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Hasta que tu nombre se te olvide
Cada
cabeza es un mundo. Cada persona es el
centro del universo. Un universo
traicionado y revictimado sufre un pánico demoledor como la niña que presenció
que su hermanita fuera martilleada de la manera más bestial por un matador como
el de Kovno. Luego vio al siquiatra
tocar la armónica sobre el cadáver y el charco de sangre. Sobre esta sobreviviente se ha dejado caer
todo el manicomio de una sociedad disfuncional.
El autor [1]
Desde los años ochenta el doctor Giuseppe Amara
aparece constantemente en televisión, además de tener varios libros
publicados. El domingo 6 de marzo de
2005 Amara habló de las bondades de la siquiatría en la llamada Hora Nacional
del radio, y sus comentarios se escucharon en todos los canales mexicanos. Uno de sus colegas me comentó que en un
programa Amara se dedicaba a dar consejos por la radio. Nunca lo había escuchado con atención, y si
lo hice fue sólo para averiguar si lo que decía en la radio era relevante para
este libro.
Lo es. Y de qué
forma. En un programa escuché el caso de
un sujeto en España que asesinó a su hijo con dos hachazos en la cabeza, y
Amara se condolió no de la víctima, sino de los padres que no pueden soportar
este tipo de hijos. A diferencia de mis
capítulos sobre el diagnóstico de Amara, que pueden despertar sospechas de si
fui fiel a sus palabras, en este caso lo grabé.
Eso significa que ahora puedo citarlo verbatim.
Desde finales del siglo XX hasta principios del nuevo
siglo la voz de Amara se escucha de lunes a viernes en el programa Parejas disparejas y la familia que
dirige la doctora María Elena Micher. Parejas disparejas sale al aire en la
Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.
En el programa del 11 de octubre de 2000 Micher leyó un desplegado sobre
el padre que mató: “de dos hachazos en la cabeza a su hijo, enfermo psíquico,
mientas dormía. La víctima, J.C.D. de treinta y tres años frecuentemente
maltrataba tanto verbal como físicamente a sus padres según el alcalde de la
población”. Micher no nos dice si los
padres habían maltratado verbal y físicamente a su hijo cuando era un niño. Pero añadió que el filicidio: “se produjo en
el domicilio familiar y el agresor, J.C.N. de setenta y tres años, se entregó a
la policía sin oponer resistencia. La familia había denunciado por malos tratos
al enfermo que tras ser internado en un centro psiquiátrico volvió a la casa”.
Durante el comercial dejé de grabar. Cuando accioné la grabadora de nuevo perdí el
inicio de la siguiente frase de la conductora.
Pero registré la parte crucial de su charla con Amara:
Micher: [...] después de años de, pues de, de
sentirse víctimas ¿verdad?, o de ser víctimas de este enfermo [énfasis en la voz de Micher]. Pero obviamente este enfermo psíquico —y lo
hemos hablado en muchas ocasiones aquí Giuseppe: ¿qué hacer [pausa retórica en
la frase de Micher]—
Amara: Así es.
Micher: —con estos
familiares que tenemos enfermos que no controlan
sus impulsos, que ya ni las medicinas los controlan y que los regresan y les dan de alta? [entonación de súplica y casi
de angustia en la voz de Micher].
Amara: Por eso—
Micher: Tú has
hecho mucha insistencia en eso—
Amara: Por eso sigo
haciendo insistencia porque no es un caso aislado.
Micher: ¡Ay!
Amara: Por eso
leemos notas tan tristes, tan desagradables, de ataques de los propios padres a
los pacientes psiquiátricos. O al revés:
muchas veces son los pacientes quienes atacan a los padres, o los mantienen en
un nivel de vida casi intolerable, insoportable.
¿Cuántas madres, cuántos padres no tienen algún hijo con
un problema psiquiátrico grave [pausa
y énfasis en la voz de Amara] que no pueden atenderlo, no pueden desde luego
ayudarlo? Sabemos que se resisten a
tomar medicamentos. Sabemos...
Micher (interrumpiendo):
Aquí tuvimos un caso. ¿Recuerdas
que vino la hija y la mamá estaba en la cárcel precisamente porque había matado
a su hijo esquizofrénico?
Amara:
Sí. En fin. Hay un sin fin de casos así donde, eh, los
recursos que tienen los padres son por ejemplo emplear enfermeros para que con la fuerza [énfasis en la voz de
Amara] lo lleven a algún hospital, o incluso a veces a la policía. Y esto implica golpes, maltratos, faltas de
comprensión. Tienen que darles medicinas
en forma encubierta, cuando pueden. No
siempre se puede hacer.
Más de dos decenios después de lo que le aconsejó a mi
madre, Amara continúa creyendo que drogar a los hijos “en forma encubierta” es
algo bueno y necesario según sus propias palabras. Prosigamos con su discurso:
Son peligrosos
para sí mismos y para los otros. Causan
disturbios sociales. Y esta es la crisis
de la psiquiatría llamada institucionalizada.
En los años sesenta, hasta los años sesenta había sistemas de hospitales
psiquiátricos, había la idea de tener
hospitales psiquiátricos, había la idea de tener recintos, casas de medio
camino, en fin. Con las reformas de la
llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos y
enviar a los pacientes psiquiátricos a las calles por decirlo así; a las
familias. Esto no se ha resuelto
completamente y sigue siendo un drama, un dilema tanto en Europa como aquí. No podemos, no podemos responsabilizar a los
padres de mantener a raya, de contener y de medicar a los hijos que sean
trastornados psiquiátricos, porque los trastornos son tan severos que es casi
imposible: la familia se desquicia y además no hay, no hay capacidad alguna de
contención. De manera que sigue siendo
un dilema.
Lo hemos planteado muchas veces. Hemos pedido ayuda a algunos asesores de la
Cámara de Diputados que ayuden a ver qué hacer en el futuro con estos numerosos
casos de pacientes con trastornos psiquiátricos graves [énfasis en la voz de Amara] que los familiares no pueden
atender.
Esto me recuerda la iniciativa de NAMI de
acudir al Congreso de Estados Unidos para que el siquiatra tenga aún más poder
sobre los niños y adolescentes.
Lo que llama la atención de esta
conversación grabada es que, como lo hizo Freud con los inquisidores que
martillaban a mujeres indefensas, Amara y Micher dialogaron implicando que el
enfermo no fue el padre que le abrió la cabeza a su hijo, sino el joven
asesinado. El indefenso que dormía
resultó ser el culpable.
¿Se ve por qué no exagero al decir que
después de que un padre martillea a su hijo hasta la muerte —literalmente— el
siquiatra toca la armónica sobre el cadáver y charco de sangre? Para siquiatras como Amara los padres son siempre
las víctimas aun si cometen filicidio; los hijos, los trastornados. La etiqueta se la lleva el hijo
independientemente del nivel del crimen del padre, quien libra la
etiqueta. Para Amara, una vez estampada
la etiqueta a un chico es imposible pensar que la falta pudo provenir del
padre. En lugar de aprovechar la ocasión
para abordar el tema de los padres asesinos, Amara prefirió tocar su
armónica. Pero lo más wonderlandesco que
se desprende de las palabras de Micher es que el crimen no se le imputó al
padre, sino al hijo (“después de años de, pues de, de sentirse víctimas
¿verdad?” “Así es” —Amara). Y en esta Lógica Wonderland donde todo está
invertido Amara habló de las verdaderas víctimas, como el que inocentemente
dormía durante el atentado, como “peligrosos para sí mismos y para los otros”.
Debo decir que este “peligrosos para sí mismos y para los
otros” es la fórmula siquiátrica estándar que los siquiatras usan para
encarcelar a un civil que no ha roto la ley.
La trampa de la fórmula estriba en que es imposible predecir la conducta
futura de un individuo, y por esa razón las sociedades libres prohíben el
llamado arresto preventivo. Pero es un
hecho indiscutible que este tipo de arrestos continúan, y de manera masiva en
nuestras sociedades, aunque disfrazados de ejercicio médico. De hecho, con la fórmula “peligrosos para sí
mismos y para los otros” en alguna parte del mundo los siquiatras están
arrestando ahora mismo a algún ciudadano que ni siquiera tiene antecedentes
penales. Se podría decir que la sociedad
le ha concedido a los siquiatras el derecho de jugar el rol de precogs o individuos dotados con
cognición previa de los crímenes, como en la película de Spielberg Minority report: sentencia previa. Pero en el mundo real los siquiatras no son
dotados de película de ciencia-ficción. El
diagnóstico de “esquizofrenia” no tiene validez predictiva, y si nadie puede
adivinar el futuro el arresto preventivo debiera ser abolido en nuestras
sociedades. No obstante, como indicó
Amara, el siquiatra que se cree precog
no duda en arrestar “a la fuerza” al joven a pesar que eso implique “golpes y
maltratos” según sus palabras.
Para quienes jamás han escuchado a Amara es importante
notar que en los medios habla con tal serenidad, elegancia y dominio del idioma
que despoja a su discurso de toda sospecha inquisitorial. Confieso que fue sólo al capturar sus
palabras exactas de mi grabadora al papel que, al leerlo ya en frío y sin su
cautivante voz, me horroricé al descubrir que, como en los años setenta, Amara
continúa siendo un inquisidor en el nuevo siglo. Pero Amara encubre su rol detrás de su
aparentemente inofensiva profesión de sicoanalista con la que se presenta en
los medios. Su cautivante voz y la
manera de presentarse al público me recuerda el llamado teflón de los
evangelistas de televisión. Desde la
pantalla éstos ya no amenazan con el infierno a los fieles, pero algunos no han
abandonado la doctrina medieval del fuego eterno. La modernidad se les resbala a los
televangelistas a lo largo del teflón fundamentalista. Análogamente, Amara no amenaza con la
lobotomía o el electroshock a sus radioescuchas, pero no ha abandonado “la idea [su énfasis] de tener hospitales
psiquiátricos” como aquél donde John Bell fue encarcelado por años.
La retórica del teflón explica que casi nadie se haya
percatado de las barbaridades que dice en su programa. Con Amara como estrella principal, Parejas disparejas y la familia ha
salido al aire en la Ciudad de México por años, y hasta la fecha nadie lo ha
denunciado. Este dato me lo reveló el
productor del programa el mismo día en que se transmitió el caso del asesinato
del joven y le hablé por teléfono.
“La
adolescencia es la edad de las enfermedades mentales”
Amara pronunció estas palabras en el programa del día
anterior del caso de los hachazos. Thomas
Szasz ha dicho que cada vez que un siquiatra dice: “Fulano de tal es un enfermo
mental” hay que interpretarlo como: “Este médico quiere internar a Fulano de
tal”. Así que yo interpreto las palabras
de Amara de la siguiente manera. La
adolescencia es la edad de internar a los adolescentes si surgen conflictos con
sus padres —la misma consigna de hace ya trescientos años con que se
encarcelaba a los adolescentes en las horrorosas Bicêtre, Salpêtrière y más
tarde en la Bastilla de París: lugar tan odiado que fue lo primero que tomaron
en la Revolución. Si se descifra lo que
significan los eslóganes del siquiatra se verá que la siquiatría no ha cambiado
desde sus orígenes.
Como vimos al hablar de las convenciones internacionales
de derechos humanos, declarar que alguien es un enfermo equivale a desnudarlo
de sus derechos civiles. Así que cuando
en base a que “la adolescencia es la edad de las enfermedades mentales” el
siquiatra identifica a un adolescente específico, como aquél que identificó a
John Bell cuando murieron sus padres, significa que su confinamiento “a la
fuerza y por medio de golpes y maltratos” ya no está lejos del horizonte. Esto es lo que hace Amara en el programa de
conflictos familiares que sale al aire en las ciudades más grandes de
México. Cada vez que sugiere internar a
un adolescente primero lo diagnostica como trastornado desde el punto de vista
siquiátrico, o bien, usa tal diagnóstico para desviar la atención del padre
abusivo y enfocarlo en el “enfermo”.
Como buen siquiatra, Amara no puede
concebir que la adolescencia de los hijos sea la edad cuando algunos padres no
toleran independencia en su progenie; que estos padres caen en actitudes
devoradoras y que estas actitudes ocasionan reacciones. Amara no tiene excusa de ignorar los estudios
que se han hecho sobre este tipo de padres enloquecedores. Además de haber leído mi larga epístola a la
madre, los libros donde se habla de estos padres han sido traducidos al español
y se han encontrado disponibles en México desde hace muchos años. (Ernesto Lammoglia, su colega que habla en
otra estación mexicana sobre problemas familiares, sí menciona a estos padres
tóxicos.)
Nostálgico de las instituciones de
antaño, Amara dijo que debido a las reformas de “la llamada antipsiquiatría se trató
de vaciar los hospitales psiquiátricos”, y que “numerosos casos de pacientes
con trastornos psiquiátricos” son tan intolerables que los familiares no los
pueden atender. Aquí Amara representa
los intereses de tutores como el tío de John Bell que, horrorizado cuando
regresaron al huérfano del hospital, lo calumnió diciendo que no podía tener a
un esquizofrénico en casa. En realidad,
la llamada desinstitucionalización no fue un movimiento altruista o antisiquiátrico
como dijo Amara. Antisiquiatras auténticos
como Ronald Laing o David Cooper jamás tuvieron el más mínimo poder en la
sociedad; y Szasz, reprimido en su universidad, no tuvo la oportunidad de
educar a las nuevas generaciones de jóvenes siquiatras. En Estados Unidos el haber vaciado algunos de
los enormes edificios siquiátricos en los años cincuenta y sesenta no tuvo que
ver con “las reformas de la llamada antipsiquiatría”. Fue el resultado de unas reformas fiscales
que les permitieron a los estados transferir la carga económica de los asilos
estatales a la comunidad. Los pagadores
de impuestos solían pagar enormes sumas para tener encerrados a algunos de sus
conciudadanos en los asilos tradicionales (en los años cuarenta el estado de
Nueva York tenía que pagar un tercio de su presupuesto para mantener a estas
instituciones).[2]
Pero eso no significa que en la actualidad los hospitales siquiátricos
se hayan extinguido. En los ochenta se
construyeron varias clínicas en Norteamérica, particularmente para encerrar
temporalmente a niños y adolescentes, como el hospital donde estuvo la citada
niña Rachel. De hecho, en 1984 había 220
siquiátricos privados en Estados Unidos pero cuatro años después ya había 466.[3]
A grandes rasgos, la agenda política de Amara en el
programa de radio es la siguiente. Ante
problemas familiares como los que
mencionaba Rachel —abandono de hogar, violencia física o verbal, relaciones
sexuales de menores que escandalizan a los padres— el siquiatra ofrece
soluciones médicas. Esto es lo que caracteriza al agente de un
Estado Terapéutico. Algunas de las
declaraciones de Amara que escuché en la radio fueron increíbles. En uno de los programas afirmó: “Esa fobia
hay que tratarla medicamentosamente”. En
un caso de celos amorosos Amara sugirió que había que tratarlo con “medicación
antidelirante” (¿neurolépticos?). Un
solo sueño bastó para que Amara le diagnosticara “depresión” a una señora y
aconsejara terapia, todo en menos de un minuto.
(Mucha gente habla por teléfono al programa pidiendo ayuda y a veces lo
único que relatan es un sueño para que el afamado sicoanalista lo
analice.) Otra mujer que no quería tener
relaciones sexuales con su esposo resultó tener un “trastorno de
personalidad”. El aguerrido general
Patton resultó un “psicópata” y no podía faltar la palabra “esquizoide” en otro
caso y el mantra siquiátrico que “la dopamina interviene en la esquizofrenia”.
El sesgo biologicista en estos programas para medicalizar
los problemas familiares es tal que Amara ha llegado a enfrentarse a sus
colegas no médicos. Me refiero a los
sicoterapeutas que jamás recetan drogas siquiátricas. A diferencia de muchos analistas, los
sicólogos no son siquiatras; y algunas de las críticas que hago en este libro
no están dirigidas a esos profesionales.
Loana Téllez, una sicóloga graduada en la Universidad
Autónoma Metropolitana que tiene su consulta en Médica Sur, me confesó a
principios de 2003 que trataba a una niña cuando la madre escuchó el programa
de Micher y Amara. La madre de su
pacientita fue a visitar a Amara a su consultorio, y éste le dijo que quería
ver un reporte clínico del trabajo de la terapeuta sobre la niña. Naturalmente, Loana resintió la intrusión en
su consulta privada. Pero la madre,
cautivada por el elocuente profesional —como muchas señoras en México que escuchan
su programa— retiró a la niña del tratamiento con Loana para mandársela a
Amara. Loana me comentó que Amara, según
las palabras que inmediatamente anoté: “¡Me cuestionó mi trabajo! ¡Me voló el
paciente!”
Sin pruebas físicas de laboratorio, y al igual que hiciera
conmigo un cuarto de siglo antes, Amara diagnosticó un problema biológico y
terminó drogando a la niña.
La manera de vender drogas es
vender la enfermedad psiquiátrica.
Carl Elliot [4]
En septiembre de 1970 en una audiencia denominada Federal Involvement in the Use of Behavior
Modification Drugs on Grammar School Children el doctor Ronald Lipman de la
agencia gubernamental Administración de Alimentos y Medicinas estadounidense
(FDA por sus siglas en inglés) testificó: “La hiperquinesia es algo que hace
que el niño entre en conflicto con sus padres, compañeros y profesores [...].” Aunque en teoría la FDA debiera regular los
intereses de la Big Pharma, en la práctica no cumple su papel. La audiencia de 1970 fue el primer paso en lo
que podría llamarse el diseño empresarial de enfermedades. Diecisiete años después, en 1987, los siquiatras
votaron para que el “Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad” (TDAH),
el nuevo nombre para la hiperquinesia y literalmente una lista de conductas,
fuera considerado existente y lo incluyeron en el DSM -IV. Como resultado, al año
siguiente medio millón de niños alrededor del mundo ya habían sido
diagnosticados con el “trastorno”.
Una de las mayores inmoralidades de Amara me pareció su
frecuente diagnóstico del “déficit de atención” a los niños que no pueden
concentrarse en el sistema pedagógico medieval que subsiste en México. En los programas Amara diagnosticó a varios
niños y expresó que algunos iban “a necesitar medicación”. Es muy sospechoso que, a lo largo de una de
las semanas que grabé el programa, María Elena Micher, la interlocutora,
anunciara una conferencia de Amara en la sala de conferencias de Laboratorios
Novartis.[5]
Novartis es la firma que manufactura Ritalín, llamado Rubifen en España
y manufacturado por Laboratorios Rubió en ese país. Ritalín/Rubifen es la droga que se les da a
los niños “hiperactivos”. Ahora bien,
Amara es uno entre varios siquiatras que hace la propaganda al
“trastorno”. Por lo mismo, la conexión
con Novartis no puede pasarse por alto: ese “trastorno” generalmente va
acompañado de medicar al niño con Ritalín.
Irónicamente, en los años ochenta Amara inscribió a su hijo no a una
aburrida escuela pública como las de sus radioescuchas, sino al Instituto
Freire, una de las menos represivas en México.
Ahí su hijo logró poner atención.
Por eso dije que es inmoral el hecho que Amara diagnostique de atención
deficiente a los niños de las madres de bajo estrato sociocultural que hablan
al programa. Estas señoras jamás
tuvieron los recursos para que sus hijos se educaran en escuelas progresistas.
En octubre de 2005 escuché a un alto funcionario mexicano
de salud mental, el doctor Enrique Camarena Robles, decir que en el país “están
afectados seis millones de niños” con problemas de salud mental. En la ponencia el funcionario dejó claro su
deseo de “diagnósticos tempranos” y reiteradamente habló de “detección temprana
de trastornos” siquiátricos en los chicos.
A Camarena Robles le molesta que en Quintana Roo sólo haya siete
siquiatras familiares (en la capital hay 600 siquiatras familiares y en
Guadalajara 400).
La campaña para convencer a la sociedad
civil de la realidad de la epidemia no sólo la hacen los funcionarios
públicos. También la hacen las ONGs que
tienen nexos con la industria farmacéutica.
Por ejemplo, en noviembre de 2004 la Comisión de Salud de la Cámara de
Diputados, conjuntamente con la Fundación Federico Hoth, presentó un simposio
sobre la llamada hiperactividad. Las
declaraciones que escuché de estos profesionales y siquiatras fueron
increíbles. Todos los ponentes
estuvieron de acuerdo en administrarle anfetaminas y estimulantes al niño para
controlarlo.
El primer ponente, el doctor Alfredo
Suárez Reynaga, declaró que en México hay 1, 600,000 niños que padecen TDAH y
se quejó de que muy pocos de éstos estén medicados; y la última ponente se
quejó de que en México sólo exista un hospital siquiátrico para niños. La maestra María Elena Frade Rubio, la
segunda ponente, invirtió causa-efecto al declarar que el niño que no pone
atención “produce violencia intrafamiliar”.
La declaración de Frade Rubio fue un pronunciamiento psicótico. Lo más natural es pensar que son los padres
que violentan al niño quienes ocasionan las conductas desagradables del niño en
casa. ¡No viceversa! Exactamente la misma psicosis padeció la
doctora Carmen Armengol al decir: “los padres son más punitivos” con los niños. En la Lógica Wonderland de estas doctoras
quienes tienen el poder en una familia —los padres— son las víctimas
desamparadas del niño, y estos grandullones no tienen más remedio que recurrir
a “acciones punitivas” con el pequeño que se distrae en la escuela. Armengol añadió que “el diagnóstico no
estigmatiza” omitiendo decir que incontables niños se han quejado de que
lesionó su autoestima. Tanto esta
doctora como el doctor Luis Barragán Díaz presentaron el rosario de hipótesis biologicistas
sobre la hiperactividad —sobrecargo de dopamina, defectos en el patrón migrante
de neuronas, metabolismo ineficaz, estudios genéticos— no como meras
hipótesis. Las presentaron a los
diputados y al resto del público como hechos comprobados. El doctor Barragán Díaz incluso comparó a la
hiperactividad con la diabetes. A mí se
me revolvían los hígados a lo largo de las varias horas que duró el simposio en
la Cámara de Diputados. Al final el
diputado José Ángel Córdoba Villalobos, quien presidió el simposio, declaró que
la evidencia científica que presentaron los médicos era contundente. Solicité el micrófono y con suma indignación
rebatí, desde el público, los alegatos biologicistas. Armengol también había dicho que lo biológico
del trastorno era evidente al notar que la población con hiperactividad tenía
“menos materia cerebral”. Una vez más:
la siquiatra invirtió causa-efecto. No
es la llamada “hiperactividad” lo que encoge los cerebros, sino la
administración a largo plazo de anfetaminas al niño. ¡No por nada se les llaman shrinks —encogedores— a los siquiatras!
Quisiera llamar la atención sobre un truco
particularmente efectivo con el que los siquiatras nos han estado engañando por
mucho tiempo.
En el programa del 10 de julio de 2001 Amara dijo que
después de una larga búsqueda ¡por fin se había encontrado la causa biológica
del TDAH en los niños! Que hasta muy
recientemente se desconocía la causa, pero que se acababa de detectar algo
relacionado con la carencia de cierta proteína. La carencia se debía presumiblemente a un mal
genético: la etiología de ese trastorno infantil.
Imaginémonos que vamos manejando en el coche una mañana y
que escuchamos el programa de radio.
¿Qué efecto tendrían las palabras del médico en nuestros oídos,
especialmente si van acompañadas de términos técnicos sobre la fisiología
cerebral de los niños, referencias médicas e instituciones respetadas? Hace años, cuando oía a un profesional hablar
así en la televisión, me tragaba lo que decía el profesional. ¿Cómo podía imaginar que muchos médicos y
profesores son gente autoengañada? ¿Qué
individuo común puede sospechar que en las universidades del mundo se enseña
una ciencia charlatana? Sólo para
mostrar dónde radica la falacia de Amara sobre la carencia de la proteína x que causa el TDAH mencionaré cómo, con
esa misma retórica, los siquiatras nos han engañado con otra de sus putativas enfermedades:
la esquizofrenia.
Desde sus orígenes la empresa siquiátrica inició de manera
poco creíble. En la ciencia médica real
y en las ciencias exactas en general, el trabajo de aquellos científicos a
quienes no les concierne el proceso causativo se considera de escasa
importancia. Ya desde tiempos de
Demócrito se decía “Preferiría descubrir una causa antes de poseer el reino de
los persas”. En medicina, los
diagnósticos científicos son etiológicos.
Los diagnósticos sindromáticos no son tan relevantes. Por eso es notable que en un libro publicado
en 1985 Jerrold Maxmen, profesor de siquiatría en la Universidad de Columbia,
escribiera: “Generalmente no es reconocido el hecho que los psiquiatras son los
únicos especialistas médicos que
tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curas conocidas”
(cursivas de Maxmen).[6] Por
lo mismo desde el siglo XIX los siquiatras han estado diciendo que estaban a un
tris de encontrar la causa biológica de la locura.
En 1884 Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica
moderna, creía que la causa de la locura eran “unos venenos que se fermentaban
en el cuerpo”. Algún tiempo después el
alegato de Thudichum fue descartado por sus colegas. Posteriormente, a lo largo del siglo XX las
más diversas y mutuamente exclusivas aseveraciones fueron propuestas como el
supuesto descubrimiento que causaba la esquizofrenia: desde toda vitamina,
hormona y enzima imaginable en las décadas anteriores a los 1950, hasta
sustancias exóticas y neurotrasmisores como serotonina, taraxeina,
ceruloplasmina, adrenalina-adrenocroma y endorfina posteriormente. El neurotrasmisor que actualmente se
encuentra de moda como “el descubrimiento científico” que causa la
esquizofrenia es la dopamina.[7]
La verdad es que cada nueva generación de médicos y
siquiatras se ha desilusionado con los “descubrimientos” de sus predecesores
porque el paso del tiempo mostró que las sustancias y neurotrasmisores arriba
mencionados no causaban la locura. Esto
es algo sobre lo que muchos siquiatras se encuentran perfectamente
conscientes. No obstante, jamás se les
ocurre pensar que toda esa búsqueda médica que tiene más de cien años sea una
vana búsqueda porque los sacaría del mercado.
No olvidemos lo dicho por Mosher y Breggin: la Asociación Psiquiátrica
Americana no podría subsistir sin el apoyo de las multinacionales farmacéuticas. Lo que es más, la siquiatría es la única
profesión que utiliza sus fracasos para justificar más subsidios millonarios, y
hasta la fecha se ha salido con la suya.
A menos que los científicos despierten y expulsen a los seudos de las universidades la
investigación siquiátrica continuará indefinidamente. Pero como en los últimos decenios los
siquiatras anunciaron cada “descubrimiento” con gran fanfarria en los medios de
comunicación, la gente ha sido implantada con la idea que se está descubriendo
que las perturbaciones mentales son de naturaleza biológica. No importa que cada una de las teorías
biológicas de la esquizofrenia citadas arriba haya sido abandonada: el daño en
la mentalidad pública está hecho. ¿Quién
recuerda haber escuchado en los medios que, después de largas investigaciones
sobre el ceruloplasmina, “resultó que no es la sustancia que causa la
esquizofrenia, como se creía”? Lo que la
Big Pharma airea a los cuatro vientos es únicamente lo que promueve la fe biologicista.
Mi diagnóstico es que los siquiatras,
neurólogos, pediatras y médicos generales que hacen su modus vivendi recetando
psicofármacos son gente que se ha autoengañado para lucrar. Sólo en Estados Unidos la industria
farmacéutica invierte más de 12 mil millones de dólares al año en publicidad
(más del veinte por ciento de los 55 mil millones de ventas totales de
fármacos). ¿Cómo estos profesionales
pueden estar libres de engaño si esta industria invierte en ese país cinco mil
dólares de propaganda por año por cada médico a fin de influir en los
medicamentos que receta? El engaño es
patente al señalar que ni siquiera la experiencia de fracasos a lo largo de
todo un siglo, el siglo XX, en una quijotesca búsqueda de la locura en el reino
de lo biológico, ha desengañado a estos profesionales.
Si los siquiatras fueran científicos el rosario de
fracasos los habría hecho descartar toda hipótesis biológica de la llamada
esquizofrenia. Como dijo el filósofo
Jerry Fodor: “Cuando le sigues haciendo preguntas a la Naturaleza y la
Naturaleza te responde ‘no’, es razonable suponer que en algún lugar de las
cosas que crees hay algo que no es verdad”.
Pero los siquiatras han hecho lo opuesto: idearon otra hipótesis que
está hoy día en boga: que los sistemas dopaminérgicos cerebrales del
esquizofrénico están sobreactivados. No
hay evidencia científica que respalde esta hipótesis.[8]
Tampoco hay evidencia que los niños que se distraen en las escuelas
tradicionales estén, biológicamente hablando, enfermos de hiperactividad. Al igual que en la “esquizofrenia” los niños
así diagnosticados no presentan anormalidades en sus cuerpos y su “enfermedad”
no puede detectarse con análisis de sangre, rayos X, tomografía cerebral o
biopsia. Asimismo, al igual que en la
“esquizofrenia” la ausencia de una causa orgánica identificable es la mejor
prueba contra la hipótesis biológica de los niños hiperactivos. Esto lo reconoce la misma compañía Novartis. En el Diccionario
de especialidades farmacéuticas puede leerse: “Se desconoce la etiología de
este síndrome y no existe un examen único para diagnosticarlo. El diagnóstico
adecuado requiere el uso de procedimientos médicos, psicológicos, educativos y
sociales”.[9]
Los autores del artículo de Novartis ni siquiera se
atreven llamarle enfermedad al hecho que los niños no quieran poner atención en
la escuela tradicional. Lo llaman
“síndrome”, y su misteriosa etiología sugiere más un problema educativo y social
que uno médico. En medicina, síndrome
designa un conglomerado de síntomas que, al no haber marcador biológico, no
pueden considerarse aún una enfermedad.
Todas las categorías del DSM,
por ejemplo, son clasificadas a través de sus síntomas en lugar de a través de
sus causas como en el resto de las
especialidades médicas. La misma
Asociación Psiquiátrica Americana ha admitido que “no se han establecido
pruebas de laboratorio” que identifiquen el TDAH. Por eso de cuando en cuando siquiatras como
Amara lanzan al público el formidable dato desinformativo que el misterio acaba
de resolverse con un gran descubrimiento —mismo que después de algún tiempo se
ve que era un espejismo más de aquellos con los que los siquiatras del siglo XX
se engañaron: la taraxeina, el ceruloplasmina, la adrenalina-adrenocroma, la
serotonina, la endorfina...
Como he dicho, los alegatos de reduccionismo biológico
como la proteína de la que hablaba Amara no aparecen en revistas financiadas
por científicos independientes, sino en revistas financiadas por las mismas
compañías de drogas. Esto lo ha señalado
mucho Fred Baughman, un neurólogo veterano con más treinta y cinco años de
experiencia clínica que ha investigado qué hay detrás de la propaganda que se
nos vende como el “TDAH” del niño.
Baughman es uno de los pocos neurólogos que se ha atrevido a decir
públicamente que la única epidemia que existe no se encuentra en la cabeza de
los niños, sino en la del adulto: cómo a través de la publicidad las compañías
nos han infectado para hacernos creer en una enfermedad espuria.
El químico comercialmente conocido como Ritalín fue
sintetizado desde los años cincuenta.
Pero la epidemia de la hiperactividad ha crecido de 150,000 niños en
1970 a cinco millones en 1997, y en Estados Unidos la producción de Ritalín
subió el setecientos por ciento entre 1990 y 1997. Se estima que a principios del siglo siete
millones de niños toman Ritalín y otros estimulantes en Norteamérica.[10]
Un estudio reveló que en diez países el consumo de psicoestimulantes
incrementó 12 por ciento al año de 1994 a 2000.
Australia y Nueva Zelanda fueron ranqueados en tercer lugar en el uso de
estas drogas para niños después de Estados Unidos y Canadá. Una comparación internacional de 2002 mostró
que el consumo en Europa es relativamente bajo, aunque ese año se encontraba
subiendo.[11]
De quince a veinte millones niños se les prescribe algún psicotrópico en
todo el mundo (además de los estimulantes están los antidepresivos, los
estabilizadores de ánimo, los ansiolíticos e incluso los neurolépticos). El mercado global de psicofármacos para niños
es de aproximadamente 1.7 mil millones según Gloria Tsuen, analista de First Investors Corp. en Nueva York. Los escrúpulos de los médicos que le hacen
publicidad a la epidemia pueden evaluarse con el dato que los padres de
doscientos mil infantes de dos a cuatro años de edad están drogando a estos
infantes con Ritalín.[12]
Desde 2005 otro laboratorio comenzó a vender la misma droga con otro
nombre: Tradea.
En México, el consumo de estimulantes y psicotrópicos a
niños ha aumentado dramáticamente. En
1993 las ventas anuales del país fueron de $1,300,000 y para 1996 $5,000,000
según datos del doctor Roberto Kreshmer de Epidemiología IMSS Centro Médico
Nacional. Para 2001 las ventas escalaron
dramáticamente a $21, 000,000 según el doctor Alfonso Moguel de la misma
empresa Novartis.
La sustancia activa del Ritalín/Tradea/Rubifen es la metanfetamina
llamada metilfenidato. El resto del
capítulo usaré el nombre genérico, metilfenidato, en vez de los nombres
comerciales. Es sabido que el
metilfenidato afecta a la glándula pituitaria que controla el crecimiento. La misma Drug Enforcement Administration (DEA) ha informado que el efecto
entre la cocaína, las anfetaminas y el metilfenidato es indistinguible en los
animales y humanos a quienes se les administra.
“En suma, producen efectos que son casi idénticos”.[13]
La Ley General de Salud mexicana concuerda con la DEA. El artículo 234 clasifica al metilfenidato
como “estupefaciente” en la misma categoría que la morfina, cocaína, mariguana,
heroína y opio. Pero en el programa del
13 de octubre de 2000 Amara le mintió al pueblo de México declarando que el
metilfenidato y estimulantes afines “son inocuos, son benignos”. La realidad es que hay peligros en
darle metilfenidato al niño. La DEA ha
reportado que en ocasiones el fármaco conlleva “consecuencias médicas severas, incluyendo la muerte”.[14]
Mencionaré sólo cuatro casos de muertes infantiles en Estados Unidos:
Shaina Dunkle (1991-2001), Samuel Grossman (1973-1986), Matthew Smith
(1986-2000) y Stephanie Hall (1984-1996).[15]
La gallina de los huevos de oro que ha resultado el TDAH es
explotada por Novartis y otras multinacionales farmacéuticas. Por años Baughman se ha comunicado con
diversos médicos para preguntarles en qué revista se encuentran publicados los
artículos que contienen evidencia de que la hiperactividad es una enfermedad
que cumple el criterio de una enfermedad auténtica. Hasta la fecha nadie le ha respondido, y la
razón es simple. Como vimos, los mismos
médicos reconocen que la causa biológica de que los niños no presten atención
en las escuelas tradicionales es un misterio (el sólo hecho de parafrasear así
lo que dice el DSM sugiere que la siquiatría es una ideología
psicótica). El móvil de la búsqueda de
Baughman ha sido comprobar si sus colegas estaban drogando a millones de niños
e infantes sanos con metilfenidato u otro psicofármaco. A principios del nuevo siglo la compañía
Janssen comenzó a distribuir Concerta.
Concerta es el nombre comercial de un tipo de metilfenidato de acción
retardada: una pastilla basta para tener dopado al niño por 24 horas. En la propaganda sobre Concerta he visto
fotografías de niños aplicados haciendo sus tareas con el beneplácito de sus
padres. Y en 2004 Eli Lilly sacó al
mercado Strattera: una nueva droga para los niños cuya publicidad ya he visto
en los periódicos.
La conclusión de Baughman sobre este escándalo es que los
padres, los maestros de escuela y los médicos deben—:
detener toda
mención de los niños como “enfermos”, “anormales” o como “pacientes”. Esto no es otra cosa que una industria
multimillonaria y fraudulenta [...].
Por más increíble
que pueda parecer, lo que tenemos es ni más ni menos una enfermedad y una
epidemia inventadas para hacer dinero, quizá la más exitosa de todos los
tiempos en términos monetarios.
El Código de Nuremberg no permite el
“tratamiento” de niños normales sin enfermedades con drogas adictivas del Tipo
II con el fin de lucrar [...]. Esto es
criminal. Esto es abusar del niño. Nada de esto es una práctica legítima de la
medicina y debe denunciarse. Aquellos
responsables de este timo deben ser identificados públicamente, acusados
legalmente y enjuiciados.[16]
El motor que mueve el megafraude es la codicia. La industria siquiátrica es movida por las
necesidades del mercado; no por necesidades médicas. La pura economía explica el interés que en
las últimas décadas la profesión ha cobrado por los niños. No sólo la DEA ha reconocido la similitud entre anfetaminas y la cocaína, o que
el metilfenidato pertenece a las drogas del tipo II. El mismo DSM -IIIR reconoció en 1983 que “estudios controlados han mostrado que
los usuarios experimentados son incapaces de distinguir entre la anfetamina y
la cocaína. Una de las pocas diferencias entre las dos clases de sustancias es
que los efectos psicoactivos de la anfetamina duran más, y sus [...] efectos
pueden ser más potentes”. La edición en
boga del DSM censuró este pasaje.
Algunas organizaciones internacionales han tomado cartas
en el asunto. Por ejemplo, según la
Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE): “La Junta
reitera su petición a todos los Gobiernos de que hagan todo lo posible para
evitar el diagnóstico excesivo del ADD [Attention-deficit disorder] entre los
niños y el tratamiento a base de metilfenidato que no esté justificado por
razones médicas válidas”.[17]
Aunque en años posteriores la JIFE ha continuado expresando serias dudas
sobre el uso de estimulantes para los niños, su frase es equívoca. Los médicos no están diagnosticando en
exceso, ni siquiera diagnosticando erróneamente. El llamado Trastorno de Déficit de Atención e
Hiperactividad, en palabras de Baughman, “es un fraude total, al cien por
ciento”.
A Baughman le alarma que, en colusión con los padres, en
las escuelas norteamericanas millones de niños estén siendo legalmente
drogados. Lo que más le ha llamado la
atención a Baughman es que los siquiatras eluden hábilmente la pregunta
central: ¿Es el TDAH una enfermedad, o no lo es? Como vimos, la retórica de los médicos
consiste en que se limitan a declarar al público que la causa biológica es
desconocida, exactamente el mismo ardid en el caso de la esquizofrenia, “una
enfermedad de etiología desconocida”.
Capítulos atrás vimos que, al razonar así, los siquiatras suponen que
los diagnosticados son culpables (“enfermos”) hasta que su salud quede
demostrada. Pero una enfermedad así
entendida —misteriosas etiologías que por misteriosas razones han eludido ser
detectadas en laboratorio— no puede refutarse científicamente. La característica principal de una
seudociencia es que presenta su hipótesis central de forma tal que no pueda ser
refutada. La hipótesis en siquiatría es
que la causa de las enfermedades mentales es biológica, no psicológica. Pero el hablar de misteriosas etiologías es un
perfecto ejemplo de los que los popperianos llamamos una hipótesis no
refutable. Al insistir en un misterio
biológico los siquiatras no presentan su hipótesis central de forma que, de
estar errada, pueda ser evidenciada como tal.
Si la biosiquiatría no logra pasar la prueba de tornasol que distingue
entre ciencia verdadera y falsa es que estamos ante una seudociencia. Reitero: es precisamente debido a esto por lo
que algunos siquiatras taimados lanzan a los medios el formidable dato
desinformativo de que ¡por fin se descubrió la proteína x, la etiología de tal trastorno mental!, que sólo tiempo después
se descubre como un espejismo más.