Los siguientes tres capítulos aparecían en la Cuarta Parte de Cómo asesinar el alma de tu hijo, después del capítulo “La enfermedad mental según la familia”

 

 

 

 

El Instituto Nacional de Psiquiatría

 

Si algo he hecho durante mi vida profesional, ha sido ocuparme del cuidado de los enfermos mentales de nuestro país.

 

Ramón de la Fuente (padre) [1]

 

Si alguien merece el título de ingeniero social de la siquiatría mexicana, es sin lugar a dudas Ramón de la Fuente Muñiz. Su influencia se deja sentir en áreas importantes de la política siquiátrica del país.

De la Fuente, fallecido en marzo de 2006, fundó el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” que depende de la Secretaría de Salud.  Cuando en enero de 2002 visité el lugar, ubicado en Periférico cerca de Viaducto Tlalpan en la Ciudad de México, me quedé estupefacto.  El Instituto Nacional de Psiquiatría consiste de seis edificaciones construidas en un predio de 23,000 metros cuadrados.  Sentí que me encontraba en los cuarteles generales del incipiente Estado Terapéutico Mexicano, y me pregunté si habría un equivalente de esta pequeña ciudad en otros países.  El mismo instituto reconoce que “los recursos financieros del instituto provienen, en su mayor parte, del Gobierno Federal”. [2]

El Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” tiene oficinas del gobierno, treinta médicos residentes y uno de los edificios posee un cupo de cincuenta camas para los “enfermos”, como me dijo uno de los guardias; además, existe un departamento de urgencias.  En los últimos años han sido internados casi mil de estos “enfermos” por año, y respecto a la consulta externa el instituto se vanagloria de atender a casi cincuenta mil por año.  En un texto de presentación del instituto se nos dice: “Otros programas especiales están destinados al manejo de adolescentes con trastornos de sustancias adictivas”.  En ese mismo párrafo se habla de un programa que llaman “Estudio y tratamiento integral del enfermo esquizofrénico”, y para aparentar que el problema no es familiar sino médico en esa misma página se publican dos fotografías del costoso equipo del instituto: enormes aparatos de resonancia magnética y de tomografía por emisión del fotón único.[3]  El hospital del Instituto Nacional de Psiquiatría es la excepción entre los siquiátricos mexicanos en tanto que el ingreso es voluntario.  Una activista en derechos humanos me comentó: “Como es instituto oficial, están cuidando su imagen”.  Pero la gente internada allí sale implantada con la idea de que están enfermos y que necesitan medicarse por tiempo indefinido.

Que el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” es una pantalla lo comprobé en febrero de 2002 cuando visité de nuevo el instituto, esta vez acompañado de Morris Lan, un activista de una sociedad protectora de animales (en el instituto se experimenta con macacos en un bioterio).  Lan y yo tuvimos una larga y muy instructiva charla con el doctor Gerardo Heinze, el director del instituto, quien nos comentó que había hecho su posgrado de siquiatría en la escuela alemana creada por Emil Kraepelin.  Heinze nos mostró las instalaciones del instituto, incluido el hospital, y percibimos que en México estas lujosas instalaciones son presentadas a los extranjeros con el propósito de presunción nacional.  El Instituto Nacional de Psiquiatría es único en Latinoamérica.  Existe un instituto similar en Europa y otro en Estados Unidos, pero en Latinoamérica es el único en su especie, nos dijo Heinze orgulloso.  Precisamente con fines de cuidar la imagen ante los visitantes, en el instituto no existen celdas de castigo como en la que Mario Cantú despertó amarrado de las extremidades.  “Aquí no conocemos ni la bartolina, es un hospital abierto”, Heinze explicó.  “El paciente se puede salir en cualquier momento”.  No obstante, en el Instituto Nacional de Psiquiatría se administran neurolépticos e incluso electroshocks.  En la entrevista de casi dos horas que gentilmente nos concedió, Heinze defendió al electroshock y a su profesión en general.  No nos quiso responder cuántos electroshocks se administraban por año en el instituto, pero respecto a los efectos de los neurolépticos, ante nuestra pregunta sobre los índices de disquinesia y distonía tardía, Heinze respondió: “Es el pasado; hoy en día usted ve un porcentaje mínimo de estos efectos secundarios”. 

Lo que dijo Heinze, y que incontables siquiatras le dicen al público, no es verdad.  Un estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome neuroléptico maligno.[4]  Incluso en el breve tiempo en que Heinze nos guió al hospital del instituto para mostrarnos a los pacientes vimos a una mujer que hacía extrañas muecas con la boca: un signo inequívoco de la temible disquinesia tardía.  Es tan yatrogénica la profesión que estudios publicados en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría.  A lo largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos.  La OMS descubrió que en estos países pobres el índice de mejoría de quienes sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón.  ¿Cómo fue posible eso?

La respuesta es devastadoramente simple: en Colombia, India y Nigeria no se consumen tantos neurolépticos.  Al no ser capaces de importar en grandes cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran ventaja sobre los ricos.  En el estudio de la OMS resultó muy revelador que donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de neurolépticos.  Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente que sufre de crisis psicóticas, los métodos de las potencias sean mucho más contraproducentes que los métodos de los países en desarrollo. [5]

La agenda política del instituto aparece en las primeras palabras del texto Instituto Nacional de Psiquiatría, 20 aniversario: “Con base en una ponderación de la importancia que tienen para el país los problemas de salud mental, incluyendo el alcoholismo y la farmacodependencia, el 26 de octubre de 1979 se creó, por decreto presidencial, el Instituto Nacional de Psiquiatría, un organismo político descentralizado, con presupuesto y gobierno propios”.[6]  Como ha dicho el historiador mexicano Enrique Krauze, el sexenio del presidente José López Portillo, en pleno boom de ventas de petróleo mexicano al extranjero, se caracterizó por enormes gastos del presupuesto nacional y proyectos faraónicos que causaron la bancarrota del país en 1982.  La formación de este enorme instituto para controlar a la población de alcohólicos, farmaco-dependientes y otros indeseables puede entenderse en el contexto de ese sexenio faraónico.  El control de conductas no sólo se hace mediante drogas y el electroshock.  En el instituto que López Portillo mandó crear hablé con un médico que sin titubeos me habló de la lobotomía moderna, técnica que en vez de destrozar quirúrgicamente los lóbulos frontales, se les cauteriza.

En octubre de 2002 conocí al neurofisiólogo José María Calvo, quien me mostró los lugares donde investiga el sueño en el Instituto Nacional de Psiquiatría.  Al entrar a su laboratorio me sorprendió ver a unos gatos en jaulas de un material transparente con electrodos implantados en el cerebro.  Jamás había visto algo semejante en mi vida.  El aparato implantado en la cabeza de los gatos parecía una especie de puerto de impresora “direct input” para que le conectaran tal o cual cable.  ¿Qué sentirán los gatos que les meten esos alambres directamente al cerebro?  En esto Heinze tampoco nos dijo la verdad a mí y a mi acompañante de la sociedad protectora de animales: en nuestra entrevista nos había dicho que no se realizaban experimentos invasivos con los animales del instituto.  La verdad es que se hacen, y no sólo con gatos.[7]  Calvo me informó que en el Instituto Nacional de Neurología se hacen experimentos con seres humanos; y mencionó un nuevo tipo de lobotomía que se hace internacionalmente.  Anteriormente se extraía el tejido cerebral de los sujetos a controlar, pero en el siglo XXI la tecnología permite cicatrizar las áreas de los lóbulos frontales que se deseen sin necesidad de extraer los trozos de tejido cerebral: un adelanto científico “para los pacientes refractarios al tratamiento” en opinión de Calvo.

“Refractarios al tratamiento” es la expresión que usan los médicos para referirse a quienes los psicofármacos no les hacen el efecto deseado por los siquiatras.  Esta “lobotomía moderna” fue importada de Estados Unidos a México.  El siquiatra Michael Jenike escribió lo siguiente en un cibersitio que abrí en el nuevo siglo:

 

Como algunos pacientes con OCD [una etiqueta del DSM: trastorno obsesivo-compulsivo] son refractarios a los tratamientos del orden del día y se encuentran casi totalmente incapacitados, el grupo de investigación ha estudiado el uso de tratamientos de neurocirugía para estos pacientes refractarios al tratamiento [...].  Ya se ha obtenido aprobación sobre sujetos humanos en el Departamento MGH de la Universidad de Brown y en el Hospital de Rhode Island.  El estudio se encuentra en camino de realizarse. [8]

 

Además de los laboratorios de gatos con electrodos implantados en sus cerebros, en el instituto que Ramón de la Fuente fundó hay instalaciones para la investigación neurocientífica, aulas de enseñanza, un auditorio, una biblioteca y más de cuarenta consultorios.  Se tiene a los “enfermos” en cinco sectores.  Hay cuartos para médicos residentes.  Se realizan reuniones científicas y seudo-científicas y se publica una journal llamada Salud mental, el órgano oficial del instituto, además del boletín mensual.  En 1993 ingresaron los primeros alumnos que realizaron la totalidad de su formación siquiátrica en el instituto, que también cuenta con programas de maestría y doctorado en siquiatría desde 1991.  Frente a la maqueta de los edificios del instituto Heinze nos dijo a Lan y a mí que, muchos años atrás, de la Fuente le decía: “Quiero hacer un instituto” y que su sueño se volvió realidad gracias al presidente López Portillo. 

Que las actividades del instituto son una mezcolanza entre ciencia y seudociencia lo averigüé en un ciclo de conferencias realizadas en 2002.  El instituto invitó a una doctora norteamericana que impartió conferencias de anorexia y habló de los neurotrasmisores favoritos de los siquiatras: la dopamina y la serotonina (son los favoritos única y exclusivamente porque son los que han investigado; pero puede haber más de cien diferentes neurotrasmisores en el cuerpo humano).  También habló de investigaciones genéticas.  Como me dijo Luis Cuevas, un endocrinólogo amigo mío que trabaja con anoréxicas, la postura de la ponente era insostenible.  Debido a la exigencia de mantener una figura esbelta la anorexia aparece frecuentemente en la población de bailarinas: dato que sugiere fuertemente una etiología psicosocial, no biológica.  Por otra parte, en tiempos del pintor Rubens cuando los valores de estética apreciaban a las mujeres más gordas, éstas no padecían de anorexia.  En esos tiempos no existía la presión cultural de la figura esbelta que nos invade en la actualidad: una exigencia aun más acusada en la población de bailarinas.  Esta exigencia cultural, no biológica como nos quería hacer creer la conferencista, es lo que hace que algunas muchachas le hayan cobrado fobia a la comida que engorda.  No obstante, la de Cuevas era la voz disidente: en el Instituto Nacional de Psiquiatría me sentí estremecido por la credulidad de los profesionales adultos que engullían lo que, en inglés, nos decía la ponente.

Cuevas y yo nos salimos de esa conferencia y en otra sala del instituto escuchamos otra conferencia: una auténticamente científica sobre la neurofisiología del acto de parpadear.  ¡Pero ahí también me estremecí!  ¿Cómo es que este científico argentino impartiera su cátedra en tal lugar?  Estando rodeado de profesionales de medicina y neurología sentí que todos estos adultos se comportaban hacia la figura del profesor de manera tan pueril como un niño indígena con su tatá.  Mientras escuchaba al neurólogo, en un diálogo conmigo mismo pensé en lo irrelevante que era impartir cátedra sobre la neurofisiología del parpadear dado que estábamos en una institución en la que, a la par de esa conferencia científica, se impartía otra conferencia seudocientífica y represiva.  (Postular la base biológica de la anorexia se hace con el fin de emprender un tratamiento físico involuntario de la anoréxica.)  Reconozco que el neurólogo que hablaba de la mecánica del parpadear no tuvo un solo lapsus seudocientífico en que hablara de la siquiatría: habló exclusivamente de neurología.  Pero el hecho de estar en una institución donde ese mismo día un colega suyo me había dado detalles sobre las lobotomías modernas, hablaba, a mi juicio, muy mal de la moral del neurólogo y de su compromiso con los derechos humanos y la ciencia real.  El efecto del ciclo de conferencias —mentiras siquiátricas a la par de verdades neurológicas— no pudo ser más deformador para los jóvenes profesionales.  La impresión que se llevaron a sus casas es que la siquiatría es tan científica como la neurología.  Como le dije al doctor Cuevas al salir del Instituto Nacional de Psiquiatría, no hay nadie en México que hable en público sobre el abismo que separa a la ciencia neurológica de la seudociencia siquiátrica.

 

 

El eminente siquiatra se defiende

 

Ramón de la Fuente, cuyo retrato al óleo aparece en uno de los edificios del instituto que lleva su nombre, fue miembro de El Colegio Nacional, que rinde homenaje a un grupo reducido de mexicanos ilustres.  Esto es muy irónico porque el finado Michel Foucault, cuyo estudio histórico es un intento de desenmascarar a la siquiatría, fue miembro del equivalente francés de este colegio: el College de France.  El hijo de Ramón de la Fuente, que lleva el nombre del padre, se graduó como siquiatra en Rochester, la Meca de la siquiatría mundial, y al momento de escribir es rector de la UNAM, la máxima casa de estudios en México (en el programa de radio del 28 de octubre de 2004 el doctor Ernesto Lammoglia declaró que de la Fuente Jr. ocupó el cargo de rector como premio por haber controlado la conducta de la esposa de Zedillo con drogas siquiátricas cuando éste era presidente de México).  En la biblioteca del Departamento de Psiquiatría de la UNAM aparecen fotografías de las diversas generaciones de médicos siquiatras de la universidad.  De la Fuente padre aparece como la figura central entre los estudiantes recién egresados. 

Había dicho que Amara basó su diagnóstico y prognosis en un fraude profesional elaborado en la universidad.  Esta universidad es la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).  Bajo los auspicios de Ramón de la Fuente padre, desde los 1950 se han desarrollado cursos de dos y tres años para el adiestramiento de siquiatras.  Esta práctica ha continuado hasta el nuevo siglo.  En 1971, cinco años antes de que mi madre me enviara con Amara, se incluyeron cursos de especialización en siquiatría infantil y adolescente en la Facultad de Medicina de la UNAM.  Todo este desarrollo de la siquiatría mexicana fue auspiciado por de la Fuente.  Asimismo, invitado por la UNAM en 1950 Erich Fromm llegó a México y poco después, en colaboración con la Facultad de Medicina, desarrolló cursos de entrenamiento en sicoanálisis de cuatro años de duración para siquiatras.  Giuseppe Amara estudiaba siquiatría en Roma cuando mandó una carta para estudiar uno de estos cursos en Cuernavaca, y estudió con Fromm de 1965 a 1973.  Fromm fue el analista tanto de Amara como de Ramón de la Fuente.

Muy poca gente ha oído hablar de la parte oscura de Fromm.  En la clínica de Pensilvania que mencioné en el capítulo “Dentro del Ministerio del Amor”, Mark, un muchacho de diecisiete años, se suicidó mientras estaba al cargo de Honig.  En una cinta titulada Other voices (Otras voces) la clínica tuvo el descaro de filmar una de las sesiones en que el muchacho que se suicidaría era atormentado verbal y físicamente por Honig durante una sesión de “terapia confrontacional”.  Increíblemente, la cinta fue difundida y aclamada en algunos círculos estadounidenses que tomaron a los tormentos como terapia.  Una de estas voces fue la de Fromm.  Según un folleto de la clínica de Honig, Fromm dijo: “Recomiendo encarecidamente esta película a todo aquel que se interese por el hombre”.[9]  En México también ha habido quejas de aquellos que conocieron íntimamente a Fromm.  Al igual que Freud, Fromm trataba despóticamente a sus colegas y pacientes dentro y fuera del consultorio.  De hecho, existe un libro entero de un analista a quien conozco desde niño que denuncia la parte oscura de Fromm. [10]

El trabajo de Ramón de la Fuente en la UNAM fue seminal, y en la actualidad es imitado en otras universidades mexicanas.  Además de la UNAM, el estudio de siquiatría se imparte en nueve lugares en la Ciudad de México y en otros ocho en los estados de la república, entre los que destacan el Instituto Nacional de Neurología, donde se practica la lobotomía moderna; la Universidad Autónoma de Guadalajara; la Universidad Autónoma de Nuevo León; la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, y el Hospital Central Militar.  De la Fuente fue además director de colección del Fondo de Cultura Económica (FCE), casa editora que subsidia el Estado mexicano: un patrimonio cultural del país.  Como director de colección de la Fuente ha elegido qué publica y qué no publica el FCE sobre sicología, siquiatría y sicoanálisis.  El último libro en el que aparece el nombre de Ramón de la Fuente, Biología de la mente, es un erudito tratado sobre la siquiatría biorreduccionista publicado por el FCE.

Desde hace muchos años no leía a de la Fuente, pero para escribir estas páginas tuve que volver a hacerlo.  En Nuevos caminos de la psiquiatría, otro libro de de la Fuente publicado por el FCE del que de la Fuente mismo fue director de colección, el eminente siquiatra mexicano se defiendió: “No obstante estos avances, en décadas pasadas la psiquiatría ha sido acusada de ser parte del aparato ideológico y represivo de la sociedad; se ha dicho que su meta oculta es ejercer poder sobre los hombres en el servicio de una sociedad que primero enferma, y después reprime a quienes enferma”.  Esto es lo que he llamado revictimación.  De la Fuente añadió: “Sin embargo, es temerario ver solamente el lado sórdido de la psiquiatría, y es una visión sesgada de la historia atribuir su origen al deseo de encerrar a personas viciosas, peligrosas o molestas y mantener así el orden social”.[11]

¿Personas viciosas o molestas?  ¡Esto alude a la definición de enfermedad mental como aquello que “la familia no tolera”!  Lo primero que me llamó la atención al releer a de la Fuente, y me refiero no sólo a éste sino a otros pasajes de sus libros, fue su frecuente uso de expresiones relacionadas con la idea de “enfermedad”.  Como he dicho, esta es una pésima metáfora para referirse a las víctimas del medio familiar o social.  Toda referencia a una putativa enfermedad nos hace ubicar el problema en el individuo, no en el medio.  Peor aún es tener poderes siquiátricos y llamar “viciosas y molestas” a quienes la familia repudia.

A lo largo de su carrera de la Fuente promovió la hospitalización involuntaria de los mexicanos.  Pero en ninguno de sus libros se le ocurrió pensar en términos jurídicos: si un ciudadano no ha roto la ley, no debe ser privado de su libertad.  De la Fuente le reprochó a Foucault, Laing y Szasz, a quienes nombró, que tienen “una visión sesgada de la historia” y que sólo “ven el lado sórdido de la psiquiatría”.  Esta retórica es similar a la retórica de los monjes dominicos de antaño a quienes no les gustaba que los críticos vieran solamente el lado sórdido de la Inquisición.  ¿Tenía la Inquisición un lado no sórdido?  Asimismo ¿tiene la siquiatría involuntaria un lado no sórdido?  De la Fuente reconoció que la crítica de “los antipsiquiatras” contiene “una partícula de verdad y una gran carga de demagogia e ignorancia”.[12]  Antipsiquiatras es un término peyorativo en boca de siquiatras ortodoxos como de la Fuente.  En lo personal, jamás me denominaría “antipsiquiatra”.  Pero decir que los críticos de la siquiatría que de la Fuente menciona eran ignorantes simplemente no es cierto.  Los finados Foucault y Laing eran eruditos en su materia; y al momento de escribir Szasz aún lo es.  ¿Y quién es realmente el demagogo?  Se recordará que al hablar de las cuadrúpletos Genain, David Rosenthal tergiversó su información para culpar a los hipotéticos genes de unas niñas que sufrieron de asesinato psíquico por sus padres.  De la Fuente hizo exactamente lo mismo.  Si bien concedió que existe evidencia de que hay mucha más gente que se trastorna en los estratos sociales más bajos —se “enferma de esquizofrenia” según su nuevahabla—, de la Fuente culpó a los pobres genes de la gente pobre. [13]

Si se observa cómo de la Fuente frasea sus pensamientos al hablar de la gente pobre que ha perdido el quicio (“enfermos esquizofrénicos”) y cómo los frasearía yo (“gente pobre perturbada” o aún mejor: “asesinados psíquicamente”), se descubre que detrás de las palabras se oculta una agenda política.  Ni “gente pobre perturbada” ni “asesinados psíquicamente” sugiere una entidad médica a la que hay que tratar contra la voluntad del pobre.  Sí sugiere, en cambio, ingeniería social gradual para atacar el problema de la pobreza y la marginación.  Si de la Fuente hubiera estado a favor del cambio social no hablaría en tales términos, “enfermos esquizofrénicos”, al referirse a la gente pobre desquiciada.  Tampoco culparía a sus genes.  Más bien, haría la observación elemental que hizo un escritor mexicano del barrio de Tepito, uno de los barrios más bajos de la Ciudad de México: “La pobreza es enloquecedora”.

Respecto al hecho que la gente pobre sea más diagnosticada de esquizofrénica que los ricos, quisiera contar algo.  En mi curso universitario de salud mental en Manchester, nuestro tutor, un enfermero siquiátrico de color, nos confesó en clase que abandonó la noción de esquizofrenia al observar que en Inglaterra muchos más negros eran etiquetados de esquizofrénicos que los blancos (todavía en 1921 la American Journal of Psychiatry afirmaba que los negros eran especialmente propensos a la psicosis).  En el barrio de Whalley Range donde vivía yo mismo conocí a uno de estos negros diagnosticados con la seudoenfermedad

 

 

 

 

Transferencia maternal en el Ministerio del Amor

 

Como un mandarín, de la Fuente influyó en su profesión en México.  Pero no deseo discutir más en abstracto.  Un solo crimen de este hombre ilustrará mis críticas de forma más elocuente que otros cien silogismos.

El año 2001 conocí al señor José Andrés Arriola en la Ciudad de México, un hijo de refugiados españoles que huyeron del régimen de Francisco Franco.  Arriola me contó que, cuando tenía veintiún años, tuvo un duelo de diez días por haber reprobado el examen de admisión de la UNAM en 1964.  Arriola hace especial énfasis en la palabra “duelo” para distinguir su aflicción de las categorías siquiátricas.  La reprobación lo hizo sentirse terriblemente humillado.  Eso fue suficiente para que sus ignorantes padres lo enviaran al Hospital Español, donde de la Fuente trabajaba.

Según la historia que cuenta Arriola, de la Fuente y otra doctora lo diagnosticaron de esquizofrénico “en sólo media hora: sin examen y sin nada determinaron esa tremenda enfermedad”.  Arriola fue internado en el pabellón de siquiatría del hospital.  Ahí, por orden de de la Fuente le administraron: “Veintiocho pastillas al día. No conformes con eso, me dieron gases [bióxido de carbono] al treinta por ciento. Me dejaron como zombi. No conformes con eso me dieron choques de insulina”.[14]  Además del bióxido de carbono que estuvo a punto de asfixiarlo, el shock insulínico que le administraron le produjo crisis epilépticas.  Los gases que le aplicaron en la terapia médica me recuerdan que durante el juicio al nazi Eichmann su abogado defensor dijo que el haber gaseado a los judíos “era simplemente un procedimiento médico”.  En esos tiempos a la víctima del shock insulínico se le solía mantener en un coma profundo de veinte minutos a dos horas, y se le revivía con una inyección de glucosa para resucitar la parte del cerebro que nos hace pensar (sólo el cerebro primitivo, que nos permite mantener activos nuestros órganos, se encuentra vivo durante el coma insulínico).  Cuando la víctima despierta, renace con mente de infante.  Pregunta por su mami, se chupa el dedo y toma la mano de la enfermera en el Ministerio del Amor.  Orwell no exageró cuando Winston se dejó abrazar por el pesado brazo de un O’Brien paternal y consolador.  Escribiendo en Psychiatric Quarterly, el doctor Marcus Schatner reconoció:

 

La inyección de insulina reduce al paciente a un estado de bebé indefenso que lo predispone a una transferencia maternal [...].  En esta condición tan miserable busca ayuda de cualquiera que se la dé.  ¿Y quién puede ayudarle a una persona enferma sino el médico que está en el pabellón, cerca del paciente y lo observa como si fuera un niño enfermo?  Éste se encuentra de nuevo en necesidad de una madre tierna, amorosa y pendiente de sus necesidades.  Aunque no se dé cuenta, el médico es la persona que ahora asume aquella actitud hacia el paciente que realizó la madre cuando era un niño indefenso.  En esta condición el paciente le confiere al médico el amor que en otro tiempo tenía hacia su mamá.  Esto no es otra cosa que una transferencia maternal. [15]

 

Experimentos con animales han demostrado que los shocks de insulina causan hemorragias cerebrales, destruyen el tejido de la corteza cerebral, y en las autopsias a humanos se ha encontrado un ablandamiento del cerebro y algunas áreas de devastación en la corteza.[16]  Volviendo al caso de Arriola.  ¿Cómo fue que, ante un revés escolar que podría haberse superado rápidamente, de la Fuente diagnosticó esquizofrenia y asaltó con shocks a un cerebro joven y perfectamente sano?  Dado que Arriola ya cruzaba por la crisis de haber reprobado el examen de admisión, el ataque de de la Fuente fue un caso clínico de revictimación siquiátrica.  La pérdida en la facultad de la memoria de Arriola a causa de la terapia que de la Fuente le aplicó mermó su capacidad de adaptación.

 

Me encuentro que soy una persona totalmente desidentificada conmigo mismo, que no es capaz de tener iniciativa, que no es capaz de dormir, que no es capaz de concentrarse, que no es capaz de tener memoria inmediata.  Esto fue un crimen siquiátrico que estoy pagando toda la vida, y a estos señores no se les ha castigado, no se les ha investigado, y han hecho de mi vida un horror.  No me dan empleo.  No hay manera de salir adelante.  Soy un hombre que el resultado final de la siquiatría es que termine tirado en la calle, indigente y enfermo. 

 

El señor Arriola también manifestó:

 

Que se metan de esa manera tan salvaje en el cerebro es imperdonable...  Les guardo mucho rencor. [17]

 

“¿Cómo fue posible esta inhumanidad institucionalizada?”  Esta pregunta no fue formulada por Arriola ni por mí; fue formulada por Ramón de la Fuente al referirse a la siquiatría del siglo XVII.[18]  Para responder a su pregunta basta señalar qué es la siquiatría humanitaria para este influyente médico.

De la Fuente escribió que en la década de los 1930 “se desarrollaron por primera vez tratamientos de eficacia probada como la terapia electroconvulsiva, el coma insulínico y la psicocirugía”.[19]  La terapia electroconvulsiva fue la que sufrió Cantú; el coma insulínico, lo que le hizo a Arriola y la psicocirugía cortar el cerebro de personas para manejarlas al antojo.  Pero para de la Fuente estos tratamientos eran de tal “eficacia probada” que no dudó en aplicarle los shocks de insulina a Arriola.  Decenios después de lo que le hizo a Arriola de la Fuente seguía teniendo una elevada opinión de los métodos del Hospital Español, como se desprende de Salud Mental en México, un manual del que de la Fuente es primer autor:

 

En 1942 se creó el servicio de psiquiatría del Hospital Español en la Ciudad de México [...].  Este servicio semiprivado, que continúa operando con éxito, es un ejemplo del papel que los servicios de psiquiatría en hospitales generales pueden desempeñar en la atención psiquiátrica de los enfermos mentales.  Este servicio, con personal eficiente y suficiente en todos los niveles, trata enfermos agudos y subagudos y cuenta con un servicio abierto que, en muchos sentidos, se anticipó a los cambios que habrían de ocurrir en varios países avanzados en la década de 1960. [20]

 

De la Fuente vio al duelo escolar de Arriola como una “enfermedad aguda”.  Sobre el Hospital San Rafael, donde borraron parte de la personalidad de Cantú, el manual de de la Fuente dice que en ese hospital “el trato y tratamiento de los enfermos es amable y el personal tiene experiencia”.[21]  Pero no dice media palabra de las violaciones a los derechos humanos que sufrieron Cantú y muchos otros jóvenes.  Y sobre la siquiatría del país en general, diciendo la gran mentira que Hitler aconsejaba decir a los políticos, su manual nos dice: “los psiquiatras mexicanos hemos propugnado por el cabal respeto a los derechos humanos de los pacientes y demandado enérgicamente la vigencia de principios de justicia y equidad en las políticas de salud pública”. [22]

¡Habrá que preguntarle a Arriola qué piensa de esta afirmación!  De la Fuente y los demás autores no sólo legitimaron a instituciones como el San Rafael y el Hospital Español.  En el capítulo final de su manual, “Lineamientos para un Programa Nacional de Salud” dicen que es necesario aumentar el número de especialistas en siquiatría infantil.  Hablan, además, de la necesidad de “reforzar los programas universitarios de especialización en psiquiatría”, de “aumentar la disponibilidad de psiquiatras en el país con al menos 50 médicos por año durante los próximos cinco” y por si fuera poco, también hablan de “nombrar un responsable de salud mental en cada estado de la República”. [23]

Son políticas de este tipo, especialmente por estar apoyadas por el aparato gubernamental, las que señalan el nacimiento del Estado Terapéutico Mexicano.  En el capítulo final y conclusivo del manual, de la Fuente y sus seguidores también nos hablan de “la supresión de conductas extravagantes”.  Qué sea exactamente una “conducta extravagante” a la que hay que aplicarle “la supresión”, según sus propias palabras, es algo que queda a la discreción del siquiatra decidir.  En los entimemas de la profesión siquiátrica este tipo de pronunciamientos se dan por sentados.

 

Una última palabra sobre lo que le sucedió a José Andrés Arriola. 

Es evidente que este joven, que en su cándida ignorancia sus padres entregaron a las garras de un siquiatra, no estaba enfermo.  A sus veintiún años Arriola padecía del terrible duelo, como él mismo nos confiesa, de haber reprobado el examen que definiría su futuro.  Tratar el duelo adolescente como una enfermedad es un salto conceptual que sólo un ideólogo puede atreverse a dar.

Ataques a la dignidad de una persona como el que sufrió Arriola, perpetrados por ideólogos convencidos en su propia rectitud, provocan en la víctima un resentimiento de por vida.  Han pasado casi cuarenta años desde su experiencia con de la Fuente y la anónima doctora.  Dado el daño moral y cerebral causado por la terapia que de la Fuente le aplicó, al momento de escribir Arriola continúa desempleado.  Carece de profesión y vive de la caridad.  Es innecesario hablar de su biografía hasta sus sesenta años, cuando lo conocí.  Lo importante es señalar que Arriola insiste que el asalto a su cerebro en el Hospital Español, y la consecuente pérdida de memorias, destruyó su vida.  No quisiera ponerle punto y aparte a su testimonio sin apostillar el caso con sus palabras:

 

Como fue una injusticia, me hizo minusválido de cierta manera.  Quisiera enfrentar a de la Fuente en televisión por lo que me hizo. [24]

 

El de Arriola no es el único crimen que, al ejercer su profesión de siquiatra tal y como lo dictan los cánones médicos, de la Fuente ha cometido.  En la casa de Carmen Ávila, la activista en derechos humanos que ayuda a Arriola, el archivo de éste y el de otras víctimas de de la Fuente se encuentra abierto para su inspección. [25]

 

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El Instituto Nacional de Psiquiatría

 

[1]  Ramón de la Fuente [Muñiz]: “Sobre los hospitales psiquiátricos” en Proceso, carta al editor (7 marzo 1994).

 

[2]  Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario (Editorial Láser, 1998), p. 3.

 

[3]  Ibídem, p. 13.

 

[4]  Whitaker: Mad in America, p. 208.

 

[5]  Ibídem, pp. 226-232.

 

[6]  Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario, p. 1.

 

[7]  Véase Luz Elena Ramírez: “La experimentación con animales en México: algunas prácticas en el Instituto Mexicano de Psiquiatría” (www.gepda.org/n/noticias3), página que abrí en marzo de 2003.

 

[8]  Michael Jenike: “Obsessive-compulsive disorders” (neuro-www.mgh.harvard.edu/research /jenike).

 

El eminente siquiatra se defiende

 

[9]  Erich Fromm, citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 159. 

 

[10]   El sicoanalista mexicano Víctor Saavedra inició su tratamiento sicoanalítico con Fromm en 1961.  Más de treinta años después Saavedra publicó un libro crítico de quien fuera su mentor: La promesa incumplida de Erich Fromm (Siglo Veintiuno, 1994).  Antes de la publicación del libro de Saavedra el lado oscuro del autor de El arte de amar me era desconocido.  Los testimonios de los pacientes y analistas mexicanos a quienes Fromm agredió aparecen especialmente en los capítulos finales de La promesa incumplida.  Aunque el libro de Saavedra tiene todos los defectos de la jerigonza de los analistas que leen a Lacan y a Melanie Klein, los testimonios que cita sobre la parte oscura de Fromm son fascinantes.

 

[11]  Ramón de la Fuente [Muñiz]: Nuevos caminos de la psiquiatría, p. 15.

 

[12]  Ibídem, p. 44.

 

[13]  Ibídem, p. 43.

 

Transferencia maternal en el Ministerio del Amor

 

[14]  Aunque he hablado con Arriola varias veces, anoté estas palabras en una cabina durante el programa de Ricardo Rocha al que me he referido en estas notas.  Durante las grabaciones de julio de 2001 estuve en la cabina de monitores escuchando a varios sobrevivientes de la siquiatría, entre ellos, a Arriola.

 

[15]  Marcus Schatner, citado en Whitaker: Mad in America, p. 88.

 

[16]  Leí todo esto en ibídem, p. 89.

 

[17]  Lo que Arriola dijo en el segundo párrafo, también lo escuché en la cabina.  Lo que Arriola dijo en el primer párrafo, lo escuché en otro programa televisivo que TV Azteca sacó al aire en las noticias del 7 de febrero de 2001 con el reportero Edgar Galicia.

 

[18]  De la Fuente: