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Qué es
realmente la siquiatría
El imperio del poder siquiátrico crece diariamente hasta cubrirlo casi todo, pero no hemos reconocido su existencia, y mucho menos entendido su papel en la sociedad.
Thomas
Szasz [1]
El Hospital Fray Bernardino Álvarez, el gran siquiátrico público de la
capital mexicana, funciona con frecuencia como una institución punitiva para
los miembros identificados de algunas familias donde los responsables de la
admisión son los familiares mismos. Que
mucha gente identificada que sus familiares encarcela no están locos se
desprende del diagnóstico de internamiento que la periodista Teresa Gurza
descubrió en los años setenta, la década en que tuve el problema con
Amara. A los pacientes de nuevo ingreso
se les diagnosticaba entonces “neurosis de carácter”: un diagnóstico tan vago,
ambiguo y fraudulento como el de “carácter esquizoide” de Amara.
La práctica continúa en el siglo
XXI. En Estados Unidos se oye mucho la
expresión behaviour disorders (trastornos
de la conducta) al hablar de la población joven que se desea someter: otro
diagnóstico demasiado vago que puede aplicarse a cualquier menor. De hecho, los diagnósticos más comunes para
someter a los menores en el nuevo siglo son vagos: “trastorno de la conducta”,
“trastorno de ajuste adolescente”, “oposicionismo”, “déficit de atención”,
etcétera.
En los 1980 el portavoz oficial del Fray
Bernardino concedió una entrevista a los reporteros. Al referirse a los internados en esa
institución, observó:
“La familia los
trae esposados, amarrados, como sea. Es
algo de lo más folclórico”. Para cambiar
conductas, los médicos del Fray Bernardino cuentan con herramientas poderosas. Una de ellas la explica el portavoz oficial:
“A ellos se les dan también unos toques
[electroshocks] y al segundo o tercer día ya están bien”.[2]
En 2005 Marco López Butron, director del
Fray Bernardino, dijo que en su institución hay una petición muy alta de
familiares que acuden por problemas no médicos.
“En muchos casos la petición de la familia es internar al enfermo”; la
familia demanda “que lo tengan permanentemente” internado.[3]
No obstante, el director del Fray Bernardino del siglo XXI recomienda
menos de un mes de internamiento.
Esto muestra que agresor original no es
la siquiatría, sino la familia. En la
primera parte de este libro vimos que el director del departamento donde Masson
hizo sus prácticas enseñaba que cuando un niño era “identificado” como paciente
por sus padres estaba trastornado siquiátricamente hablando. Para ese siquiatra los padres no erraban al
hacer este tipo de diagnósticos caseros.
Es muy ilustrativo tomar nota de lo que dicen las autoridades cuando los
reporteros les hacen preguntas difíciles sobre este asunto.
En tiempos en que tuve el problema con
Amara Teresa Gurza trató de entrevistar a Ramón de la Fuente, titular de la
Dirección de Salud Mental de la entonces llamada Secretaría de Salubridad y
Asistencia. De la Fuente declinó y
designó a un subalterno, el doctor Leonardo Iglesias. Las siguientes declaraciones de este
siquiatra están basadas en la trascripción de la grabación hecha por la
periodista.
Iglesias le dijo a Gurza que “la
situación de las granjas psiquiátricas es buena”. Y añadió: “Lo que menciona acerca de la
desnudez, y en esto le voy a ser muy sincero, gran parte de la desnudez de
nuestros enfermos se debe a una expresión de su patología mental”.[4]
Gurza le respondió que en los siquiátricos que visitó había visto a
niños cuyos reportes no hablaban de trastornos mentales, y sin embargo estaban
desnudos y atados a sillas; y que había visto también a enfermeras que les
pegaban a los niños y a los adultos más débiles. El doctor Iglesias era el jefe del Departamento
de Ciencia Psiquiátrica de la Dirección de Salud Mental en México cuando Gurza
le preguntó, además, por qué los siquiátricos reciben a ancianos sanos y a
niños cuerdos. Iglesias respondió que a
veces la conducta de un individuo “es peligrosa para sí mismo, como en el caso
de los suicidas o peligrosa para los demás”, fórmula que, como hemos visto, es
la fórmula clásica de arresto preventivo en las mal llamadas sociedades
libres. Luego definió a la enfermedad
mental de manera tan honesta que su definición debiera grabarse en mármol en
las facultades de medicina:
En
otras ocasiones, sencillamente es una patología que los demás no toleran; y
cuando digo los demás quiero decir la familia o el grupo social con el cual
convive.[5]
Más claro y transparente no puede
estar. Gurza quiso entrevistar a Ramón
de la Fuente acerca de por qué hay gente cuerda en los siquiátricos mexicanos,
el funcionario de más alto rango de salud mental en México en aquellos
tiempos. De la Fuente declinó y asignó a
Iglesias, también un funcionario mexicano de salud mental. Y para este último los niños y ancianos
cuerdos que menciona Gurza tienen una patología. ¡Pero por patología entiende una conducta que
los cercanos “no toleran” según sus propias palabras!
Así que Amara no es el único seudogaleno
que diagnosticó de enfermo al muchacho cuerdo con problemas con sus
padres. Esos años las más altas
autoridades de salud mental en México se comportaban exactamente igual. La política de internamiento siquiátrico ha
sido simplemente la intolerancia de los cercanos hacia un miembro de la
familia. Si a un padre le disgusta la
conducta de su hijo, tal conducta puede considerarse oficialmente enferma,
esquizoide, patológica. La definición de
arriba no es exclusiva de la siquiatría mexicana. Karl Menninger, eminente siquiatra
estadounidense en tiempos de la posguerra, definió la enfermedad mental como
“cierto estado de existencia que es incómodo para alguien [...], el sufrimiento
puede estar en al persona afligida, en los cercanos, o en ambos”.[6]
No es exagerado decir que la siquiatría es una profesión cuyo propósito
expreso es caer a un estado de folie à
deux del profesional con los padres a fin de proteger la familia nuclear.
Antes de su reforma, este estado de
locura compartida era patente en el Hospital Sáyago que albergaba a 450 de
mexicanas, la mayoría provenientes de la antigua Castañeda, cuando Gurza lo
visitó. ¿Se recuerda cómo el tío de John
Bell quiso deshacerse de su sobrino?
Algunas de las ancianas del Sáyago eran víctimas de familiares que se
deshicieron de ellas. Según Gurza, estas
mujeres ni siquiera se encontraban en estado senil al ingresar. Pero también había muchachas muy jóvenes en
ese siquiátrico público, y quisiera darle voz a una de ellas:
“Yo
quiero a mi mamá que vive en Durango, yo quiero a mi mamá que vive en Durango”,
y Margarita llora y llora recordando a su familia, abrumada por el dolor de
saberse abandonada y encerrada en este hospital. [Su] recuperación sería posible en otro
ambiente. Otras mujeres consuelan a
Margarita: “Ya niña, no llores Margarita, por favor Margarita”, y nos informan
que así pasa el día “la pobre Margarita”.[7]
Es imposible que a prisioneras como
Margarita se les haga justicia en un mundo que define, como lo hizo el
funcionario del sector salud, la enfermedad mental como una conducta que los
familiares no toleran. Casos como el de
esta niña muestran que la raíz del problema no se encuentra dentro de los muros
del siquiátrico, sino afuera: en la institución familiar.
Aludí al viejo reportaje de Teresa Gurza
por una razón personal: quería hablar de la siquiatría pública en los mismos
años en que me atacó un siquiatra privado.
Pero a finales del siglo XX y a principios del XXI la situación en
los siquiátricos mexicanos es
prácticamente la misma.
En julio de 1996, agosto de 1998 y
noviembre de 2000 la sociedad norteamericana Mental Disability Rights International (MDRI) realizó estudios in situ en siete siquiátricos mexicanos:
Ramírez Moreno, Nieto, Sáyago, Ocaranza (posteriormente reformado), Navarro,
Jalisco y Fray Bernardino. En conjunto
estas instituciones albergaban entonces a dos mil internados. Al equipo MDRI no se les autorizó videograbar
a los pacientes del Fray Bernardino, no obstante, publicó un informe sobre el
estado de los derechos humanos en los siquiátricos visitados. Acerca de los sesenta niños internados en el
Hospital Jalisco en los albores del nuevo siglo, el equipo MDRI observó:
En la institución
psiquiátrica Jalisco, las condiciones en el pabellón de niños son más
graves. A los niños los dejan acostados
sobre un colchón en el piso, algunos de ellos cubiertos de orina y
excremento. Durante la visita realizada
por el equipo en agosto de 1998 abundaban las moscas y el olor era abrumador. Es común el autoabuso y la falta de atención
médica básica. Se observaron niños que,
por no tener supervisión adecuada, se comían su propio excremento y abusaban de
sí mismos sin que el personal les prestara atención [...].
Se observó que otros niños permanecían
atados a las camas o con las mangas atadas sobre las manos.[8]
Al igual que el reportaje de Gurza, MDRI
observó que a finales del siglo XX: “la mayoría de las personas internadas en
las instituciones visitadas permanecen ahí de por vida”.[9]
Que algunos de éstos han sido repudiados por su familia se desprende de
otra declaración del equipo MDRI:
Un gran número de personas internadas en este tipo de
instituciones son calificados oficialmente de abandonados —personas internadas porque no tienen familia u otro
lugar a donde ir. En noviembre de 1999
los directores de dos instituciones calcularon que el número de abandonados en
sus propias instituciones ascendía al 75-80 por ciento.[10]
Algunos de los abandonados son como
Margarita, quien lloraba diciendo “Yo quiero a mi mamá que vive en Durango, yo
quiero a mi mamá que vive en Durango”.
Esta niña estaba cuerda. Pero el
siguiente dato sugiere que otro tipo de internados no padecían de trastornos
mentales sino de enfermedades neurológicas y auténticos síndromes
genéticos. Según su informe: “El equipo
MDRI identificó otros grupos detenidos injustificadamente en instituciones
psiquiátricas. Entre un tercio y la
mitad de las personas internadas en las ‘granjas’ mexicanas se identificaban
como personas que padecen epilepsia o retraso mental”.[11]
Los epilépticos abandonados en las granjas tienen una auténtica
enfermedad cerebral por lo que, según los criterios de MDRI, no está
justificado tenerlos en siquiátricos.
Algo similar puede decirse de los retrasados mentales. Que otros internos tampoco son “enfermos
mentales” en el sentido siquiátrico ortodoxo, sino que se les etiquetó
simplemente para llenar los formularios de internamiento como lo hicieron con
John Bell, lo sugiere esta otra observación del equipo MDRI:
Los registros carecen de un diagnóstico completo e
incluyen muy poca información sobre los antecedentes sociales y médicos del
paciente. En general, el diagnóstico se
limita a señalar que el paciente es “psicótico” o “esquizofrénico”. A menudo, el único detalle adicional en el
historial clínico es si el paciente se considera de condición “aguda” o
“crónica”.[12]
La etiqueta es el preámbulo para
encarcelar a un ciudadano al margen de la ley.
En todos los siquiátricos visitados por MDRI se administraban
neurolépticos a los internos. Como he
dicho, su uso prolongado causa las enfermedades neurológicas permanentes
disquinesia y distonía tardía, además de la frecuente acatisia y el ocasional
síndrome neuroléptico maligno. El equipo
MDRI observó que varios internos presentaban los efectos de altas dosis de
estos químicos. Reportaron haber visto
movimientos rítmicos en los labios y lengua de los internos, crujido de dientes
y hacer gestos torcidos con las manos: signos inequívocos de disquinesias
tardías.
El año 2000 el equipo MDRI publicó su
devastador informe de 94 páginas sobre el estado de los derechos humanos en los
siquiátricos mexicanos. En el siglo XXI
se continúan administrando minusvalidantes neurolépticos a niños, adultos y
ancianos en todos los siquiátricos, recintos y casas de medio camino, como lo
atestiguan los directores de siquiátricos que he entrevistado y un reporte del
año 2003 auspiciado por la Organización Panamericana de la Salud.[13] La
gente ha sido recluida debido a que “la familia no los tolera”: una de las
definiciones más honestas que he leído de enfermedad mental en boca de un
siquiatra.
La
psiquiatría es la nueva religión. Decidimos qué es bueno y malo,
Los doce
monos [14]
Si alguien merece el título de ingeniero social de
la siquiatría mexicana es sin lugar a dudas el doctor Ramón de la Fuente. La influencia de su obra permea importantes
áreas de la política siquiátrica del país.
De la Fuente fundó el Instituto Nacional
de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” que depende de la Secretaría de Salud. Cuando en enero de 2002 visité el lugar me
quedé estupefacto. El Instituto Nacional
de Psiquiatría consiste de seis edificaciones construidas en un predio de
23,000 metros cuadrados. Sentí que me
encontraba en los cuarteles generales del incipiente Estado Terapéutico
Mexicano, y me pregunté si habría un equivalente de esta pequeña ciudad en
otros países. El mismo instituto
reconoce que “los recursos financieros del instituto provienen, en su mayor
parte, del Gobierno Federal”.[15]
El hijo de Ramón de la Fuente, que lleva
el nombre del padre, se graduó como siquiatra en Rochester, la Meca de la
siquiatría mundial, y llegó a ser rector de la UNAM, la máxima casa de estudios
en México. (En el programa de radio del
28 de octubre de 2004 el doctor Ernesto Lammoglia declaró que de la Fuente Jr.
ocupó el cargo de rector como premio por haber controlado la conducta de la
esposa de Zedillo con drogas siquiátricas cuando éste era presidente de
México.) En la biblioteca del
Departamento de Psiquiatría de la UNAM —el mismo lugar del que salí huyendo en
pánico a mis diecisiete años como conté al principio de este libro— aparecen
fotografías de las diversas generaciones de médicos siquiatras de la
universidad. De la Fuente padre aparece
como la figura central entre los estudiantes recién egresados.
Debo decir que, como mi lectura del cibersitio de NAMI, le lectura que hice
de los textos de Ramón de la Fuente fue una empresa capciosa. Lo primero que el investigador avispado debe
hacer al enfrentarse con el texto de un sofisticado siquiatra es ponerse los
guantes. La manera como de la Fuente y
sus colegas usan la nuevahabla impregna tanto sus escritos que, de no haber
sido por mi marcatextos con el que señalé cada trampa semántica que encontré,
habría sido imposible entenderlo. Me
sorprendió la frecuencia de palabras como “enfermo” y “enfermos mentales” en
los escritos de de la Fuente. El uso
frecuente de una expresión que no se define es pura retórica.
Aristóteles le llamaba entimema a este
truco. Los manuales de de la Fuente
pueden entenderse como un enorme silogismo engañoso o entimema. Por ejemplo, en más de cuatrocientas páginas
de Salud mental en México el lector
buscará en vano la definición de “salud mental”. Por más extraño que pueda parecer, ni la
salud mental ni la enfermedad mental, los conceptos centrales de la siquiatría,
se definen: se dan por supuestos. Sólo
se dan ejemplos de las alegadas enfermedades mentales. En el capítulo de la adolescencia del manual,
por ejemplo, se habla de “intentos de suicidio, “conducta sexual”, “abuso de
sustancias”, “bandas juveniles” y de las “medidas de prevención” para estas
enfermedades. Pero el concepto central
de la siquiatría queda sin definición precisa.
Hablando en cristiano podría pensarse que éstos son malos hábitos de
adolescentes confundidos, pero no enfermedades en sentido médico.
Ocasionalmente un reportero le hace al
siquiatra la pregunta directa: “¿Qué es para usted un enfermo mental?” Teresa Gurza le hizo esta pregunta, la
pregunta cardinal que debe hacérsele a todo siquiatra, al doctor Leonardo
Iglesias en la entrevista grabada; la misma entrevista que de la Fuente
evitó. Es muy ilustrativo escuchar lo
que Iglesias respondió:
Realmente ésta es una pregunta muy
difícil de contestar, puesto que tiene implicaciones de orden propiamente
médico, técnico, filosófico, ideológico y sociológico. Requeriría de todo un tratamiento
amplio. Para nosotros, en términos
prácticos, esto es momentáneo: alguna persona que en algún momento dado
requiere asistencia especializada en el área de salud mental.[16]
No podría señalar con mayor elocuencia la
charlatanería que es la siquiatría que con estas palabras de un siquiatra
mexicano. Un verdadero médico —un
cardiólogo, neurólogo o gastroenterólogo— respondería a la pregunta ¿Qué es
para usted la enfermedad? señalando la patología celular en los tejidos, o la
patología fisiológica o bioquímica, o la presencia de bacterias o de virus
parásitos en un organismo. Si una reportera
tuviera dudas de que la enfermedad fuera real, el médico la invitaría al
laboratorio para que viera por sí misma las bacterias o las disfunciones
histopatológicas en el microscopio.
Sobre una coronaria bloqueada con placas de colesterol, por ejemplo, un
cardiólogo jamás argüiría que “es algo muy difícil de definir porque tiene
implicaciones filosóficas, sociológicas e ideológicas”. El cardiólogo simplemente nos mostraría las
fotografías de las placas de grasa animal acumuladas en las arterias que se han
extraído de los pacientes operados del corazón.
El verdadero científico apela a lo que puede verse y cuantificarse; usa
microscopios, telescopios y su simple vista.
No se le oye hablar de filosofías o ideologías. Si la definición de enfermedad mental tiene
las implicaciones ideológicas mencionadas por Iglesias, es más que obvio que la
siquiatría poco tiene que ver con las ciencias exactas.
El objeto del científico es el mundo
empírico. El del ideólogo, las doctrinas
y metanarrativas. Y el del inquisidor,
la persecución de los disidentes. Un
físico no nos habla de la energía o de la materia, el concepto central en
física, como entidades filosóficas o ideológicas: es obvio que existen y nadie
se atreve a cuestionarlas. Pero Iglesias
nos habla de la enfermedad mental, el concepto central en siquiatría, como una
entidad que omite definir: “Para nosotros, en términos prácticos, alguna
persona que en algún momento dado requiere de asistencia especializada en el
área de salud mental” es el enfermo.
Así, al igual que los manuales de de la Fuente, la criatura “enfermedad
mental” queda sin definición: es un entimema.
El mismo DSM evita definir la entidad de
su materia de estudio. En la
introducción del DSM -IV se nos dice:
“El término ‘trastorno mental’, al igual que otros muchos términos en la medicina
y en la ciencia, carece de una definición operacional consistente que englobe
todas las posibilidades”.[17]
Que los términos en ciencia son ambiguos
es falso. Basta conocer los rudimentos
de la física, por ejemplo, para saber que las entidades que estudian los
físicos están claramente definidas, además de ser perfectamente
cuantificables. No obstante, si se busca
con persistencia es posible hallar en un rincón de las bibliotecas alguna
definición de salud y de enfermedad mental, tanto en boca de siquiatras como de
la pluma de legisladores.
En una entrevista concedida a Proceso el doctor Hermelindo Oliva,
subdirector del Fray Bernardino, el siquiátrico más importante de la Secretaría
de Salud y al momento de la entrevista el vocero oficial de la siquiatría
institucional en México, expresó que a la salud mental hay que ubicarla “en
ciertos parámetros dentro de los que se mueve una persona en su rendimiento
familiar, en sus relaciones sociales, en su productividad en el trabajo y en su
ajuste psicológico. La gente que se aparta de esta media estadística es la que
consideramos fuera de la normalidad”.[18]
¡Esta es una excelente definición del
concepto central de la siquiatría! Me
recuerda la franqueza de Heinroth y complementa la definición del siquiatra en el
capítulo anterior (“Lo que la familia no tolera”). La
enfermedad mental es, pues, una fuga de las estadísticas: una disidencia de la
norma homogeneizadora con la que el status quo juzga quién de nosotros se está
saliendo de línea.
Si el enfermo no está de acuerdo con esta
definición, el tratamiento siquiátrico lo iluminará. El doctor Oliva fue implacable: “El enfermo
mental muchas veces no tiene advertencia de su enfermedad, no acepta estar
enfermo; entonces, se muestra renuente a tomar sus medicamentos y esto favorece
las recaídas. Parte del tratamiento consiste en hacer consciente al paciente y
a la familia de que está enfermo y de que necesita seguir su tratamiento”.[19]
Otro O’Brien…
En junio de 2002, veinte años después de
la entrevista a Oliva, Carmen Rojas, la sicóloga del Hospital Fray Bernardino,
hizo unas declaraciones similares a otro reportero sobre el interno que “no
acepta su enfermedad, por lo tanto no quiere que se le aplique un tratamiento y
prefiere huir del hospital”.[20]
Que la enfermedad mental es salirse de línea, una “fuga de las
estadísticas”, lo pude comprobar además en una plática que sostuve en julio de
2001 con un sicólogo clínico del CORA (Consejo de Orientación para
Adolescentes) en la Ciudad de México. El
sicólogo me informó que a la mayoría de los jóvenes que le llevaban sus padres
él los diagnosticaba de “boarders”. Boarder es un término siquiátrico muy
popular en Norteamérica que se refiere al boarder
personality disorder (personalidad fronteriza) del DSM : el “trastorno” de un
individuo que se sale de la media estadística.
En la legislación mexicana también
encontré una franca definición de enfermedad mental. El artículo 144 del Código Sanitario mexicano
define qué cae bajo la designación de enfermedades mentales: “I. Las diversas formas de psicosis. II. Las diversas formas de neurosis. III. Los defectos de desarrollo mental, los
determinados por regresión orgánica cerebral, los trastornos de personalidad,
los trastornos somáticos de origen psíquico presumible, los padecimientos
psicosociales y otros que señale el Consejo de Salubridad General”. En pocas palabras: cualquier conducta humana
puede ser interpretada como enfermedad mental.
Todos los seres humanos somos “neuróticos” o tenemos “problemas de
personalidad” en cierta medida. Por lo
tanto, los cien millones de mexicanos podemos estar mentalmente enfermos. La definición del Código Sanitario es tan
amplia que a auténticas enfermedades neurológicas “determinadas por regresión
orgánica cerebral” las mete en el mismo costal que “los padecimientos
psicosociales”. Esta es la táctica del DSM norteamericano: un siquiatra puede considerar
prácticamente cualquier conducta humana como trastornada, definición de donde
proviene su poder político para encarcelar a quien se le dé la gana.
Una definición de enfermedad mental tan
amplia explica que en los diagnósticos de los expedientes de un siquiátrico
público se incluyeran, por ejemplo: “prostitución”, “alcoholismo”,
“homosexualidad”, “afectividad inapropiada” e incluso “personas abandonadas”.[21]
El expediente de Berta dice: “Agresividad, tendencia a la fuga, desaliño
personal”. Las siguientes son otras
voces de las “enfermas” del siquiátrico público:
“Esta niña, por ejemplo, ¿cuántos años
cree que tiene? Debe tener como trece. Ella no es reo. La encontraron en Salud
Mental; alguien la abandonó ahí y no sabemos quiénes son sus padres”.
Con el cuerpo envuelto en la oscuridad de
la celda, Consuelo Orozco relata el motivo de su encierro:
“Me
trajo mi mamá porque tomaba y luego me portaba mal. Aquí dicen que estoy loca. Bueno, si quieren sí. Pero que me saquen de este pabellón. No podemos salir al jardín. Nos tienen con cadena y candado. Con cadena y candado como en la cárcel. Queremos ver el sol, ver la tiendita, aunque
no compremos”.[22]
Las enfermedades de Berta y de Consuelo
son tan temibles que las democracias del mundo las mantienen en cárceles donde
se suprime el proceso penal y la fecha límite para cumplir una condena. Con este tipo de definiciones de enfermedad
mental el imperio de la ley ha sido reemplazado por el imperio de la discreción
médica. Nuestras sociedades, y me
refiero no sólo a México, se basan cada vez más en este último porque los
siquiatras son virtuosos en vendernos la idea que la entidad que llaman enfermedad
mental, algo que rarísima vez definen, existe.
La manera como, sin definirla, Ramón de
la Fuente nos vende la idea es martillar sin tregua y sin ninguna piedad con la
palabra “enfermos”, una y otra vez a lo largo de sus libros, hasta que el
lector desprevenido se da por rendido ante el entimema y la idea de enfermedad
mental es implantada. Eso sí: estos
siquiatras nos dejan saber quiénes son los enfermos cuando hablan de “programas
específicos para el manejo de niños, adolescentes, pacientes seniles,
alcohólicos, etc.”[23]
La ambigüedad del concepto “enfermedad
mental” es un tema tan actual que en los años 2002 y 2003 se discutió
acaloradamente a raíz de una propuesta de ley en Estados Unidos para obligar a
las compañías aseguradoras a incluir a la “enfermedad mental” en la cobertura
de los seguros de salud: la llamada Mental
Health Parity Law.[24]
Al leer un pasaje autobiográfico de un abogado
estadounidense, que decía que de joven había vivido engañado al creer que su
país era una democracia, entendí que las naciones donde se respetan los
derechos humanos no existen.[25] Y
no existirán hasta que el maltrato a los hijos, la pobreza y la siquiatría sea
abolidas en una de las naciones llamadas democráticas.
En el rubro de la siquiatría, ilustraré
lo que quiero decir con una de las ideas rectoras del liberalismo moderno,
heredero de la Ilustración y la Revolución francesa: la separación de los
poderes en ejecutivo, legislativo y judicial y, además, la separación entre la
iglesia y el Estado. Esta separación fue
una reacción frente a los poderes absolutistas del rey y de la iglesia. Recordemos, por ejemplo, que la voluntad del
rey era suficiente para encarcelar en la Bastilla a la gente que no había roto
la ley. Asimismo, la voluntad del
inquisidor era suficiente para acusar a algún cristiano de hereje y
destruirlo. En teoría la idea de la
separación de poderes parece excelente; pero en la práctica los derechos
constitucionales de muchos siguen siendo invalidados por los poderosos.
Los siquiatras tienen su propio Congreso
de la Unión o Parlamento con poderes legislativos: el derecho de expedir leyes
especiales sobre delitos mentales o ideacrímenes, como decía Orwell. La Asociación Psiquiátrica Americana ha incluido
en su manual DSM conductas normales como distraerse en colegios hostiles para
el niño. Por medio del acuerdo
internacional de usar el DSM como el criterio para pagarle a las compañías
de seguros en casos de alegada enfermedad mental, el DSM y sus copias europeas se
han impuesto virtualmente como ley especial en muchos países. Pero, como hemos visto, los criterios del DSM para distinguir a la enfermedad de la salud
mental son tan amplios que, según reconocen algunos médicos, con las cientos de
etiquetas “cualquiera en esta sala podría encuadrar en dos o tres de los
diagnósticos”.[26]
Incluso en España y en los países donde las compañías de seguros no son
tan ubicuas como en Norteamérica, la influencia del DSM es formidable debido al ICD o
International Classification of Diseases (Clasificación
internacional de enfermedades) que publica la Organización Mundial de la Salud,
que trabaja estrechamente con los redactores del DSM.
Además de su status de “legisladores”, al
igual que los inquisidores los siquiatras tienen poderes judiciales para
estigmatizar oficialmente a un individuo específico ante la sociedad:
declararlo enfermo mental según una categoría del DSM o del ICD. A diferencia de la
jurisprudencia común, que requiere de un juicio imparcial con un abogado
defensor en un juzgado establecido, los poderes judiciales del siquiatra son
absolutistas: puede acusar y declarar culpable a un individuo a su entera
discreción, justo como se hacía con la lettre
de cachet. A Mario Cantú, por
ejemplo, el siquiatra contratado lo juzgó y lo encontró culpable —es decir lo
declaró enfermo— sin conocerlo personalmente.
La madre simplemente contrató sus servicios. Aunque en teoría la ley española especifica
que el internamiento involuntario lo tiene que aprobar un juez, en la práctica
éste no pone en duda el diagnóstico del siquiatra. Sé de un caso en las Islas Canarias en que
una mujer en sus perfectos cabales fue internada en un siquiátrico sin juicio
alguno, lo que me hace suponer que en la vida real las cosas no difieren mucho
de lo que sucede en México.[27]
Asimismo, al igual que los inquisidores
los siquiatras tienen un poder
ejecutivo. Por medio de una policía especial pueden
secuestrar a ciudadanos para llevarlos a una cárcel bajo su total
jurisdicción. Así, el despertar en una
celda con una diadema plateada en la cabeza para matarnos un buen número de
neuronas es un acto legal en México y en el resto de las naciones que toleran y
promueven a un estado dentro de su Estado.
El ser juzgado de enfermo mental es la
clasificación más denigrante que se le puede imputar a una persona, y en el
mundo actual la tendencia es clasificar cada vez a más seres humanos de
enfermos. Sobra decir que la calumnia
beneficia únicamente a quien contrata al profesional en un conflicto entre
personas; nunca a la persona calumniada.
Al nacimiento de los Estados Unidos sólo
uno de cada mil individuos era considerado un enfermo mental. A principios del siglo XX los siquiátricos
estatales albergaban a 150,000 internados, y al iniciar la segunda guerra
mundial ya había medio millón. A finales
de siglo los Estados Unidos estaban gastando más dinero en los individuos
internados en siquiátricos que en el tratamiento del cáncer.[28]
Actualmente los siquiatras creen que muchos jóvenes requieren de algún
tipo de servicio siquiátrico. Richard
Sarles, quien fuera presidente de la Sociedad Americana de Psiquiatría de
Adolescentes que representa a cinco mil siquiatras estadounidenses, declaró:
“Aproximadamente el 20 por ciento del los niños y adolescentes sufren de
enfermedades psiquiátricas lo suficientemente significativas como para requerir
de servicios de salud mental. Mientras el campo de enfermedades psiquiátricas
se vuelve más sofisticado e informado, estamos identificando a muchos niños y
adolescentes que manifiestan psicopatología severa a edades cada vez más
tempranas”.[29]
En 1992 Robert Trachtenberg, un funcionario público en el área e salud
mental, declaró: “En un día dado, más de veintitrés millones de
estadounidenses, incluyendo casi ocho millones de niños, sufren de enfermedad
mental”.[30]
Desde el punto de vista sociológico, la
movilización de un ejército de calumniadores profesionales puede significar una
reencarnación del espíritu del Gran Encierro del siglo XVII. Aunque España no es aún el Estado Terapéutico
en que se ha convertido Estados Unidos, las autoridades españolas de sanidad
alegan que ochocientos mil ciudadanos, es decir, el dos por ciento de la
población, sufren de enfermedad mental.
El 25 de enero de 1569 Felipe II firmó
una real célula en la que fundaba el Tribunal del Santo Oficio de la
Inquisición en las Indias Occidentales (México). Por medio de la Inquisición Felipe II trató
de influir cada vez más en el mundo para beneficio de la iglesia de Roma. Similarmente, algunos siquiatras han querido
influir cada vez más en sus naciones para beneficio del gremio de los
médicos. Esto se desprende de las
palabras de Howard Rome, uno de los presidentes de la Asociación Psiquiátrica
Americana (APA). En 1968 Rome declaró:
“Realmente, el área de actuación de la psiquiatría de hoy es el mundo entero, y
la psiquiatría no tiene por qué aterrarse ante la magnitud de su tarea”.[31]
Rome no fue el único presidente de la APA que ha hecho este tipo de
declaraciones. En su conferencia magistral
como presidente de la APA, Harvey Tompkins ostentó: “Nos estamos acercando a
una población de psiquiatras de veinte mil, cifra unas cuatro veces superior a
la de hace dos décadas. Este ubérrimo crecimiento no habría acontecido sin los
subsidios del Gobierno que han sido canalizados hacia nuestra educación
profesional”.[32]
Tompkins dijo eso en 1967. A esta nueva criatura social, el poder creciente de los médicos, Szasz le llama farmacr