Los siguientes cuatro capítulos aparecían en la Tercera Parte de Cómo asesinar el alma de tu hijo, después del capítulo “Al norte del Río Bravo”

 

 

 

 

 

El suicidado de la sociedad

 

Cantú y Frank fueron asaltados en hospitales que tienen como blanco a la gente de clase alta.  ¿Qué sucede en los siquiátricos públicos para la clase media y proletaria?

El Hospital Fray Bernardino Álvarez es el siquiátrico más grande de la Ciudad de México.  Fue fundado en honor a Bernardino Álvarez, un soldado que en el siglo XVI estuvo mezclado en un homicidio y fue condenado a las galeras; escapó en Perú donde hizo fortuna, regresó a México treinta años después y tomó los hábitos de la Compañía de Jesús.  No me detendré en la folclórica vida de Álvarez; baste decir que este aventurero fundó el primer recinto de las Américas para hospedar a menesterosos, enfermos, convalecientes de hospitales, retrasados mentales, dementes y hasta sacerdotes seniles.  El recinto sobrevivió a su fundador por más de tres siglos, y sólo fue clausurado en 1910, año en que se fundó el Hospital General de la Castañeda. [1]

Según las cifras oficiales, el moderno Hospital Fray Bernardino Álvarez, ubicado cerca de la calzada de Tlalpan y la avenida San Fernando, alberga a más de doscientos hombres y mujeres en el nuevo siglo.  También según los voceros oficiales, la política del hospital es tenerlos internados no más de un mes.  La mayoría de los internados son jóvenes que sufren de ansiedad, profunda tristeza o se les ha acusado de consumo de drogas o de tendencias depresivas y suicidas.  Según Marco López Butron, el director del Fray Bernardino a principios del siglo XXI, la hospitalización de toda esta gente se hace “para tratamiento y control”. [2]

La planta baja del Fray Bernardino consiste de una serie de pasillos laberínticos.  Todos los pasillos de los nueve pisos del edificio están vigilados con cámaras de circuito cerrado.  Desde el interior, el edificio evoca al Ministerio del Amor orwelliano.  Hasta el final de uno de los pasillos se encuentra el cuarto donde se electrochoca a los internados.  Se les hace esto a quienes se sienten muy desgraciados (“depresión severa” en el vocabulario medicalizado del hospital).  En una entrevista de junio de 2002 el doctor Diego Larios, quien trabaja en el Fray Bernardino, explica que se electrochoca “para que el paciente vuelva en sí, es decir, regrese a la realidad”. [3]

Uno de los casos de individuos internados en el Fray Bernardino por haberse sentido miserable fue el de mi amigo Miguel, un periodista que me pidió que no revelara su apellido a fin de evitar el estigma, aunque está dispuesto a ser contactado a través de mí por quien se interese en su caso.  En la década de los noventa Miguel estuvo internado en tres ocasiones en el Fray Bernardino, todas debido a que se encontraba anímicamente abatido y la primera ocasión debido además a un intento de suicidio, aproximadamente en 1990.  (A diferencia de Cantú, Miguel no tiene su expediente en su poder, el cual aún se encuentra en el hospital, por lo que no puedo precisar la fecha exacta de sus internamientos.)

En contraste con la doctrina de los siquiatras, el querer abandonar este mundo es una pasión perfectamente natural.  Ya Cicerón decía que el necio, aun siendo infeliz, es aquél que continúa viviendo.  Dejar de vivir una vida absurda debiera ser, como en la Roma antigua, un derecho civil.  Se podría imaginar cómo nos sentiríamos de haber corrido con la suerte de un Cantú o un Frank, tomando en cuenta además que la sociedad no les hizo justicia.  ¿No querríamos muchos quitarnos la vida?  Pero como dije al hablar de cómo Amara aconsejó hospitalizar a una muchacha que quería abandonar este mundo injusto, las naciones occidentales persiguen a quienes intentan suicidarse como de antaño perseguían a los herejes.  Y no sólo hay intolerancia hacia el suicidio.  La sociedad nos prohibe incluso los sentimientos de desgracia, tristeza profunda y desesperanza haciendo caso omiso de las tragedias que las hayan ocasionado.  La persecución de los disidentes de nuestra cultura, aquellos que osan sentirse desgraciados, recae en el médico.  La increíble ideología del médico siquiatra es que las tragedias, por más graves que sean, no deben afectar nuestros estados de ánimo.  Miguel recuerda que, aún aturdido por las drogas somníferas que había tomado en su primer intento de suicidio, cuando llegó al Fray Bernardino llevado por su hermano “había más de tres médicos” en un cuarto, según me confesó.

 

Y ellos estaban sugiriendo a mi hermano aplicar electroshock.  Mi hermano, incluso recuerdo, y después sí me lo comentó, lo tomaba como un chiste: algo del pasado.  Creíamos que ya no existía eso.  Bueno, mi hermano, sin dudarlo por supuesto, dijo que de ninguna manera.  Yo recuerdo, pero no, no sé textualmente, que le hicieron ver los, este, los “beneficios” de esta práctica.  ¡Ja, ja, ja!  Seguramente me iban a domar, o a experimentar conmigo.

 

Esta conversación fue grabada en 2002.  Miguel me contó que una vez internado en el Fray Bernardino “te tienen como en observación en un cuarto donde hay veinte gentes más, y algunos de ellos graves; te dan una pijama [risa] para andar todos vestidos igual”.

Luego los siquiatras iniciaron el tratamiento.  Miguel estaba decidido a no tomar las píldoras que los siquiatras y sus enfermeras querían que tomara, pero éstos le pusieron un ultimátum: “¡Entonces sí te amarramos y te inyectamos!”

Miguel tuvo que tomar el temido neuroléptico.  “Y vigilaban que lo tomara, e incluso tenía que mostrarles la boca.  A mí me daban muchas ganas por supuesto de volverlas [vomitarlas], pero estás recluido en un cuartito.  Yo sabía que, que estas pastillas me iban a hacer daño; tenía idea que me estaban haciendo daño, en vez de hacerme bien”.  Le daban cuatro y hasta seis píldoras al día “y yo no entendía”, me dijo.  En su ingenuidad Miguel creía que la función del hospital siquiátrico “era hacerme exámenes sicológicos” o aún mejor: que pudiera desahogarse con alguien sobre el problema existencial que lo había orillado a atentar contra su vida.  Miguel ignoraba que para los siquiatras las tragedias de la vida no existen: sólo los neurotrasmisores aberrantes que hay que bloquear mediante químicos artificiales.

En lugar de encontrar al oído amigo que necesitaba, la regla del Fray Bernardino era que los internados “tenían que estar todo el tiempo, día y noche, acostados”.  En la desesperación de reposar en cama a lo largo del día Miguel pidió permiso de levantarse para hacer abdominales en el suelo “porque me estoy entumeciendo aquí sólo acostado”, les dijo a los enfermeros.  El permiso le fue denegado, cosa que me recuerda un pasaje en que Winston y otros presos del Ministerio del Amor no tenían permitido moverse en sus respectivas sillas.  En otra ocasión le dijeron que había cuartos de aislamiento en el hospital “y constantemente sentía latente que me drogaran y me enviaran al cuarto del electroshock”.  Una vez más, esto me recuerda al temido cuarto 101 de la novela de Orwell.  Afortunadamente, gracias a que su hermano no firmó el permiso para que lo electrochocaran, Miguel se salvó; pero muchos otros no salieron ilesos de la institución.

En 1998, durante otro de sus internamientos en el Fray Bernardino, una decena de practicantes universitarios “todos con batas pero muy, muy jóvenes” rodearon la cama donde Miguel tenía que yacer acostado, y el médico “les explicó qué clase de espécimen era yo”.  Aunque Miguel tomó con humor la experiencia, otros toman las vejaciones siquiátricas a pecho.  Una señora llamada Angélica, otra de las personas que en los 1990 fue internada en el Fray Bernardino y de la que tampoco mencionaré su apellido para evitar el estigma, me contó que había visto a un internado amarrado por las cuatro extremidades, quedando su cuerpo crucificado en forma de X (como despertó Cantú en el San Rafael).  Esta es una vejación tan común en este tipo de hospitales que se la aplicaron al conocido pintor mexicano Feliciano Béjar en uno de los casos más sonados de vejación siquiátrica en México. [4]

A Miguel le llamó mucho la atención que en las tres estancias que estuvo en el Fray Bernardino viera que eran los mismos padres quienes llevaban a sus hijos al hospital.  Esto fue lo que Kate Millett decía de la siquiatría de su país.  Miguel me contó que en el Fray Bernardino presenció el caso de una madre que acusó a su hijo adolescente de que “fumaba mariguana”.  En cuanto la madre pronunció esa palabra, el muchacho “agachó la cabeza” y los médicos “empezaron a hacer los trámites para aceptar a este joven”.  Esta ciencia que siempre defería ante las normas sociales y la voluntad parental sorprendió mucho a Miguel.  Los drogadictos que Miguel vio estaban cuerdos al ingresar al Fray Bernardino “y era claro que eran papá y mamá quienes los habían llevado”.  Estas palabras también se refieren a su última estancia, en 1998.  “No, no creo que las personas que caen a un hospital siquiátrico sea para bien.  Empeora su situación.  Incluso si llegas simplemente con, je, con haber experimentado un pequeño cigarro de mariguana corres el riesgo de este, de volverte maníaco depresivo o de algo”.  Este es exactamente el tema de la película brasileña Bicho de siete cabezas de la directora Lais Bodansky, basada en un hecho real.

Miguel, quien fue periodista in situ en la guerra de Yugoslavia y que al momento de escribir estas líneas continúa ejerciendo el periodismo, concluye que “en la guerra hay solidaridad; en la depresión, no”.  En un ataque de abismal melancolía, como prefiero llamarle a la depresión severa, “no hay nada contra la prevención del suicidio” nos dice.  Y añade que en esos casos la sordera social condena al individuo a una situación límite en la que “la soledad es total”. 

 

—Y como en el mundo de los normales no hay con quién hablar, si con mi pareja no era posible, mamá y papá descartados desde hace mucho, y este, y los amigos, pues la mayoría caen en este asunto de la amistad y te intentan seducir ¿no?  Pero escucharte...

—¿Cómo que seducir?

—Digo seducirte en el asunto que: “¡Nooo, Miguel, mira, nooo!” 

—¡Ah!  O sea: atole con el dedo, claro.

—Entonces, yo, yo me parecía que tal vez tenía que hablar con, con una piedra o simplemente con alguien que te escuche.

 

“Atole con el dedo” es caló mexicano: quise decir que los cercanos dan consejos o esperanzas superficiales y tontas a alguien que se encuentra al borde del abismo.  Al final de nuestra conversación Miguel estuvo de acuerdo conmigo en que esa actitud de los seres queridos ante los alaridos de un alma causa un pánico mayor que el de la guerra: la guerra que él mismo vivió en Yugoslavia.

En este punto puede entenderse por qué eludí la palabra “depresión” en los párrafos anteriores y escogí la frase “anímicamente abatido” al hablar de la condición de Miguel.  Al menos como la usan los siquiatras, la palabra depresión no sugiere el sufrimiento perfectamente normal y legítimo que viene acompañado de tragedias humanas como la soledad existencial de Miguel.  También aquí puede entenderse por qué hay que revitalizar el género de la autobiografía romántica olvidado desde el surgimiento de las llamadas ciencias de salud mental.  En vez de conocernos nuestra época que alienta el curanderismo y las píldoras siquiátricas para tratar nuestros estados de ánimo (en otro lugar analizaré el tema de la depresión).

Debo decir que, cuando escribo esta frase en un restaurante con televisión sintonizando la Copa Mundial de futbol, aparece Pelé en un comercial diciendo que una droga siquiátrica de la compañía Pfizer puede “mejorar tu vida sexual”.  Sólo la autobiografía austera de un alma en pena en un mundo de superficial consumo será capaz de acercarnos un poco más al alma humana, a un Miguel en su soledad por ejemplo, y cómo fue que la sociedad sorda lo orilló a atentar contra su vida.  Este es el tema de El suicidado de la sociedad: el libro de Antonin Artaud sobre van Gogh.  El estudio poético del yo es la proverbial antítesis del enfoque cientista y biorreduccionista de la siquiatría actual, donde los sentimientos han desaparecido y lo único que nos queda para entender nuestras tragedias es la fisiología cerebral mamífera y la neurología mecanicista de las facultades de medicina: la persona entendida como una unidad de carbono exclusivamente, y las humanidades reducidas a la ciencia.

 

 

 

Un siquiátrico para los niños

 

El Hospital Fray Bernardino es considerado un siquiátrico modelo en México, tanto así que ahí se capacita a los médicos siquiatras de la república.

Haciendo un poco de historia sobre lo que ha sucedido en ese lugar, en el año en que mi madre me drogó por consejo de Amara hubo quejas que en el Fray Bernardino se usaron a los internados como conejillos de indias para la experimentación de nuevos tipos de drogas.  La reportera Teresa Gurza nos dice del Fray Bernardino:

 

Fuertes denuncias fueron hechas en relación con el uso y la experimentación de drogas no suficientemente probadas.  Algunos directores reciben a cambio de esta experimentación en enfermos indefensos, que están a su cuidado, diversos beneficios tales como viajes, viáticos para congresos, automóviles, menciones en revistas médicas, invitaciones para presentar ponencias, etcétera.  Todo lo cual les reporta ganancias materiales y currículum.

Los laboratorios transnacionales que más interesados se muestran en los experimentos son: Roche, Sandoz, Johnson & Johnson, Roya y Squibb.  Las medicinas que se han probado son las siguientes: Haldol [nombre comercial] en dosis altas, clozapina, clonazepam, penfluridol, bronperidol y la bromocriptina en niños del hospital infantil de enfrente. [5]

 

El “hospital de enfrente” es el Hospital Infantil Juan N. Navarro.  Es un hecho confirmado que se han realizado experimentos siquiátricos con seres humanos en Estados Unidos; es muy posible que en México también. [6]

Alicia Collado, una sicóloga amiga mía que hizo sus prácticas en el Navarro en tiempos del reportaje de Gurza, me dijo que había salido de ahí “con el corazón por los suelos” después de haber visto a niños de ocho años con camisa de fuerza.  No tengo información si esta práctica continúa en el Navarro, pero sí he podido comprobar que se les administran neurolépticos a los niños de ese siquiátrico, que son mucho más nocivos que el metilfenidato que se les da a los niños que se distraen en la escuela.  Hablando de los efectos de los neurolépticos en un programa de televisión, Marcos Moreno, un estudiante de sicología de la Universidad de las Américas que hizo sus prácticas en un pabellón del Navarro en 1998-1999, atestiguó que los niños que vio en ese siquiátrico “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”. [7]

Por razones que resultarán evidentes en el capítulo siguiente, no todos los estudiantes que hacen sus prácticas en los siquiátricos mexicanos se atreven, como Moreno, a confesar en los medios lo que han presenciado en esos lugares.  Mi amiga Gina Chía también realizó sus prácticas en el Navarro.  Originalmente mi idea era entrar a ese siquiátrico con Gina, pero su maestra de prácticas desaprobó la idea (la maestra, por cierto, es la mencionada sicóloga a quien Amara “le voló el paciente”).  Así que lo que a continuación escribiré está basado en el reporte de Gina y en lo que me contó personalmente.

La siquiatría no sólo tiene la faceta del sector privado como los servicios que contrató la madre de Cantú en el San Rafael.  También tiene la faceta del sector público donde se custodia a algunos niños con retraso mental que los padres confinan indefinidamente a siquiátricos como el Navarro: una institución subvencionada por el Estado mexicano.  En este hospital infantil también se practica la consulta externa.  Descifrada la nuevahabla, “consulta externa” significa drogar a la niñez mexicana.  Gina me reveló que le sorprendió la facilidad con la que los niños en consulta externa son diagnosticados de hiperactivos o de atención deficiente a fin de ser drogados con metilfenidato.  Es común que los médicos del Navarro prescriban drogar no a aquellos padres que maltratan a su hijo, sino al niño.  El caso que Gina tomó ejemplifica cómo funciona la llamada consulta externa en el siquiátrico infantil.

En el nuevo siglo se les presentó a algunos estudiantes de sicología de la Universidad Nacional Autónoma de México el caso de Marco Antonio, un niño de once años que ya se encontraba en consulta externa en el Navarro con anterioridad a las prácticas de los estudiantes.  Los padres del niño eran típicamente abusivos.  El padre tenía antecedentes de ideación suicida y había estado internado un par de meses en el Instituto Nacional de Psiquiatría.  En las prácticas del Navarro, ante los estudiantes la madre dijo que su marido le pegaba y que en alguna ocasión estuvo a punto de atacarla con un cuchillo.  Cuando el niño intentaba proteger a su mamá durante este tipo de agresiones, el padre también le pegaba.  Según el testimonio de la madre, el padre había intentado ahorcarla enfrente del niño.  Al parecer, era común que Marco Antonio estuviera presente en estas escenas de violencia.  Acerca de su papá, Marco Antonio denunció: “Cuando me pega a veces me dice: ‘Te voy a matar con la hebilla del cinturón’”.  En otra ocasión lo amenazó con aventarle un ladrillo que le enseñó, diciéndole: “Que ganas no le faltaban de matarme y que no le importaba”.  Cuando en una de las sesiones le tocó el turno al padre de responder las preguntas de los estudiantes, confesó: “Sí: le he pegado a mi esposa, pero es que ellos [madre e hijo] no me entienden”.

En el código de conducta de la familia mexicana tradicional está prohibido que el niño explaye el coraje que siente hacia la figura del padre.  El padre fue muy explícito en esto: “¡No me puede responder porque soy su padre!”  La madre comparte el celo educativo.  El niño no puede manifestar sus sentimientos hacia sus padres ni siquiera al ser agredido, como se ve en la siguiente entrevista de Gina a la madre enfrente de los estudiantes:

 

—¿Le pega a su hijo?

—Sí.  Y se pone muy grosero.

—¿Cómo que “grosero”?

—Se pone como a la defensiva, como si me fuera a pegar; como si yo no fuera su mamá.  ¡Ah!, como por ejemplo ayer.  Su papá le dijo: ‘¡Apúrate para ir a la escuela’  ‘Ya voy’ dijo el niño.  ‘¿Que ya te enojaste con tu papá?’, le dije.  Y entonces me miró muy feo.

—¿Y le pegó usted a su hijo?

—Sí.

 

Pegarle a un niño siempre es humillación y maltrato, tanto así que en los países más civilizados —Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Holanda y Alemania— se han expedido leyes que les prohiben a los padres pegarles a sus niños.  México, y curiosamente Estados Unidos, están muy lejos de este gran salto a la Utopía.  De hecho, Estados Unidos y Senegal fueron los únicos países que rehusaron firmar la estipulación de las Naciones Unidas sobre los derechos del niño.  Es desde este marco guerrero e imperial de la cultura norteamericana, y no desde la biología, de donde debemos intentar comprender los altos índices de criminalidad por armas de fuego en Estados Unidos comparado con otros países.[8]

Cuando al final de una de las prácticas Gina entrevistó a Marco Antonio a solas, le preguntó: “¿Qué sientes?”  Marco Antonio respondió: “Impotencia...” y se quedó callado.  “¿Qué más?” insistió Gina.  El niño respondió: “Coraje. Odio”.

La impotencia, coraje y odio por la represión de sus sentimientos explica el desplazamiento de su coraje en conductas como cortar las cortinas y quemar unos muebles del hogar.  Esto fue suficiente para que los siquiatras y neurólogos del Navarro hablaran de una disfunción cerebral en el niño.  Pero Marco Antonio ve las cosas de otra manera.  Aquí reproduzco sus palabras capturadas por Gina al realizar una prueba sicológica en la que, a través de unos dibujos, Marco Antonio se proyectó:  Era su mamá que le pegaba mucho al niño.  ¡Ah no!, lo estaba bañando y el niño no quería bañarse y por eso le daba una nalgada su mamá, y el niño lloraba y decía que sus papás eran muy malos y que de todas maneras los quería y fue creciendo y sus papás ya eran viejitos y siempre los ayudaba dándoles dinero, comprándoles cosas, una casa, yéndolos a visitar.

A través de esta prueba proyectiva podemos adivinar los ambivalentes sentimientos de Marco Antonio hacia sus padres, a quienes sigue queriendo a pesar de los malos tratos.  John Modrow ha dicho que es el amor que el hijo siente hacia el agresor lo que trastorna al hijo,[9] y el caso de David Helfgott lo ejemplifica.

En lugar de hacer algo para ponerle fin a la violencia en el hogar, los médicos del Hospital Navarro recetaron drogar al niño con Tegretol (carbamacepina): una droga siquiátrica que alegadamente estabiliza el ánimo del sujeto.  No conformes con eso, también le recetaron el agresivo neuroléptico Haldol (haloperidol).  Fue la madre de Marco Antonio quien, a solas, le confesó el nombre de los medicamentos a Gina.  Marco Antonio manifestó su deseo que le retiraran la droga, que le hace sentir una somnolencia inusual (reitero que según Moreno los niños del Navarro “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”), pero sus padres no lo dejan dormir siestas en casa.  En su reporte universitario Gina concluyó que Marco Antonio “siente inconscientemente que los demás lo ven como un niño loco”.

Como ha dicho Peter Breggin acerca de otros niños, el caso muestra que los siquiatras fallan miserablemente en relacionar los malos tratos con los pacientes que ven día tras día.  Niño tras niño desfilan ante los médicos con todos los estigmas de maltrato —sólo para ser maltratados aún más con diagnósticos médicos y tratamientos físicos.  Es importante notar que para los profesionales del hospital no hay lugar para los juicios de valor.  Hay que ser objetivo.  Hay que comportarse como un científico.  Hay que tratar con cerebros y metabolismos más que con problemas familiares.  Este no fue un caso de locura infantil sino de folie à trois entre las instituciones familiar, médica y universitaria.  Cierto que Gina y sus compañeras le hicieron a Marco Antonio una serie de pruebas sicológicas como el Test Gestáltico Visomotor Bender; la Escala de Inteligencia revisada para el nivel escolar de Wechsler; el Test del Dibujo de la Figura Humana de Koppitz y muchas otras pruebas que nada tienen que ver con la ideología biologista del Navarro.  Pero el problema central, que los padres violentaban al niño y que esa dinámica debiera penalizarse en México —como está penalizada en otros países— jamás fue abordado. 

El fin de las prácticas universitarias es que los estudiantes de sicología traten “científicamente” a niños como Marco Antonio sin cuestionar la cultura que ve normal que los padres le peguen a un niño.  Como los padres abusivos no pueden cuestionar la cultura en la que viven Gina vio “a niños tan pequeños como de tres o cuatro años” en consulta externa a la entrada del Navarro.  Moreno me comentó que en la consulta externa del Navarro “a todos les dan sus pastillas”.  Es más fácil culpar a nuestros infantes que culparnos a nosotros por sus conductas que no entendemos.  Como dije, a Gina le sorprendió la facilidad con la que los médicos del Navarro les recetan metilfenidato a los niños por distraerse en las escuelas mexicanas.  Esta, la institución escolar, es otra coyuntura en la que los padres son incapaces de cuestionar la cultura en la que viven.

Gracias a una carta enviada a Vicente Fox, presidente de México, en septiembre de 2002 unos activistas en derechos del niño consiguieron entrevistar al doctor Luis Méndez Cárdenas, director del Hospital Navarro, a la que me invitaron.[10]  En la entrevista Méndez Cárdenas, un médico tan amable y civil como todos los siquiatras que conozco, nos informó que la tendencia mundial, en la que incluye al Navarro, “no es hospitalizar sino la consulta externa”.  Este siquiatra infantil concedió que prescribe metilfenidato, y a mí me dijo personalmente que se administran neurolépticos a los niños en la institución que dirige.  Méndez Cárdenas también nos dijo: “Mi hija es TD”, es decir, la diagnosticó con el trastorno del déficit de atención.  Diagnosticó a su hija a pesar que, y cito una vez más sus palabras: “En ningún punto dice el DSM a qué se deben [los trastornos] ni tampoco habla del tratamiento”.  Méndez Cárdenas también reconoció que la institución que él dirige “atiende” a la población de mexicanos “de cero a dieciocho años”, y mencionó los intentos de suicidio adolescentes que requieren de los “servicios” de la institución.

Pero Méndez Cárdenas no nos mostró los pabellones.  Nunca presenciamos qué ocurría detrás de sus oficinas y de su civismo.  No pude ver a un solo niño o adolescente internado.  Pero Moreno, quien realizó sus prácticas universitarias en los pabellones del Navarro, me informó que había visto a niños de quince y catorce años, y tan chicos como de once o más jóvenes, entre los permanentemente sedados en el Navarro. [11]

En términos generales, el tratamiento siquiátrico para adultos es más agresivo que el tratamiento a los niños.  Teresa Gurza observó que en el cuarto piso del Fray Bernardino, que como dije se encuentra enfrente del Hospital Infantil Navarro, se ha castigado con electroshocks a los prisioneros adultos que han querido escapar y son capturados.  También escribió:

 

Actualmente ya no se practica la leucotomía, pero hasta que fue jefe del tercer piso el doctor Castillejos, esta operación que consiste en meter agujas por las órbitas de los ojos y movilizarlas para romper la sustancia blanca que conecta el polo frontal con el polo temporal, se hacía a aquellos pacientes considerados “agresivos” por responder en esta forma a ciertas presiones sociales.  La lobotomía tiene la misma finalidad, quitar lo agresivo y se hace a cráneo abierto.  Pero en ninguna de las dos operaciones hay parámetros establecidos sobre cuándo debe y cuándo no debe hacerse; la decisión queda a cargo exclusivo de los médicos que tratan a los pacientes [...].  Afortunadamente, la muerte del doctor Castillejos hizo que declinara esta actividad dentro del Fray Bernardino, pero aún existen infinidad de pacientes a los que les fue practicada alguna de las dos operaciones. [12]

 

Es intrigante que en el manual de texto Salud mental en México del Instituto Nacional de Psiquiatría, publicado en 1997, los autores citen el artículo 128 del Reglamento de la Ley General de Salud: “En los hospitales psiquiátricos el responsable debe ser médico cirujano, con especialidad en psiquiatría [...]. Asimismo, los jefes de los servicios de urgencias, consulta externa y hospitalización deberán ser médicos cirujanos con especialidad en psiquiatría”.[13]  La cita es intrigante porque en la primera página del manual los autores Ramón de la Fuente, María Elena Medina y Jorge Caraveo reconocen que:

 

la salud mental de los habitantes de un país no es ajena a su salud general.  Ambas dependen de las condiciones de la sociedad, tales como la estabilidad económica, la educación, la calidad de la convivencia social y la integración familiar [...].  Es un hecho establecido que la ruptura severa de la relación del hombre con su medio físico, socioeconómico y cultural genera tensiones que las personas vulnerables no pueden tolerar. [14]

 

Si los problemas de salud mental son, como reconocen los autores, problemas del medio socioeconómico y cultural, por qué el reglamento estipula que sólo los cirujanos siquiatras deben tratarlos es incomprensible.

Seguiré citando el reportaje de Gurza, que fue escrito en 1978, por dos razones.  La primera es una razón muy personal: el reportaje refleja qué estaban haciendo los siquiatras públicos en México en tiempos en que tuve el problema con un siquiatra privado.  Pero hay algo más, y de mayor relevancia.  Si hay algo que los manuales oficiales de siquiatría mexicana, como los de Ramón de la Fuente, silencian, son precisamente los testimonios de periodistas como Gurza que lograron infiltrar las instituciones.  Mucho menos se citan las voces de los prisioneros que no han roto la ley.  La manera como los manuales oficiales se escriben en México es tan aséptica que los crímenes que han ocurrido en la profesión pasan desapercibidos.  Si un estudiante lee los libros de texto de de la Fuente y sus colegas que se venden en las librerías pensará que nada de gravedad ha ocurrido en el pasado.  “El que controla el pasado controla el futuro” dijo Orwell.  El pasado histórico, lo que denunció Gurza por ejemplo, ha sido controlado por el lenguaje aséptico de los manuales oficiales.  Así la opinión pública de nuestra época está bajo el control del establishment médico.  Siguiendo el mensaje orwelliano, la historia de lo que ha sucedido en los siquiátricos mexicanos está aún por escribirse, y eso tiene que hacerse para civilizar el presente y el futuro.

La situación de los niños en el Navarro era, y es, un lugar común en otros siquiátricos del país.  Gurza nos cuenta lo que, en 1978, vio en el entonces llamado Hospital Fernando Ocaranza, cuya cima ostentaba en grandes letras “Secretaría de Salubridad y Asistencia”:

La sección para niños es una de las que más dolor causa.

Ciento cuatro pequeños, el mayor de ocho años, pasan ahí unos días sin fin.  La mitad, aproximadamente, no debía estar en este lugar según los reportes médicos.  No son enfermos mentales, sino niños con el síndrome de Down —mongólicos— o niños abandonados que recoge el DIF [Desarrollo Integral de la Familia] y ahí los envía.

Su dormitorio no se salva de la inmundicia y del terrible olor que invade todo el hospital.  La mayoría están desnudos.  Algunos amarrados a las sillas permanecen al cuidado de una enferma mental que les pega y les grita.  Muchos gimen desconsoladamente, se encogen para adoptar la postura de fetos y se chupan el dedo.

Algunos corren hacia donde yo estoy, otros se arrastran con la misma intención.  Otros me llaman a gritos.  Me quieren contar sus cosas; están tristes; quieren salir de ahí; ¿soy yo su mamá?, ¿por qué no vienen por ellos?

Un niñito de lindísima cara y enormes ojos llenos de pestañas, cuya única causa para estar ahí consiste en que “es muy rasguñón” según dice la enfermera que acaba de llegar, se acerca; me platica que el Día del Niño les llevaron una piñata; de cómo la rompieron; de lo que les gustó la fruta, “¿cuándo traen otra?”  Durante meses —me dijeron después— éste ha sido su único tema de conversación; sueña y vive sólo por el recuerdo de la piñata.

Otro tiene las manos pegándose y arañándose la cara.  Se junta a mi cuerpo y voltea su cabecita para verme a los ojos.  Llora y me pide que lo saque de ahí.  Todos se unen a la petición.  Imposible el poder escribir las vocecitas suplicantes. [15]

 

Cuando Gurza visitó el Ocaranza, 540 seres humanos estaban internados de por vida entre los cuales “delgados, delgadísimos, con grados visibles de desnutrición, encuentro aproximadamente a cincuenta enfermos de todas las edades —4 a 60 años— encerrados en una inmensa jaula”. [16]

Quienes no hemos pisado un siquiátrico público del interior de la república no podemos imaginar que quienes lo han hecho comentan que estas escenas evocan las imágenes de los campos de concentración que vemos en la televisión.  A Gurza le hicieron súplicas como la siguiente: “Por favor, cuando venga mi hermano Guillermo —dijo una anciana— me va a dar dinero para pagarle y que no me encierre ni me de la pastilla. Por favor. Por favor... por favor... por favor por favor... por favor...” [17]

Estas citas del reportaje de Gurza se refieren a las granjas-hospitales de México: sitios que se conocen como snake pits (nidos de víboras) en el slang angloparlante.  Pero en nuestros tiempos también se han escuchado historias de horror en los siquiátricos infantiles privados del primer mundo.  Por ejemplo, ha habido quejas sobre los siquiátricos para niños y adolescentes que pagan las multimillonarias compañías de seguros médicos en Estados Unidos.  La silla de Benjamin Rush, que parecía una antigualla de una época superada, ha hecho su reaparición en las modernas terapias de modificación de conducta infantil.  A los niños y púberes estadounidenses también se les ha atormentado con camisas de fuerza: lo que asustó a mi amiga en el Navarro.  En la llamada “terapia para reducir el enojo” Ken Magid y Carole McKelvey, apologistas de la violencia médica hacia los niños, escribieron en uno de sus libros:

 

La terapia consiste de un diálogo explosivo mientras se le anima al paciente psicopático a trabajar con su increíble rabia y enojo mientras se le fuerza a aceptar el control total de otro. [18]

 

Resonancias de O’Brien.  Pero ahora hacia los niños.  “Paciente psicopático” es nuevahabla por niño malcriado.  Estas terapias las hay también en la Ciudad de México, en el Centro Terapéutico e Interdisciplinario que preside el doctor Gregorio Katz.  En 2005 oí decir a la señora Gabriela Islas que en la clínica del doctor Katz encerraron a su pequeño hijo en una cámara estrecha.  El objeto era castigar terapéuticamente su enojo.

 

 

 

 

 

El estudiante expulsado

 

El establishment médico mexicano destruye las carreras de los médicos que lo denuncian.

Anónimo  [19]

 

En un polvoriento pueblo llamado Zoquiapan, en el kilómetro 33 de la vieja carretera México-Puebla, hay un siquiátrico que ostenta un mosaico con la figura de la diosa azteca Tlazolteotl devorando los excrementos de los pecadores arrepentidos.  En la vida real, los recluidos en esta granja-hospital llamada “La Salud” defecan en el patio y algunos han llegado a comerse sus excrementos.  Este siquiátrico, del que los vecinos dicen que “es una posada a la cual se entra pero de la cual nunca se sale”, depende de la Secretaría de Salud.  A quienes se les ha permitido entrar atestiguan que “La Salud” Tlazolteotl tiene un pabellón apando, esto es, un sitio de castigo hórrido e insalubre no muy distinto al que existía en la famosa cárcel Lecumberri: algo común en los siquiátricos mexicanos.  Pero para los apologistas de la siquiatría mexicana, como Guillermo Calderón Narváez, “Los nuevos nosocomios son motivo de orgullo ante propios y extraños”. [20]

Si el Fray Bernardino es paradigma de institución pública metropolitana, La Salud Tlazolteotl es paradigma de lo que sucede en los siquiátricos públicos del interior de la república.  Aunque también he escuchado historias de coprofagia en el Fray Bernardino, éste es un edificio moderno de varios pisos; los siquiátricos de la provincia originalmente fueron granjas que han sido adaptadas para fines siquiátricos.  Los recluidos en “La Salud” son los marginados sociales, los proverbiales olvidados de Luis Buñuel en la gran película mexicana, algunos de los cuales son reprimidos en la institución manicomial y barridos de la vista pública. 

En diciembre de 1976 un grupo de estudiantes publicó un reportaje sobre lo que vieron en La Salud Tlazolteotl, resultado de una estancia de cinco semanas para cursar la materia de siquiatría que imparte la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.  Entre los autores del artículo destaca Julio Frenk, quien en diciembre de 2000 asumió como titular de la Secretaría de Salud en México.

Quisiera citar en extenso el artículo que escribió un estudiante de medicina que sería Secretario de Salud y sus compañeros:

 

En el comedor algunos pacientes deambulan semidesnudos, otros se sientan a la mesa.  Algunos tienen cucharas: la mayoría toma los alimentos con las manos.  El piso, tapizado de mazorcas roídas.  Los platos, unas charolas de metal con divisiones que no cumplen su función de separar las porciones: mejunjes repugnantes de sustancias irreconocible donde hurgando se puede hallar, con un poco de suerte, un pedazo de carne muchas veces rancia.  Las caras: restos de comida que escurren por las mejillas y el mentón, ojos perdidos, mandíbulas que se mueven por inercia [...].

Los demás pabellones, desprovistos del más simple elemento que los distinga del establo o de los gallineros, están repletos de enfermos semidesnudos que se hunden en sus colchones maltratados.

En uno de estos pabellones el doctor nos muestra los “cuartos de aislamiento” donde se encierra, tras portones y candados, a los locos agitados o agresivos.  Estas minúsculas celdas son la insalubridad extrema.  El propio director confiesa que, a pesar de todos sus esfuerzos, no ha podido conseguir que los enfermos dejen de llamar a los cuartos de aislamiento “el calabozo”. [21]

 

Debo decir que tanto en este artículo como en otros que estaré citando los autores no repudiaron las etiquetas siquiátricas.  Si yo escribiera el reportaje no usaría palabras como “pacientes” o “enfermos” para referirme a los prisioneros que no han roto la ley.  Ni siquiera las usaría para referirme a los recluidos muy deteriorados.  Esas palabras nos impiden ver que muchos no llegaron tan deteriorados a la institución: un punto fundamental para entender a la siquiatría al que volveré al final del libro.  

 

Al terminar la visita guiada a la Granja retomamos esos campos estériles donde nada parece moverse, donde los “locos” ya ni siquiera voltean a mirar a los “cuerdos”.  Entonces, el director exclama con un aire de satisfacción: “¡No sé por qué los locutores del futbol dicen a veces que el estadio está como un manicomio! ¡Si en realidad no hay lugar más calmado que un manicomio!”  Es totalmente cierto: la calma es absoluta.  Nada se mueve.  El tiempo ha sido fosilizado por la rutina.  La locura ha sido reeducada.  Los medicamentos, los electrochoques y las inyecciones de insulina han cumplido su cometido.  La sociedad puede respirar tranquila. [22]

 

Como dije al hablar de Leo Roy Frank, estas inyecciones de insulina hacen que la víctima caiga en estado de coma.  Al ir cayendo en este estado el paciente se queja, se retuerce y se acerca al estado de muerte mientras su cerebro grita por la privación de su glucosa.  Manfred Sakel, quien introdujo la terapia a la praxis médica, llamó al estado de coma inducido por los shocks de insulina “síntomas decerebrantes”.[23]  El proceso se repite treinta veces hasta que, nos dicen los estudiantes mexicanos, “se pasa por una fase de disolución total de su psique, seguida por una sensación de angustia o muerte”.

Frenk y sus compañeros nos informan que desde 1838, tiempos de Heinroth, se dictaron las regulaciones que definirían las políticas que rigen a los siquiátricos del mundo, políticas que explican lo que sucede en instituciones como “La Salud”.  Estas regulaciones son: aislamiento total de los internados; organización estrictamente jerárquica —el siquiatra arriba del tótem, el asistente social, el sicólogo y los enfermeros en medio, y el paciente hasta abajo—; referencia obligada a la neurología, y la drogadicción del prisionero llamado paciente.  Estas políticas estuvieron y están vigentes en la siquiatría nacional e internacional de los siglos XX y XXI.  Por ejemplo, el texto Historia de la asistencia médica en México habla del “Objetivo Número Uno” en la educación de los internados en siquiátricos: “Dominar y reprimir por medio de la vigilancia constante las inclinaciones incompatibles con el orden”.[24]  Si los autores de la Historia hubieran sido tan francos como se hablaba en tiempos de Heinroth, en lugar de “vigilancia” habrían podido muy bien usar la palabra violencia.  Historia de la asistencia médica en México fue publicado por la Secretaría de Salubridad y Asistencia (hoy Secretaría de Salud) en 1957.  Aunque en los últimos decenios se han emprendido reformas en algunos siquiátricos del mundo, la mayoría mantiene intacta las regulaciones decimonónicas.  No obstante, a diferencia del siglo XIX en la actualidad el asalto se hace directamente al cerebro por medio de neurotoxinas, llamadas equívocamente antipsicóticos, o electroshock. 

Quisiera hacer un paréntesis sobre algo personal.  La manera como la siquiatría nos ha engañado ha penetrado tanto en la psique colectiva que, hace apenas algunos años, cuando no cuestionaba del todo el concepto de enfermedad mental, le pregunté a un sicoanalista si conocía a algunos esquizofrénicos.  Como me encontraba escribiendo algunos borradores de este libro me imaginaba, como todo mundo,