobre el uso de estimulantes para los niños, su frase es equívoca.  Los médicos no están diagnosticando en exceso, ni siquiera diagnosticando erróneamente.  El llamado Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, en palabras de Baughman, “es un fraude total, al cien por ciento”.

A Baughman le alarma que, en colusión con los padres, en las escuelas norteamericanas millones de niños estén siendo legalmente drogados.  Lo que más le ha llamado la atención a Baughman es que los siquiatras eluden hábilmente la pregunta central: ¿Es el TDAH una enfermedad, o no lo es?  Como vimos, la retórica de los médicos consiste en que se limitan a declarar al público que la causa biológica es desconocida, exactamente el mismo ardid en el caso de la esquizofrenia, “una enfermedad de etiología desconocida”.  Capítulos atrás vimos que, al razonar así, los siquiatras suponen que los diagnosticados son culpables (“enfermos”) hasta que su salud quede demostrada.  Pero una enfermedad así entendida —misteriosas etiologías que por misteriosas razones han eludido ser detectadas en laboratorio— no puede refutarse científicamente.  La característica principal de una seudociencia es que presenta su hipótesis central de forma tal que no pueda ser refutada.  La hipótesis en siquiatría es que la causa de las enfermedades mentales es biológica, no psicológica.  Pero el hablar de misteriosas etiologías es un perfecto ejemplo de los que los popperianos llamamos una hipótesis no refutable.  Al insistir en un misterio biológico los siquiatras no presentan su hipótesis central de forma que, de estar errada, pueda ser evidenciada como tal.  Si la biosiquiatría no logra pasar la prueba de tornasol que distingue entre ciencia verdadera y falsa es que estamos ante una seudociencia.  Reitero: es precisamente debido a esto por lo que algunos siquiatras taimados lanzan a los medios el formidable dato desinformativo de que ¡por fin se descubrió la proteína x, la etiología de tal trastorno mental!, que sólo tiempo después se descubre como un espejismo más.

 

 

 

 

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