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Parte  IV

 

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Qué es realmente la siquiatría

 

 

 

 

 

El imperio del poder siquiátrico crece diariamente hasta cubrirlo casi todo, pero no hemos reconocido su existencia, y mucho menos entendido su papel en la sociedad.

 

Thomas  Szasz  [1]

 

 

 

 

La  “enfermedad mental” según la familia

 

El Hospital Fray Bernardino Álvarez, el gran siquiátrico público de la capital mexicana, funciona con frecuencia como una institución punitiva para los miembros identificados de algunas familias donde los responsables de la admisión son los familiares mismos.  Que mucha gente identificada que sus familiares encarcela no están locos se desprende del diagnóstico de internamiento que la periodista Teresa Gurza descubrió en los años setenta, la década en que tuve el problema con Amara.  A los pacientes de nuevo ingreso se les diagnosticaba entonces “neurosis de carácter”: un diagnóstico tan vago, ambiguo y fraudulento como el de “carácter esquizoide” de Amara.

La práctica continúa en el siglo XXI.  En Estados Unidos se oye mucho la expresión behaviour disorders (trastornos de la conducta) al hablar de la población joven que se desea someter: otro diagnóstico demasiado vago que puede aplicarse a cualquier menor.  De hecho, los diagnósticos más comunes para someter a los menores en el nuevo siglo son vagos: “trastorno de la conducta”, “trastorno de ajuste adolescente”, “oposicionismo”, “déficit de atención”, etcétera.

En los 1980 el portavoz oficial del Fray Bernardino concedió una entrevista a los reporteros.  Al referirse a los internados en esa institución, observó:

“La familia los trae esposados, amarrados, como sea.  Es algo de lo más folclórico”.  Para cambiar conductas, los médicos del Fray Bernardino cuentan con herramientas poderosas.  Una de ellas la explica el portavoz oficial:

“A ellos se les dan también unos toques [electroshocks] y al segundo o tercer día ya están bien”.[2]

En 2005 Marco López Butron, director del Fray Bernardino, dijo que en su institución hay una petición muy alta de familiares que acuden por problemas no médicos.  “En muchos casos la petición de la familia es internar al enfermo”; la familia demanda “que lo tengan permanentemente” internado.[3]  No obstante, el director del Fray Bernardino del siglo XXI recomienda menos de un mes de internamiento. 

Esto muestra que agresor original no es la siquiatría, sino la familia.  En la primera parte de este libro vimos que el director del departamento donde Masson hizo sus prácticas enseñaba que cuando un niño era “identificado” como paciente por sus padres estaba trastornado siquiátricamente hablando.  Para ese siquiatra los padres no erraban al hacer este tipo de diagnósticos caseros.  Es muy ilustrativo tomar nota de lo que dicen las autoridades cuando los reporteros les hacen preguntas difíciles sobre este asunto.

En tiempos en que tuve el problema con Amara Teresa Gurza trató de entrevistar a Ramón de la Fuente, titular de la Dirección de Salud Mental de la entonces llamada Secretaría de Salubridad y Asistencia.  De la Fuente declinó y designó a un subalterno, el doctor Leonardo Iglesias.  Las siguientes declaraciones de este siquiatra están basadas en la trascripción de la grabación hecha por la periodista.

Iglesias le dijo a Gurza que “la situación de las granjas psiquiátricas es buena”.  Y añadió: “Lo que menciona acerca de la desnudez, y en esto le voy a ser muy sincero, gran parte de la desnudez de nuestros enfermos se debe a una expresión de su patología mental”.[4]  Gurza le respondió que en los siquiátricos que visitó había visto a niños cuyos reportes no hablaban de trastornos mentales, y sin embargo estaban desnudos y atados a sillas; y que había visto también a enfermeras que les pegaban a los niños y a los adultos más débiles.  El doctor Iglesias era el jefe del Departamento de Ciencia Psiquiátrica de la Dirección de Salud Mental en México cuando Gurza le preguntó, además, por qué los siquiátricos reciben a ancianos sanos y a niños cuerdos.  Iglesias respondió que a veces la conducta de un individuo “es peligrosa para sí mismo, como en el caso de los suicidas o peligrosa para los demás”, fórmula que, como hemos visto, es la fórmula clásica de arresto preventivo en las mal llamadas sociedades libres.  Luego definió a la enfermedad mental de manera tan honesta que su definición debiera grabarse en mármol en las facultades de medicina:

En otras ocasiones, sencillamente es una patología que los demás no toleran; y cuando digo los demás quiero decir la familia o el grupo social con el cual convive.[5]

Más claro y transparente no puede estar.  Gurza quiso entrevistar a Ramón de la Fuente acerca de por qué hay gente cuerda en los siquiátricos mexicanos, el funcionario de más alto rango de salud mental en México en aquellos tiempos.  De la Fuente declinó y asignó a Iglesias, también un funcionario mexicano de salud mental.  Y para este último los niños y ancianos cuerdos que menciona Gurza tienen una patología.  ¡Pero por patología entiende una conducta que los cercanos “no toleran” según sus propias palabras! 

Así que Amara no es el único seudogaleno que diagnosticó de enfermo al muchacho cuerdo con problemas con sus padres.  Esos años las más altas autoridades de salud mental en México se comportaban exactamente igual.  La política de internamiento siquiátrico ha sido simplemente la intolerancia de los cercanos hacia un miembro de la familia.  Si a un padre le disgusta la conducta de su hijo, tal conducta puede considerarse oficialmente enferma, esquizoide, patológica.  La definición de arriba no es exclusiva de la siquiatría mexicana.  Karl Menninger, eminente siquiatra estadounidense en tiempos de la posguerra, definió la enfermedad mental como “cierto estado de existencia que es incómodo para alguien [...], el sufrimiento puede estar en al persona afligida, en los cercanos, o en ambos”.[6]  No es exagerado decir que la siquiatría es una profesión cuyo propósito expreso es caer a un estado de folie à deux del profesional con los padres a fin de proteger la familia nuclear.

Antes de su reforma, este estado de locura compartida era patente en el Hospital Sáyago que albergaba a 450 de mexicanas, la mayoría provenientes de la antigua Castañeda, cuando Gurza lo visitó.  ¿Se recuerda cómo el tío de John Bell quiso deshacerse de su sobrino?  Algunas de las ancianas del Sáyago eran víctimas de familiares que se deshicieron de ellas.  Según Gurza, estas mujeres ni siquiera se encontraban en estado senil al ingresar.  Pero también había muchachas muy jóvenes en ese siquiátrico público, y quisiera darle voz a una de ellas:

“Yo quiero a mi mamá que vive en Durango, yo quiero a mi mamá que vive en Durango”, y Margarita llora y llora recordando a su familia, abrumada por el dolor de saberse abandonada y encerrada en este hospital.  [Su] recuperación sería posible en otro ambiente.  Otras mujeres consuelan a Margarita: “Ya niña, no llores Margarita, por favor Margarita”, y nos informan que así pasa el día “la pobre Margarita”.[7]

Es imposible que a prisioneras como Margarita se les haga justicia en un mundo que define, como lo hizo el funcionario del sector salud, la enfermedad mental como una conducta que los familiares no toleran.  Casos como el de esta niña muestran que la raíz del problema no se encuentra dentro de los muros del siquiátrico, sino afuera: en la institución familiar.

Aludí al viejo reportaje de Teresa Gurza por una razón personal: quería hablar de la siquiatría pública en los mismos años en que me atacó un siquiatra privado.  Pero a finales del siglo XX y a principios del XXI la situación en los  siquiátricos mexicanos es prácticamente la misma.

En julio de 1996, agosto de 1998 y noviembre de 2000 la sociedad norteamericana Mental Disability Rights International (MDRI) realizó estudios in situ en siete siquiátricos mexicanos: Ramírez Moreno, Nieto, Sáyago, Ocaranza (posteriormente reformado), Navarro, Jalisco y Fray Bernardino.  En conjunto estas instituciones albergaban entonces a dos mil internados.  Al equipo MDRI no se les autorizó videograbar a los pacientes del Fray Bernardino, no obstante, publicó un informe sobre el estado de los derechos humanos en los siquiátricos visitados.  Acerca de los sesenta niños internados en el Hospital Jalisco en los albores del nuevo siglo, el equipo MDRI observó:

En la institución psiquiátrica Jalisco, las condiciones en el pabellón de niños son más graves.  A los niños los dejan acostados sobre un colchón en el piso, algunos de ellos cubiertos de orina y excremento.  Durante la visita realizada por el equipo en agosto de 1998 abundaban las moscas y el olor era abrumador.  Es común el autoabuso y la falta de atención médica básica.  Se observaron niños que, por no tener supervisión adecuada, se comían su propio excremento y abusaban de sí mismos sin que el personal les prestara atención [...].

Se observó que otros niños permanecían atados a las camas o con las mangas atadas sobre las manos.[8]

Al igual que el reportaje de Gurza, MDRI observó que a finales del siglo XX: “la mayoría de las personas internadas en las instituciones visitadas permanecen ahí de por vida”.[9]  Que algunos de éstos han sido repudiados por su familia se desprende de otra declaración del equipo MDRI:

Un gran número de personas internadas en este tipo de instituciones son calificados oficialmente de abandonados —personas internadas porque no tienen familia u otro lugar a donde ir.  En noviembre de 1999 los directores de dos instituciones calcularon que el número de abandonados en sus propias instituciones ascendía al 75-80 por ciento.[10]

Algunos de los abandonados son como Margarita, quien lloraba diciendo “Yo quiero a mi mamá que vive en Durango, yo quiero a mi mamá que vive en Durango”.  Esta niña estaba cuerda.  Pero el siguiente dato sugiere que otro tipo de internados no padecían de trastornos mentales sino de enfermedades neurológicas y auténticos síndromes genéticos.  Según su informe: “El equipo MDRI identificó otros grupos detenidos injustificadamente en instituciones psiquiátricas.  Entre un tercio y la mitad de las personas internadas en las ‘granjas’ mexicanas se identificaban como personas que padecen epilepsia o retraso mental”.[11]  Los epilépticos abandonados en las granjas tienen una auténtica enfermedad cerebral por lo que, según los criterios de MDRI, no está justificado tenerlos en siquiátricos.  Algo similar puede decirse de los retrasados mentales.  Que otros internos tampoco son “enfermos mentales” en el sentido siquiátrico ortodoxo, sino que se les etiquetó simplemente para llenar los formularios de internamiento como lo hicieron con John Bell, lo sugiere esta otra observación del equipo MDRI:

Los registros carecen de un diagnóstico completo e incluyen muy poca información sobre los antecedentes sociales y médicos del paciente.  En general, el diagnóstico se limita a señalar que el paciente es “psicótico” o “esquizofrénico”.  A menudo, el único detalle adicional en el historial clínico es si el paciente se considera de condición “aguda” o “crónica”.[12]

La etiqueta es el preámbulo para encarcelar a un ciudadano al margen de la ley.  En todos los siquiátricos visitados por MDRI se administraban neurolépticos a los internos.  Como he dicho, su uso prolongado causa las enfermedades neurológicas permanentes disquinesia y distonía tardía, además de la frecuente acatisia y el ocasional síndrome neuroléptico maligno.  El equipo MDRI observó que varios internos presentaban los efectos de altas dosis de estos químicos.  Reportaron haber visto movimientos rítmicos en los labios y lengua de los internos, crujido de dientes y hacer gestos torcidos con las manos: signos inequívocos de disquinesias tardías. 

El año 2000 el equipo MDRI publicó su devastador informe de 94 páginas sobre el estado de los derechos humanos en los siquiátricos mexicanos.  En el siglo XXI se continúan administrando minusvalidantes neurolépticos a niños, adultos y ancianos en todos los siquiátricos, recintos y casas de medio camino, como lo atestiguan los directores de siquiátricos que he entrevistado y un reporte del año 2003 auspiciado por la Organización Panamericana de la Salud.[13]  La gente ha sido recluida debido a que “la familia no los tolera”: una de las definiciones más honestas que he leído de enfermedad mental en boca de un siquiatra.

 

 

 

Si te sales de la media eres un enfermo

 

La psiquiatría es la nueva religión. Decidimos qué es bueno y malo, lo loco y lo sano.

Los doce monos  [14]

 

Si alguien merece el título de ingeniero social de la siquiatría mexicana es sin lugar a dudas el doctor Ramón de la Fuente.  La influencia de su obra permea importantes áreas de la política siquiátrica del país.

De la Fuente fundó el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” que depende de la Secretaría de Salud.  Cuando en enero de 2002 visité el lugar me quedé estupefacto.  El Instituto Nacional de Psiquiatría consiste de seis edificaciones construidas en un predio de 23,000 metros cuadrados.  Sentí que me encontraba en los cuarteles generales del incipiente Estado Terapéutico Mexicano, y me pregunté si habría un equivalente de esta pequeña ciudad en otros países.  El mismo instituto reconoce que “los recursos financieros del instituto provienen, en su mayor parte, del Gobierno Federal”.[15]

El hijo de Ramón de la Fuente, que lleva el nombre del padre, se graduó como siquiatra en Rochester, la Meca de la siquiatría mundial, y llegó a ser rector de la UNAM, la máxima casa de estudios en México.  (En el programa de radio del 28 de octubre de 2004 el doctor Ernesto Lammoglia declaró que de la Fuente Jr. ocupó el cargo de rector como premio por haber controlado la conducta de la esposa de Zedillo con drogas siquiátricas cuando éste era presidente de México.)  En la biblioteca del Departamento de Psiquiatría de la UNAM —el mismo lugar del que salí huyendo en pánico a mis diecisiete años como conté al principio de este libro— aparecen fotografías de las diversas generaciones de médicos siquiatras de la universidad.  De la Fuente padre aparece como la figura central entre los estudiantes recién egresados. 

Debo decir que, como mi lectura del cibersitio de NAMI, le lectura que hice de los textos de Ramón de la Fuente fue una empresa capciosa.  Lo primero que el investigador avispado debe hacer al enfrentarse con el texto de un sofisticado siquiatra es ponerse los guantes.  La manera como de la Fuente y sus colegas usan la nuevahabla impregna tanto sus escritos que, de no haber sido por mi marcatextos con el que señalé cada trampa semántica que encontré, habría sido imposible entenderlo.  Me sorprendió la frecuencia de palabras como “enfermo” y “enfermos mentales” en los escritos de de la Fuente.  El uso frecuente de una expresión que no se define es pura retórica. 

Aristóteles le llamaba entimema a este truco.  Los manuales de de la Fuente pueden entenderse como un enorme silogismo engañoso o entimema.  Por ejemplo, en más de cuatrocientas páginas de Salud mental en México el lector buscará en vano la definición de “salud mental”.  Por más extraño que pueda parecer, ni la salud mental ni la enfermedad mental, los conceptos centrales de la siquiatría, se definen: se dan por supuestos.  Sólo se dan ejemplos de las alegadas enfermedades mentales.  En el capítulo de la adolescencia del manual, por ejemplo, se habla de “intentos de suicidio, “conducta sexual”, “abuso de sustancias”, “bandas juveniles” y de las “medidas de prevención” para estas enfermedades.  Pero el concepto central de la siquiatría queda sin definición precisa.  Hablando en cristiano podría pensarse que éstos son malos hábitos de adolescentes confundidos, pero no enfermedades en sentido médico.

Ocasionalmente un reportero le hace al siquiatra la pregunta directa: “¿Qué es para usted un enfermo mental?”  Teresa Gurza le hizo esta pregunta, la pregunta cardinal que debe hacérsele a todo siquiatra, al doctor Leonardo Iglesias en la entrevista grabada; la misma entrevista que de la Fuente evitó.  Es muy ilustrativo escuchar lo que Iglesias respondió:

Realmente ésta es una pregunta muy difícil de contestar, puesto que tiene implicaciones de orden propiamente médico, técnico, filosófico, ideológico y sociológico.  Requeriría de todo un tratamiento amplio.  Para nosotros, en términos prácticos, esto es momentáneo: alguna persona que en algún momento dado requiere asistencia especializada en el área de salud mental.[16]

No podría señalar con mayor elocuencia la charlatanería que es la siquiatría que con estas palabras de un siquiatra mexicano.  Un verdadero médico —un cardiólogo, neurólogo o gastroenterólogo— respondería a la pregunta ¿Qué es para usted la enfermedad? señalando la patología celular en los tejidos, o la patología fisiológica o bioquímica, o la presencia de bacterias o de virus parásitos en un organismo.  Si una reportera tuviera dudas de que la enfermedad fuera real, el médico la invitaría al laboratorio para que viera por sí misma las bacterias o las disfunciones histopatológicas en el microscopio.  Sobre una coronaria bloqueada con placas de colesterol, por ejemplo, un cardiólogo jamás argüiría que “es algo muy difícil de definir porque tiene implicaciones filosóficas, sociológicas e ideológicas”.  El cardiólogo simplemente nos mostraría las fotografías de las placas de grasa animal acumuladas en las arterias que se han extraído de los pacientes operados del corazón.  El verdadero científico apela a lo que puede verse y cuantificarse; usa microscopios, telescopios y su simple vista.  No se le oye hablar de filosofías o ideologías.  Si la definición de enfermedad mental tiene las implicaciones ideológicas mencionadas por Iglesias, es más que obvio que la siquiatría poco tiene que ver con las ciencias exactas.

El objeto del científico es el mundo empírico.  El del ideólogo, las doctrinas y metanarrativas.  Y el del inquisidor, la persecución de los disidentes.  Un físico no nos habla de la energía o de la materia, el concepto central en física, como entidades filosóficas o ideológicas: es obvio que existen y nadie se atreve a cuestionarlas.  Pero Iglesias nos habla de la enfermedad mental, el concepto central en siquiatría, como una entidad que omite definir: “Para nosotros, en términos prácticos, alguna persona que en algún momento dado requiere de asistencia especializada en el área de salud mental” es el enfermo.  Así, al igual que los manuales de de la Fuente, la criatura “enfermedad mental” queda sin definición: es un entimema.

El mismo DSM  evita definir la entidad de su materia de estudio.  En la introducción del DSM -IV se nos dice: “El término ‘trastorno mental’, al igual que otros muchos términos en la medicina y en la ciencia, carece de una definición operacional consistente que englobe todas las posibilidades”.[17]

Que los términos en ciencia son ambiguos es falso.  Basta conocer los rudimentos de la física, por ejemplo, para saber que las entidades que estudian los físicos están claramente definidas, además de ser perfectamente cuantificables.  No obstante, si se busca con persistencia es posible hallar en un rincón de las bibliotecas alguna definición de salud y de enfermedad mental, tanto en boca de siquiatras como de la pluma de legisladores.

En una entrevista concedida a Proceso el doctor Hermelindo Oliva, subdirector del Fray Bernardino, el siquiátrico más importante de la Secretaría de Salud y al momento de la entrevista el vocero oficial de la siquiatría institucional en México, expresó que a la salud mental hay que ubicarla “en ciertos parámetros dentro de los que se mueve una persona en su rendimiento familiar, en sus relaciones sociales, en su productividad en el trabajo y en su ajuste psicológico. La gente que se aparta de esta media estadística es la que consideramos fuera de la normalidad”.[18]

¡Esta es una excelente definición del concepto central de la siquiatría!  Me recuerda la franqueza de Heinroth y complementa la definición del siquiatra en el capítulo anterior (“Lo que la familia no tolera”).  La enfermedad mental es, pues, una fuga de las estadísticas: una disidencia de la norma homogeneizadora con la que el status quo juzga quién de nosotros se está saliendo de línea.

Si el enfermo no está de acuerdo con esta definición, el tratamiento siquiátrico lo iluminará.  El doctor Oliva fue implacable: “El enfermo mental muchas veces no tiene advertencia de su enfermedad, no acepta estar enfermo; entonces, se muestra renuente a tomar sus medicamentos y esto favorece las recaídas. Parte del tratamiento consiste en hacer consciente al paciente y a la familia de que está enfermo y de que necesita seguir su tratamiento”.[19]  Otro O’Brien…

En junio de 2002, veinte años después de la entrevista a Oliva, Carmen Rojas, la sicóloga del Hospital Fray Bernardino, hizo unas declaraciones similares a otro reportero sobre el interno que “no acepta su enfermedad, por lo tanto no quiere que se le aplique un tratamiento y prefiere huir del hospital”.[20]  Que la enfermedad mental es salirse de línea, una “fuga de las estadísticas”, lo pude comprobar además en una plática que sostuve en julio de 2001 con un sicólogo clínico del CORA (Consejo de Orientación para Adolescentes) en la Ciudad de México.  El sicólogo me informó que a la mayoría de los jóvenes que le llevaban sus padres él los diagnosticaba de “boarders”.  Boarder es un término siquiátrico muy popular en Norteamérica que se refiere al boarder personality disorder (personalidad fronteriza) del DSM : el “trastorno” de un individuo que se sale de la media estadística.

En la legislación mexicana también encontré una franca definición de enfermedad mental.  El artículo 144 del Código Sanitario mexicano define qué cae bajo la designación de enfermedades mentales:  “I. Las diversas formas de psicosis.  II. Las diversas formas de neurosis.  III. Los defectos de desarrollo mental, los determinados por regresión orgánica cerebral, los trastornos de personalidad, los trastornos somáticos de origen psíquico presumible, los padecimientos psicosociales y otros que señale el Consejo de Salubridad General”.  En pocas palabras: cualquier conducta humana puede ser interpretada como enfermedad mental.  Todos los seres humanos somos “neuróticos” o tenemos “problemas de personalidad” en cierta medida.  Por lo tanto, los cien millones de mexicanos podemos estar mentalmente enfermos.  La definición del Código Sanitario es tan amplia que a auténticas enfermedades neurológicas “determinadas por regresión orgánica cerebral” las mete en el mismo costal que “los padecimientos psicosociales”.  Esta es la táctica del DSM  norteamericano: un siquiatra puede considerar prácticamente cualquier conducta humana como trastornada, definición de donde proviene su poder político para encarcelar a quien se le dé la gana.

Una definición de enfermedad mental tan amplia explica que en los diagnósticos de los expedientes de un siquiátrico público se incluyeran, por ejemplo: “prostitución”, “alcoholismo”, “homosexualidad”, “afectividad inapropiada” e incluso “personas abandonadas”.[21]  El expediente de Berta dice: “Agresividad, tendencia a la fuga, desaliño personal”.  Las siguientes son otras voces de las “enfermas” del siquiátrico público:

“Esta niña, por ejemplo, ¿cuántos años cree que tiene? Debe tener como trece.  Ella no es reo. La encontraron en Salud Mental; alguien la abandonó ahí y no sabemos quiénes son sus padres”.

Con el cuerpo envuelto en la oscuridad de la celda, Consuelo Orozco relata el motivo de su encierro:

“Me trajo mi mamá porque tomaba y luego me portaba mal.  Aquí dicen que estoy loca.  Bueno, si quieren sí.  Pero que me saquen de este pabellón.  No podemos salir al jardín.  Nos tienen con cadena y candado.  Con cadena y candado como en la cárcel.  Queremos ver el sol, ver la tiendita, aunque no compremos”.[22]

Las enfermedades de Berta y de Consuelo son tan temibles que las democracias del mundo las mantienen en cárceles donde se suprime el proceso penal y la fecha límite para cumplir una condena.  Con este tipo de definiciones de enfermedad mental el imperio de la ley ha sido reemplazado por el imperio de la discreción médica.  Nuestras sociedades, y me refiero no sólo a México, se basan cada vez más en este último porque los siquiatras son virtuosos en vendernos la idea que la entidad que llaman enfermedad mental, algo que rarísima vez definen, existe. 

La manera como, sin definirla, Ramón de la Fuente nos vende la idea es martillar sin tregua y sin ninguna piedad con la palabra “enfermos”, una y otra vez a lo largo de sus libros, hasta que el lector desprevenido se da por rendido ante el entimema y la idea de enfermedad mental es implantada.  Eso sí: estos siquiatras nos dejan saber quiénes son los enfermos cuando hablan de “programas específicos para el manejo de niños, adolescentes, pacientes seniles, alcohólicos, etc.”[23]

La ambigüedad del concepto “enfermedad mental” es un tema tan actual que en los años 2002 y 2003 se discutió acaloradamente a raíz de una propuesta de ley en Estados Unidos para obligar a las compañías aseguradoras a incluir a la “enfermedad mental” en la cobertura de los seguros de salud: la llamada Mental Health Parity Law.[24]

 

 

 

 

Una definición corregida de Estado Terapéutico

 

Al leer un pasaje autobiográfico de un abogado estadounidense, que decía que de joven había vivido engañado al creer que su país era una democracia, entendí que las naciones donde se respetan los derechos humanos no existen.[25]  Y no existirán hasta que el maltrato a los hijos, la pobreza y la siquiatría sea abolidas en una de las naciones llamadas democráticas.

En el rubro de la siquiatría, ilustraré lo que quiero decir con una de las ideas rectoras del liberalismo moderno, heredero de la Ilustración y la Revolución francesa: la separación de los poderes en ejecutivo, legislativo y judicial y, además, la separación entre la iglesia y el Estado.  Esta separación fue una reacción frente a los poderes absolutistas del rey y de la iglesia.  Recordemos, por ejemplo, que la voluntad del rey era suficiente para encarcelar en la Bastilla a la gente que no había roto la ley.  Asimismo, la voluntad del inquisidor era suficiente para acusar a algún cristiano de hereje y destruirlo.  En teoría la idea de la separación de poderes parece excelente; pero en la práctica los derechos constitucionales de muchos siguen siendo invalidados por los poderosos.

Los siquiatras tienen su propio Congreso de la Unión o Parlamento con poderes legislativos: el derecho de expedir leyes especiales sobre delitos mentales o ideacrímenes, como decía Orwell.  La Asociación Psiquiátrica Americana ha incluido en su manual DSM conductas normales como distraerse en colegios hostiles para el niño.  Por medio del acuerdo internacional de usar el DSM  como el criterio para pagarle a las compañías de seguros en casos de alegada enfermedad mental, el DSM  y sus copias europeas se han impuesto virtualmente como ley especial en muchos países.  Pero, como hemos visto, los criterios del DSM  para distinguir a la enfermedad de la salud mental son tan amplios que, según reconocen algunos médicos, con las cientos de etiquetas “cualquiera en esta sala podría encuadrar en dos o tres de los diagnósticos”.[26]  Incluso en España y en los países donde las compañías de seguros no son tan ubicuas como en Norteamérica, la influencia del DSM es formidable debido al ICD o International Classification of Diseases (Clasificación internacional de enfermedades) que publica la Organización Mundial de la Salud, que trabaja estrechamente con los redactores del DSM.

Además de su status de “legisladores”, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen poderes judiciales para estigmatizar oficialmente a un individuo específico ante la sociedad: declararlo enfermo mental según una categoría del DSM  o del ICD.  A diferencia de la jurisprudencia común, que requiere de un juicio imparcial con un abogado defensor en un juzgado establecido, los poderes judiciales del siquiatra son absolutistas: puede acusar y declarar culpable a un individuo a su entera discreción, justo como se hacía con la lettre de cachet.  A Mario Cantú, por ejemplo, el siquiatra contratado lo juzgó y lo encontró culpable —es decir lo declaró enfermo— sin conocerlo personalmente.  La madre simplemente contrató sus servicios.  Aunque en teoría la ley española especifica que el internamiento involuntario lo tiene que aprobar un juez, en la práctica éste no pone en duda el diagnóstico del siquiatra.  Sé de un caso en las Islas Canarias en que una mujer en sus perfectos cabales fue internada en un siquiátrico sin juicio alguno, lo que me hace suponer que en la vida real las cosas no difieren mucho de lo que sucede en México.[27]

Asimismo, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen un poder ejecutivo.  Por medio de una policía especial pueden secuestrar a ciudadanos para llevarlos a una cárcel bajo su total jurisdicción.  Así, el despertar en una celda con una diadema plateada en la cabeza para matarnos un buen número de neuronas es un acto legal en México y en el resto de las naciones que toleran y promueven a un estado dentro de su Estado. 

 

 

El ser juzgado de enfermo mental es la clasificación más denigrante que se le puede imputar a una persona, y en el mundo actual la tendencia es clasificar cada vez a más seres humanos de enfermos.  Sobra decir que la calumnia beneficia únicamente a quien contrata al profesional en un conflicto entre personas; nunca a la persona calumniada.

Al nacimiento de los Estados Unidos sólo uno de cada mil individuos era considerado un enfermo mental.  A principios del siglo XX los siquiátricos estatales albergaban a 150,000 internados, y al iniciar la segunda guerra mundial ya había medio millón.  A finales de siglo los Estados Unidos estaban gastando más dinero en los individuos internados en siquiátricos que en el tratamiento del cáncer.[28]  Actualmente los siquiatras creen que muchos jóvenes requieren de algún tipo de servicio siquiátrico.  Richard Sarles, quien fuera presidente de la Sociedad Americana de Psiquiatría de Adolescentes que representa a cinco mil siquiatras estadounidenses, declaró: “Aproximadamente el 20 por ciento del los niños y adolescentes sufren de enfermedades psiquiátricas lo suficientemente significativas como para requerir de servicios de salud mental. Mientras el campo de enfermedades psiquiátricas se vuelve más sofisticado e informado, estamos identificando a muchos niños y adolescentes que manifiestan psicopatología severa a edades cada vez más tempranas”.[29]  En 1992 Robert Trachtenberg, un funcionario público en el área e salud mental, declaró: “En un día dado, más de veintitrés millones de estadounidenses, incluyendo casi ocho millones de niños, sufren de enfermedad mental”.[30]

Desde el punto de vista sociológico, la movilización de un ejército de calumniadores profesionales puede significar una reencarnación del espíritu del Gran Encierro del siglo XVII.  Aunque España no es aún el Estado Terapéutico en que se ha convertido Estados Unidos, las autoridades españolas de sanidad alegan que ochocientos mil ciudadanos, es decir, el dos por ciento de la población, sufren de enfermedad mental.

El 25 de enero de 1569 Felipe II firmó una real célula en la que fundaba el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Indias Occidentales (México).  Por medio de la Inquisición Felipe II trató de influir cada vez más en el mundo para beneficio de la iglesia de Roma.  Similarmente, algunos siquiatras han querido influir cada vez más en sus naciones para beneficio del gremio de los médicos.  Esto se desprende de las palabras de Howard Rome, uno de los presidentes de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA).  En 1968 Rome declaró: “Realmente, el área de actuación de la psiquiatría de hoy es el mundo entero, y la psiquiatría no tiene por qué aterrarse ante la magnitud de su tarea”.[31]  Rome no fue el único presidente de la APA que ha hecho este tipo de declaraciones.  En su conferencia magistral como presidente de la APA, Harvey Tompkins ostentó: “Nos estamos acercando a una población de psiquiatras de veinte mil, cifra unas cuatro veces superior a la de hace dos décadas. Este ubérrimo crecimiento no habría acontecido sin los subsidios del Gobierno que han sido canalizados hacia nuestra educación profesional”.[32]

Tompkins dijo eso en 1967.  A esta nueva criatura social, el poder creciente de los médicos, Szasz le llama farmacr